El rompecabezas de la desinformación

El rompecabezas de la desinformación

Las políticas no detendrían a quienes comparten desinformación por razones políticas o sociales.

15 de julio 2018 , 11:26 p.m.

Columna de Kelly Born, oficial de programas en la Madison Initiative en la William and Flora Hewlett Foundation.

Desde que las elecciones presidenciales de noviembre de 2016 en Estados Unidos resaltaron la vulnerabilidad de los canales digitales respecto a las noticias falsas, no ha desaparecido el debate sobre cómo contrarrestar la desinformación. Hemos recorrido un largo camino desde que los ejecutivos de Facebook, Google y Twitter comparecieron ante el Congreso para responder sobre cómo las fuentes rusas explotaron sus plataformas para influir en las elecciones. Pero si algo ha dejado claro la búsqueda de soluciones es que no existe una solución mágica.

Primero, ¿quién está compartiendo la desinformación? La desinformación difundida por actores extranjeros es tratada de manera muy distinta a la difundida por los ciudadanos, en especial en EE. UU., donde hay protecciones para la libertad de expresión sin precedentes y normas relativamente estrictas respecto a injerencia extranjera.

Segundo, ¿por qué se comparte la desinformación? La ‘información errónea’ –difundida involuntariamente– es muy diferente a la desinformación o propaganda, difundidas deliberadamente. Evitar que actores bienintencionados compartan información falsa sin darse cuenta es asunto que podría abordarse con iniciativas de verificación de hechos. Evitar que los malos actores compartan deliberadamente tal información es más complicado y depende de los objetivos de estos, pues las políticas no detendrían a quienes comparten desinformación por razones políticas o sociales.

Tercero, ¿cómo se comparte la desinformación? Si los actores comparten contenido en redes sociales, podría ser suficiente realizar cambios en las políticas de las plataformas y/o la regulación gubernamental.

Es una especie de carrera armamentista. Los malos actores evitarán rápidamente cualquier cambio que implementen las plataformas digitales. Siempre serán necesarias nuevas técnicas. Sin duda, las plataformas digitales están mejor equipadas que los reguladores gubernamentales.

Sin embargo, las plataformas no pueden gestionar la desinformación por sí solas, sobre todo porque, según algunos cálculos, las redes sociales representan solo cerca del 40 por ciento del tráfico hacia los sitios de noticias falsas más atroces, mientras que el otro 60 por ciento llega por mensajería o correos electrónicos entre amigos.

La dimensión final del rompecabezas de la desinformación es: ¿qué es lo que se está compartiendo? Los expertos tienden a centrarse en contenidos ‘falsos’, que son los más fáciles de identificar. Pero las plataformas digitales, naturalmente, tienen incentivos para frenar ese contenido, simplemente porque las personas, en general, no quieren parecer tontas al compartir historias totalmente falsas.

Sin embargo, para quienes les gusta leer y compartir información que se alinee con sus perspectivas, más si desencadena emociones fuertes, este contenido no solo polariza: a menudo suele ser engañoso e incendiario y puede socavar el discurso democrático constructivo.

¿Dónde está la línea entre un desacuerdo peligroso basado en la distorsión y un debate político vigoroso impulsado por visiones del mundo contradictorias? Y ¿quién, si alguien está en la capacidad de hacerlo, debería ser el encargado de trazar esta línea?

Incluso si se respondieran estas preguntas éticas, identificar el contenido problemático es un desafío práctico. Muchos de los ejemplos más preocupantes de desinformación se han centrado no en una elección política, sino en explotar las divisiones sociales a lo largo de, por ejemplo, las líneas raciales. Si las soluciones no están claras en EE. UU., la situación es aún más espinosa en el plano internacional, donde el problema es todavía más descentralizado y opaco –otra razón por la cual no es posible llegar a ninguna solución amplia y global–.

Pero, si bien cada medida aborda solo un problema estrecho, si se las considera en conjunto, se puede avanzar. La buena noticia es que los expertos ahora tendrán acceso a datos de Facebook cuya privacidad está protegida con el propósito de que dichos datos les ayuden a comprender (y mejorar) el impacto que tiene la plataforma en las elecciones –y en las democracias– en todo el mundo. Se espera que otras plataformas digitales –como Google, Twitter, Reddit y Tumblr– sigan el ejemplo.

KELLY BORN
Oficial de programas en la Madison Initiative en la William and Flora Hewlett Foundation.
Copyright: Project Syndicate, 2018

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