¿Qué es el mal?

¿Qué es el mal?

Nadie busca intencionalmente el mal, lo que sucede es que somos débiles.

17 de diciembre 2016 , 11:45 p.m.

No es una pregunta fácil. Parece que nos desborda. No por pedantería o presunción filosófica, sino porque surge de la entraña misma de la experiencia humana, que no podemos controlar. Quizás por eso mismo vale la pena no eludirla.

Esta pregunta ha rondado la mente de brillantes pensadores. Para muchos de ellos, el mal, propiamente hablando, es nada. Es mera disminución o carencia de ser, ausencia de cualquier bien: ‘privatio boni’, al decir de san Agustín. El mal no es algo positivo, que tenga existencia propia; es mera carencia, negación, privación de ser. Por eso Dios, dentro de esa lógica, no puede ser considerado como origen del mal. Él solo crea el ser: “Y vio Dios que todo lo creado era bueno” (Gén. 1,31), todo lo creado por él.

La lengua alemana diferencia claramente entre dos palabras para referirse al mal: el mal natural o físico (‘Übel’), por ejemplo: el mal causado por un terremoto, y el mal moral (‘Böse’), que procede de las acciones humanas. Es este último el que entra aquí en consideración, no porque sea más importante, sino por su origen: ¿cómo y por qué surge el mal en el corazón humano?

En la tradición cristiana resulta fundamental afirmar la existencia de la libertad de la voluntad. Si no se acepta alguna forma de libertad, el mal que procede del ser humano y el mal natural tendrían el mismo origen, de modo que un asesinato sería explicable exactamente a partir de las mismas leyes que explican un terremoto; nadie sería imputable, y la condena moral por una violación tendría, a lo sumo, un significado y un contenido meramente expresionistas, carentes de cualquier tipo de objetividad moral.

Pensar que alguien puede desear y buscar intencionalmente el mal es algo que tiene como telón de fondo el concepto de pecado original. El ser humano, si bien inicialmente fue creado bueno, se pervirtió muy pronto, y solo la gracia que procede de Dios puede redimirlo. Sin esta, todo lo que el ser humano haga o deje de hacer estará atravesado por el mal.

Pero hay otro enfoque: nadie busca intencionalmente el mal, lo que sucede es que somos débiles a la hora de ponerles límite a nuestros deseos, incluso a nuestros deseos más legítimos. Queremos dinero, y ese deseo crece en nosotros de tal manera que cedemos a la tentación de la corrupción; buscamos poder, y no nos frenamos ante la posibilidad de instrumentalizar y engañar a otros; amamos el placer y el disfrute de los bienes de la vida, pero estos nos enredan en una dinámica de satisfacción hedonista que puede llevarnos a desconocer los derechos humanos, la dignidad, la libertad y el bienestar de otros.

En la primera parte de su libro ‘La religión dentro de los límites de la mera razón’, Kant se ocupa del problema de la presencia del mal radical en la naturaleza humana, y llega a la interesante conclusión de que el mal en el ser humano no es radical, no es original. Es apenas una inclinación (‘Hang’) egoísta que puede ser educada, orientada, redimida. En contraste con ello, la presencia del bien en el ser humano sí que es original, es una disposición original (‘ursprüngliche Anlage’) que brota en las personas cuando logran unir, del modo adecuado, una buena voluntad individual con la racionalidad compartida y universal.

Es Hannah Arendt (1906-1975), sin embargo, quien a mi juicio ha hecho recientemente el más destacado aporte para avanzar en la comprensión filosófica del mal. Lo hizo a partir del mayor desastre moral que ha conocido la humanidad: el Holocausto. Su conclusión, muy en la línea de Kant, está contenida en la bien conocida expresión ‘la banalidad del mal’. El mal no es un predicado natural que caracterice a los malos, como si estos constituyeran un modo de ser diferente al de nosotros, los que tan cómodamente nos consideramos buenos. El mal está más cerca de la mediocridad, de aquellos que frente a las injusticias y violencias prefieren pasar de agache, obedecer normas que recompensan la obediencia y la sumisión.

Ningún filósofo ha logrado explicar a satisfacción qué sea propiamente el mal. Lo que es claro es que este no es algo plenamente controlable por la razón humana. Lo que sí podemos y debemos hacer es aprender de la historia, como lo hizo Arendt. Esta nos enseña que los malos no constituyen una ontología perversa, que son ciudadanos del común, mucho más parecidos a nosotros y a nuestros vecinos de lo que muchos estarían dispuestos a aceptar. El mal no es algo positivo que la gente busque, y hoy se manifiesta como complicidad, silencio, indiferencia, mediocridad humana con fatales consecuencias. Quién sabe cómo lo haga mañana.

VICENTE DURÁN CASAS, S. J.
Departamento de Filosofía, Pontificia Universidad Javeriana

Columnistas

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