Regionalismos
Por: ÓSCAR COLLAZOS |
Óscar Collazos
Las realidades de los colombianos han estado cambiando sin que cambien necesariamente sus prejuicios.
En una escala inofensiva, somos reproductores de una xenofobia provinciana.
Bastó la publicación de una columna de opinión en El Heraldo de Barranquilla (http://www.elheraldo.co/deportes/las-zancadillas-que-junior-tolera-57233) para que se destapara la olla hirviente del regionalismo colombiano. La destapó la tal vez involuntaria imprudencia de un periodista costeño y despertó las iras explicables de los pacientes pastusos, pese a que pastusos y costeños son víctimas de la imagen distorsionada y a veces humillante que alimenta el regionalismo.
El centralismo -horno ahora bicentenario donde se cocinaron muchos resentimientos regionales- ayudó a formar un crispado sentido de separación. El país dividido en regiones culturalmente mal cosidas se dividió en subregiones, atendiendo a las ambiciones de su clase política, a la que beneficiaban los feudos de la nueva distribución administrativa y del pastel burocrático.
De país de regiones pasamos a ser país de subregiones. De Caldas salieron tres departamentos, como en Cauca, Bolívar y Magdalena. La regionalización apasionada del sentimiento de pertenencia a una geografía dio pie a una ridícula municipalización de las disputas. Conocemos la absurda reticencia entre bugueños y caleños, cartageneros y barranquilleros, samarios y vallenatos, manizalitas y pereiranos, por no hablar de la reticencia que crispa a tumaqueños y pastusos.
Somos, en cambio, un país de migraciones internas. Nuestras grandes ciudades han modificado el mapa demográfico que las distinguía hace medio siglo. Bogotá ya no es una ciudad de "cachacos", según el imaginario costeño, sino una gran ciudad colonizada por el trópico y la periferia, asentada "a 2.700 metros de paranoia a nivel del mal", como rezaba el grafiti. Ni siquiera es la capital gris y ensimismada de hace medio siglo.
El "cachaco" que imaginaron Cepeda Samudio y García Márquez, para contribuir a la inconsciente rivalidad entre interior andino y costa Caribe, no solo es una especie en vías de extinción, sino una generosa mezcla de culturas y formas de vida. Si nos atenemos a la obra de dos grandes artistas del Caribe, el cóndor de Alejandro Obregón se puso a vivir con la mariamulata de Enrique Grau.
El "costeño" imaginado por el "cachaco" es un torpe dibujo hecho a la carrera: el Caribe no es solo el barranquillero, sino también el sabanero, el que vive en las costas y el que nace en la sierra, indio, negro, blanco, mestizo, mulato, zambo y cuantas subdivisiones existan en una región que lleva más de un siglo recibiendo migraciones europeas y orientales. Habría que volver a ver Los viajes del viento, la hermosa película de Ciro Guerra.
El pastuso que muchos colombianos tienen por "bruto" ha probado como pueblo todo lo contrario: ser muy inteligente y creativo e insobornablemente digno. Tanto, que muchos suponemos que su inteligencia e ironía se prueban en la sospecha de que sean ellos mismos (como los gallegos en España) quienes inventan y propagan los cuentos que los "ridiculizan".
La olla del regionalismo sigue hirviendo con bastimento envenenado. ¿Qué tanto de Antioquia hay en el norte del Valle, el Viejo Caldas o Urabá? ¿Qué tanto de la "costa", en el interior andino o en los extramuros de Santander? ¿Qué tanto del Caribe, en el Pacífico? Sin embargo, en la política y el deporte (pasiones de contagio colectivo) seguimos alcanzando las alturas del regionalismo y las profundidades del ridículo.
Las realidades de los colombianos han estado cambiando sin que cambien necesariamente sus prejuicios. En una escala inofensiva, somos reproductores de una xenofobia provinciana: las virtudes que nos atribuimos son directamente proporcionales a los defectos que endilgamos al vecino.
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