Europa, sola en el mundo de Trump

Europa, sola en el mundo de Trump

Existen cuatro razones para esperar que los Estados Unidos de Trump sean la mayor fuente única de desorden global.

14 de noviembre 2016 , 01:25 a.m.

Otra vez sola. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa ha mirado al mundo a través de una lente trasatlántica. Ha habido altibajos en la alianza con Estados Unidos, pero fue una relación familiar construida sobre la sensación de que nos respaldaríamos mutuamente en una crisis y de que somos en esencia parecidos.

La elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos amenaza con poner fin a todo esto –al menos por ahora–. Trump cree más en los muros y en los océanos que en la solidaridad con los aliados, y dejó en claro que colocará a Estados Unidos no solo en primer lugar, sino también en segundo y tercero. “Ya no someteremos a este país o a su pueblo – declaró Trump en su principal discurso sobre política exterior– al falso canto de la globalización”.

Los europeos no solo tendrán que acostumbrarse a Trump; también van a tener que mirar el mundo con ojos diferentes. Existen cuatro razones para esperar que los Estados Unidos de Trump sean la mayor fuente única de desorden global.

Primero, las garantías norteamericanas ya no son confiables. Trump ha cuestionado si defendería o no a los miembros de la Otán en Europa del este si ellos no hacían más para defenderse a sí mismos. Ha dicho que Arabia Saudita debería pagar por la seguridad norteamericana. Ha alentado a Japón y a Corea del Sur a conseguir armas nucleares. En Europa, Oriente Medio y Asia, Trump ha dejado en claro que Estados Unidos ya no desempeñará el papel de policía; por el contrario, será una compañía de seguridad privada lista para ser contratada.

Segundo, las instituciones globales estarán bajo ataque. Trump esencialmente rechaza la visión de que el orden mundial liberal que Estados Unidos construyó después de la Segunda Guerra Mundial (y que expandió después de la Guerra Fría) es la manera más económica de defender los valores y los intereses norteamericanos. Al igual que George W. Bush después del 11 de septiembre del 2001, ve a las instituciones globales como restricciones intolerables a la libertad de acción de Estados Unidos. Tiene una agenda revisionista para casi todos estos organismos, desde la Organización Mundial de Comercio hasta la Otán y las Naciones Unidas. El hecho de que quiera poner en práctica el “arte de la negociación” en todas las relaciones internacionales –renegociando los términos de cada acuerdo– probablemente genere una respuesta negativa similar entre los socios de Estados Unidos.

Tercero, Trump cambiará por completo las relaciones estadounidenses. El mayor temor es que sea más amable con los enemigos de Estados Unidos que con sus aliados. El principal desafío para los europeos es su admiración por el presidente ruso, Vladimir Putin. Si Trump, al querer congraciarse con Putin en busca de un gran acuerdo, reconoce la anexión de Crimea por parte de Rusia en el 2014, la UE quedaría relegada a un papel casi imposible.

Cuarto, hay que tener en cuenta la imprevisibilidad de Trump. Incluso durante los 18 meses de la campaña presidencial, Trump ha tenido opiniones enfrentadas sobre casi todas las cuestiones. El hecho de que hoy dirá lo contrario de lo que dijo ayer, sin admitir que ha cambiado de opinión, muestra hasta qué punto el capricho es su método.

Uno de los beneficios del sistema político estadounidense es que ofrece un periodo de gracia de dos meses que permiten prepararse para el mundo de Trump. Entonces, ¿qué deberían hacer los europeos al respecto?

En primer lugar, necesitamos intentar que aumente nuestra influencia sobre Estados Unidos. Sabemos por los escritos y el comportamiento de Trump que probablemente se asemeje a otros presidentes fuertes y trate la debilidad como una invitación a la agresión. La experiencia en Irak nos ha demostrado que una Europa dividida tiene poca capacidad para influir sobre Estados Unidos. Pero cuando Europa ha trabajado de manera conjunta –en materia de privacidad, política de competencia e impuestos–, negoció con Estados Unidos desde una posición de fortaleza.

Lo mismo fue válido para la llamada política E3+3 sobre Irán –cuando los grandes Estados miembros de la UE, al mostrarse unidos, lograron modificar la postura de Estados Unidos–. Para estar en una posición de ventaja, la UE necesita ahora iniciar un proceso para acordar políticas comunes sobre seguridad, política exterior, migración y economía. Será difícil, ya que Europa está muy dividida, sumado al hecho de que Francia le teme al terrorismo, Polonia le tiene pavor a Rusia, Alemania está exacerbada por la cuestión de los refugiados, y el Reino Unido está decidido a obrar por cuenta propia.

En segundo lugar, los europeos deberían mostrar que son capaces de construir alianzas con otros. La UE debe dialogar con otras potencias para apoyar a las instituciones globales contra el revisionismo de Trump. Y también necesita diversificar sus relaciones de política exterior. En lugar de esperar a que Trump margine a la UE y priorice a Rusia y a China, los europeos deberían hacer su propio juego. ¿Deberían, por ejemplo, comenzar a consultar con los chinos sobre el embargo de armas de la UE para recordarle a Estados Unidos el valor de la alianza trasatlántica? ¿Podría la UE desarrollar una relación diferente con Japón? Y si Trump quiere hacerse amigo de Rusia, ¿no debería acaso poner en práctica el proceso de Normandía respecto de Ucrania?

En tercer lugar, los europeos necesitan empezar a invertir en su propia seguridad. De Ucrania a Siria, de los ciberataques a los atentados terroristas, la seguridad de Europa está siendo puesta a prueba de diferentes maneras. A pesar de que, intelectualmente, se entiende que 500 millones de europeos ya no pueden contratar su seguridad a 300 millones de norteamericanos, la UE ha hecho poco por achicar la brecha entre sus necesidades y sus capacidades de seguridad. Es hora de fortalecer el plan franco-alemán para la defensa europea. Y será importante encontrar maneras institucionalizadas de incorporar al Reino Unido a la nueva arquitectura de seguridad de Europa.

En todas estas áreas, los europeos deben mantener la puerta abierta a la cooperación trasatlántica. Esta alianza –que muchas veces ha salvado a Europa de sí misma– es más importante que cualquier individuo. Y, en cualquier caso, Trump no durará para siempre. Pero es más factible que la relación trasatlántica sobreviva si se basa en dos pilares que entienden y defienden sus propios intereses.

Resultará difícil adoptar esta agenda –particularmente porque Europa enfrenta su propia marca de nacionalismo populista–. La líder del Frente Nacional de extrema derecha de Francia, Marine Le Pen, fue una de las primeras personas en felicitar a Trump por su victoria, y Trump ha dicho que pondría al Reino Unido al frente de la fila después del brexit. Pero incluso a los líderes más parecidos a Trump de Europa les resultará más difícil defender su interés nacional si intentan actuar por cuenta propia. Para sobrevivir en el mundo de Trump deberían intentar que Europa sea grande otra vez.

MARK LEONARD
Director del Consejo Europeo sobre Relaciones Exterioreswww.project-syndicate.org

Columnistas

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