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QUINTA COLUMNA

Carnaval y publicidad

Óscar Collazos. Columnista de EL TIEMPO.

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En el 2006 se puso en evidencia que el matrimonio entre el carnaval de Barranquilla y las empresas patrocinadoras del evento no solamente es un vínculo vampiresco sino una relación que desvirtúa poco a poco la naturaleza de esta fiesta colectiva. El carnaval ha dejado de ser lo que era para convertirse en un extenso y extenuante desfile de marcas registradas, en la reproducción en vivo de los fetiches consagrados por la televisión o en una insulsa exhibición de disfraces sin ingenio.

La pauta publicitaria que se incrusta en las "comparsas" y carrozas se ha vuelto más visible que el sentido imaginativamente transgresor que define desde sus orígenes remotos al carnaval, fiesta liberadora de todos los pueblos. No solo se ha vuelto más visible: ha hecho sombra a las manifestaciones populares más auténticas, al espíritu transgresor, burlón e hiperbólico, crítico e ingenioso de los carnavales de antes.

No es que ese espíritu haya desaparecido ni que el pueblo barranquillero no siga viviendo esta fiesta como su más grande expresión cultural. Lo que sucede es que, de año en año, la generosidad con que se ayuda económicamente a la realización de la fiesta ha llevado a la usurpación del espacio propiamente carnavalesco.

Las grandes empresas pagan, no para enriquecer al carnaval, sino para empobrecerlo y despojarlo de su sentido verdadero: fiesta colectiva donde la libertad y la imaginación solo limitan con las páginas del Código de Procedimiento Penal. Pagan y financian el evento para convertirlo en vitrina publicitaria de sus productos, mostrados como parte de la fiesta.

Se trata, aparentemente, de algo que carece de importancia. Se podría decir, en defensa de la participación empresarial, que gracias a esas subvenciones el evento ha alcanzado el esplendor masivo que lo convierte en uno de los más importantes del mundo. Pero no es así: la impresionante y avasalladora presencia de imágenes corporativas en el interior de la fiesta neutraliza su contenido, le hace perder lo que ha tenido de transgresión moral, de crítica hiperbólica, de fiesta bufa, de sarcasmo gráfico, en fin, lo que el carnaval ha tenido siempre de carnaval y no de inocua y glamurosa fiesta de disfraces.

Lo del carnaval de Barranquilla no es sino un ejemplo de lo que sucede en muchas fiestas populares. Las grandes empresas no se vinculan económicamente a ellas para exaltar la autenticidad que caracteriza a esas fiestas, sino para transformarlas en apéndices del mercado: de cervezas, de ron, de aguardiente, de whisky, de gas, de electricidad, de telenovelas, de bancos, de textiles, de gaseosas, en fin, de cuanto sea susceptible de ser vendido y, por lo mismo, anunciado en la gran vitrina colectiva.

Me dirán que los ricos no dan nada gratis. Y es cierto. Una empresa no invierte desinteresadamente en nada. Espera que su imagen haga presencia y sea reconocida como benefactora de los eventos que patrocina. Pero podría practicar la "responsabilidad social empresarial" sin amenazar los contenidos de las fiestas, sin desfigurarlas mediante el poder de Don Dinero. Sería un admirable rasgo de tolerancia.

Muchos creen que, de manera deliberada y perversa, se pretende así restarle voltaje crítico al carnaval y neutralizarlo moralmente. Si algo lo define en todas las sociedades y épocas es el desafío a las costumbres morales y a los excesos del poder. Entre lo bello y lo grotesco, entre lo armónico y lo desmesurado, el carnaval es todo lo que se quiera, menos escenario de pauta publicitaria.

Óscar Collazos

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