El atardecer de la era democrática

El atardecer de la era democrática

La política enfrenta hoy una competencia mucho mayor que en el pasado para atraer a la mejor gente.

06 de noviembre 2016 , 12:46 a.m.

Que Trump es un síntoma de los quebrantos de la democracia en Estados Unidos es evidente. También es obvio que su éxito electoral es parte de un fenómeno más amplio de desprecio a las élites políticas y a las convenciones de la democracia liberal, que se ha manifestado en el ‘brexit’, en la monstruosa retórica de Rodrigo Duterte, en la consolidación de gobiernos iliberales en Hungría y Polonia, y acaso en el inesperado resultado del plebiscito colombiano, entre muchos ejemplos.

Todos estos casos muestran variantes de un síndrome de exaltación que hoy parece afligir a la democracia en todas partes. Menos reconocido, sin embargo, es que ese síndrome no es coyuntural. En su base hay tendencias de largo aliento, que pueden ser controladas pero difícilmente revertidas y que militan en contra de la estabilidad política y aun de la supervivencia de la democracia liberal. Esas tendencias harán inevitable que la democracia deba contender con la demagogia, el populismo y la tentación autoritaria. Trump es el aviso de lo que nos espera.

Para empezar, en el centro de la nueva dinámica democrática estará una ciudadanía crónicamente enfadada. Ese enojo tiene múltiples raíces, pero hay tres tendencias que me parecen cruciales. En primer lugar está la creciente inestabilidad laboral, derivada de la tendencia a la automatización y a la ‘Uberización’ del mercado de trabajo, así como al aumento de la migración, producto nítido de la globalización.

En segundo lugar están los cambios demográficos, en particular el envejecimiento de la sociedad y el aumento del número de dependientes por trabajador, que inexorablemente llevarán a revisar a la baja beneficios sociales otorgados en condiciones demográficas distintas, un proceso cundido de tensiones en cualquier democracia.

En tercer lugar está la mayor demanda de transparencia en la gestión pública, capaz de generar beneficios en el largo plazo, pero que, con seguridad, alimentará en el plazo inmediato una interminable sucesión de escándalos que abonarán a la percepción de corrupción e iniquidad y, por ello, a la pérdida de credibilidad de las instituciones políticas, como lo estamos viendo en América Latina.

Esa ciudadanía indignada estará cada vez mejor equipada con instrumentos de democracia directa y con redes sociales que disminuyen los costos de la acción colectiva y de la movilización social. A todo ello se suma un estilo de comunicación política que, entre el anonimato de la esfera digital, la fragmentación de los medios de comunicación y el desvanecimiento de los límites entre la información y el entretenimiento, tenderá a privilegiar discursos enardecidos y desprovistos de toda apelación a la razón y la verdad.

Trump, Farage, Duterte y Uribe son la muestra depurada de las voces que llevarán las de ganar en medio del barullo. Si nuestra discusión política tendió siempre a confirmar el viejo aforismo de que “el que se enoja pierde”, lo que estamos presenciando sugiere que ahora el que se enoja gana.

¿Estarán los líderes políticos a la altura de lo que demanda esa ciudadanía exasperada y equipada para incendiar el templo? Quizás, pero las perspectivas no son halagüeñas. Lo que estamos viendo muestra que en las últimas décadas ha habido un proceso de selección negativa de quienes van a la política.

Por un lado, esta ha dejado de ser un deporte de contacto para convertirse en algo cercano a un rito sacrificial, una especie de espectáculo de gladiadores en el que la probabilidad de sobrevivir indemne es cercana a cero. En todas partes son muy pocos los que están dispuestos a pasar por la ordalía que implican la competencia política y la función pública. Por otro lado, la globalización ha multiplicado las opciones profesionales de las personas talentosas y preparadas. La política enfrenta hoy una competencia mucho mayor que en el pasado para atraer a la mejor gente. En términos de la calidad del liderazgo disponible para dirigir a nuestras democracias, el resultado está a la vista.

La combinación de una ciudadanía crónicamente enojada, empoderada como nunca, azuzada por demagogos y pobremente gobernada es ominosa. Constituye, sin embargo, algo más que una posibilidad distante: es un resultado probable.

Quienes hemos seguido la campaña electoral norteamericana hemos presenciado un espectáculo perturbador. Pero es menester entender que no ha sido una aberración, sino un producto destilado de los tiempos y un aviso de las turbulencias que se avecinan. La democracia liberal enfrenta hoy su mayor desafío desde la aciaga década de 1930. Su supervivencia frente a modelos de organización política, aun de origen popular, lesivos de los derechos fundamentales y del control del poder, es posible pero requerirá de un gran esfuerzo de reflexión, pedagogía y acción política, que deberá nadar contra poderosas corrientes de demagogia.

En este atardecer democrático conviene recordar la profética advertencia de Max Weber, escrita al inicio de los tormentosos días de la República de Weimar, en Alemania: “Lo que tenemos ante nosotros no es la alborada del estío, sino una noche polar de una dureza y una oscuridad heladas, cualesquiera que sean los grupos que ahora triunfen. Allí en donde nada hay, en efecto, no es solo el emperador quien pierde sus derechos, sino también el proletariado. Cuando esta noche se disipe poco a poco, ¿quién de aquellos vivirá cuya primavera florece hoy aparentemente con tanta opulencia?”.

Decía Marx que la humanidad solo se propone tareas que está en condiciones de resolver. Ojalá que como ciudadanos y líderes políticos estemos a la altura de la tarea de detener el reloj de la era democrática en la hora del crepúsculo, antes de que dé paso a algo mucho más oscuro.

KEVIN CASAS Z.
Director del Programa de Estado de Derecho, Diálogo Interamericano, Washington D. C. Exvicepresidente de Costa Rica

Columnistas

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