Los platos rotos

Los platos rotos

La derrota del plebiscito no fue un accidente.

13 de octubre 2016 , 07:06 p.m.

Con la derrota del plebiscito se perdió una oportunidad que harto costó. Es importante entender qué falló, quiénes fallaron.

Las Farc, después de 52 años de no estar en Colombia sino “en las montañas de Colombia”, no entendieron la cultura del país real. Lo que el ciudadano necesita es que las Farc hagan su ‘pagamento’. En el léxico indígena, todo hombre es un depredador de una madre sagrada, Tierra, y debe pagar por usarla.

Durante medio siglo, las Farc cometieron miles de ‘faltas contra la Tierra’, también dejando víctimas. Ahora pretenden saltar directamente a la vida privada, o si no, a la mala vida del Congreso. Sin pagamento. (Y es que si otros no pagan, eso es problema de ellos.)

Miren lo que pasó: 20 millones de colombianos se abstuvieron, como diciendo: “No juego”. Y otros 6,5 millones votaron: “¡No!”. Suman 26,5 millones.

El pagamento de las Farc tiene que durar en el tiempo y asentarse en la percepción del colombiano antes de que ellos puedan ser perdonados. No se trata de unos actos de propaganda, sino de pagar de verdad.

Si después de eso tienen un discurso político, y si el establecimiento (I) no hace las paces con la coca, tema imprescindible, y (II) sigue haciéndonos vivir a un interés del 30 %, (III) en medio de la corrupción, (IV) sin estrategia económica viable y (V) a espaldas de la crisis espiritual de nuestra época, pues de pronto ‘Timochenko’ sí llega al poder.

El otro equivocado fue el presidente Santos. Dependió de los caciques para sacar el voto: le fallaron. Pero ese no fue el problema. ¡Si los caciques solo se mueven cuando les conviene y por plata! El error del Presidente fue que con seis años en la Casa de Nariño, no supo tender un puente de comunicación. Nunca aprendió a hablarles a los colombianos. Y la pagó. Su flanco débil era su aislamiento; debió trabajarle.

El resultado refleja las fallas de las Farc y las del Presidente. Pues no se trata de que llovió en la Costa, sino que faltaron millones de votos para llegar al umbral políticamente contundente de 60 % por el ‘Sí’, con una abstención menor de 40 %.

Históricamente, el mago fue Uribe. Esos sábados cuando era presidente, metido por allá en una carpa con unos ministros haciendo que le conectaran la luz a doña Rosita, eran pagamentos. El Gobierno le pagaba a la gente por todos los daños. Hacía una restitución. Y Uribe pagaba con sacrificar sus sábados.

Solo Rosita se beneficiaba, pero otras 100 Rositas ‘participaban místicamente’ del ritual del pagamento. A ellas se les pagaba simbólicamente. Todos los sábados por televisión, en vivo.

Y en últimas, 50 % de las promesas se pagaron. Debe ser un récord mundial. Uribe, un mago.

Ahora esa magia ya no la puede ejercer y por eso su afán es volver a la Casa de Nariño. Pero él mismo reconoce que su gran equivocación fue buscar el tercer periodo, pues así dañó el segundo. Ahora, si segundas partes no son buenas, ¿cómo serán cuartas?

El Uribe que quiere intensamente al país, y que tanta gente reconoció, ¿irá a convertirse en sombra de sí mismo?

Pasar a la historia así, sería triste para el político que mejor supo gobernar a los colombianos ‘a la colombiana’, a pesar de su precaria conexión con la verdad.

Lo mismo las Farc: pueden acabar siendo su propia sombra. Por prisa, por orgullo y por ignorar la ley de la cultura indígena de Colombia, dejar su proyecto en la destrucción de la guerra, sin jamás entrar a construir el país, sería triste.

¿Y Santos? Se irá con su merecido Nobel. Pero dejando platos rotos.

Pedro Shaio

Columnistas

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