Qué nos dejará el paro

Qué nos dejará el paro

El conflicto seguirá vivo y la educación no va a mejorar gracias a esa negociación.

08 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Esta semana me encontré a una maestra conocida en la calle. Me decía que solo con los paros su gremio había logrado algo de dignidad laboral. Y le di la razón, aunque le replicaba que ya era hora de reducir la protesta y retomar las clases, cuando menos parcialmente. Y a los pocos minutos me asomé a una avenida y vi como un furgón casi atropellaba a un niño que estaba vendiendo alguna chuchería en la calle con su mamá.

Le pregunté a la señora por qué exponía al niño a ese riesgo, y me explicó que como no había colegio por el paro, no tenía con quién dejarlo, y aunque apoyaba a los maestros, ya estaba desesperada de que sus hijos no tuvieran clases.

El sindicato, los maestros estatales, las familias pobres y las de clase media y las élites tenemos intereses diferentes. Cuando coincidamos en que nuestro objetivo es educar para la paz y la libertad a una nueva generación de colombianos en condiciones de igualdad, dejaremos de tener los conflictos que hoy tenemos.

Es verdad que en Colombia los maestros (y maestras, porque la mayoría son mujeres) ganan poco. Lo demuestran las comparaciones con otros profesionales colombianos y con el ingreso docente en otros países con economías semejantes. Y como eso lo entiende la sociedad, muchas familias apoyan al sindicato. Además, si los maestros de la planta estatal tienen mejores horarios, vacaciones y niveles de estabilidad laboral que la mayoría de los trabajadores, es gracias a sus acciones de protesta a lo largo de años de organización democrática.

Aunque el paro se levante la próxima semana, el desenlace será lánguido, pues mejorará poco la situación de los maestros y aplazará más los debates de fondo en la sociedad

Pero también es verdad que el paro debe levantarse, porque a quienes más afecta es a los pobres y a la educación pública. Si Fecode mantiene la intensidad de su protesta actual, el nivel educativo y hasta la nutrición de los hijos de los obreros, de los trabajadores informales y de los que no tienen nada se verán afectados. Y si cada dos años enfrentamos paros de un mes de duración, cada vez más las clases medias querrán que sus hijos vayan a colegios privados, y la segregación y marginalidad del sistema de educación pública seguirá creciendo. Y a la larga todos perderemos, comenzando por los propios maestros oficiales.

Aunque el paro se levante la próxima semana (ese es mi pronóstico), el desenlace será lánguido, pues mejorará poco la situación de los maestros y aplazará más los debates de fondo en la sociedad. Aunque es verdad que hay déficit, y no es posible sacar plata del presupuesto actual sin generar crisis en otros ámbitos sociales o sectores del Estado, entre mediaciones y tensiones, seguramente el Gobierno va a ceder en algunas de las bonificaciones salariales que se discuten en este momento.

Al llegar a un acuerdo para aumentar más o menos un millón de pesos de ingreso por maestro al año, la mejora en el nivel de vida de los educadores será leve, pero agradecida en general, y habrá una victoria parcial del sindicato en la mesa, que para evitar llegar al punto en que las familias comiencen a darles la espalda a los maestros, levantará la protesta.

Por su parte, la ministra Yaneth Giha y su equipo, con mucho trabajo y poco margen de maniobra, habrán cumplido su tarea de hacer que los niños regresen al colegio. Sin embargo, el conflicto seguirá vivo y la educación no va a mejorar gracias a esa negociación. Por un lado, cuando al Ministro de Hacienda le hablemos de educación rural para el posconflicto, de financiar a las universidades públicas o de reformar el sistema general de participaciones y generar mayores capacidades locales, nos va a decir: “Dejémosle eso al próximo gobierno, que ya hicimos el esfuerzo de las bonificaciones”. Y en la dirigencia de cada sindicato regional, los sectores recalcitrantes tildarán de traidores a sus negociadores por “haber entregado las banderas”. Así suele suceder, de modo que los sindicalistas moderados se van a la política electoral y los radicales asumen la agenda de movilización.

Los cambios importantes para mejorar aprendizajes implican ante todo procesos de transformación cultural, y para los sindicatos, hoy más políticos que pedagógicos, son muy difíciles de liderar

Entretanto, se contratará un nuevo operador de la salud de los docentes, quizás un poco más eficiente, pero, en esencia, parecido al actual. Y los temas de fondo, como la pedagogía para la jornada única, la formación integral en los currículos, la equidad entre territorios y una genuina descentralización o la formación docente, quedarán relegados porque, para ambas partes, en una mesa de negociación laboral son un problema.

Del lado del Gobierno, discutirlos significa tener que financiarlos mejor. Y del otro lado, aunque el pliego quiera resumirlos en infraestructura y logística, estos asuntos van más allá de las condiciones materiales. Los cambios importantes para mejorar aprendizajes implican ante todo procesos de transformación cultural, y para los sindicatos, hoy más políticos que pedagógicos, son muy difíciles de liderar.

El escenario deseable ya no sucedió. Para que se diera, tendríamos que propiciar un pacto de nación. Entonces las élites y las clases medias estarían dispuestas a que sus hijos estudiaran con los de los pobres; el Gobierno sacrificaría otros rubros del presupuesto como la seguridad y la infraestructura vial para invertir más en educación pública; las familias asumirían su corresponsabilidad y lucharían para que sus hijos se formaran en serio, conscientes del poder transformador de la educación; la totalidad de los maestros trabajarían con entusiasmo y profesionalismo, mostrando resultados, como lo hacen muchos de sus colegas, independientemente de las circunstancias, y el sindicato, una vez los maestros tuvieran un ingreso profesional y un buen sistema de protección social, podría priorizar la pedagogía y el mejoramiento profesional sobre los temas laborales. Pero eso implica que la sociedad realice un acuerdo general, en el cual pagarles bien a los maestros forma parte del contenido y el asunto central es el aprendizaje de calidad para todos.

Lo triste es que el acuerdo se había logrado cuando el presidente se comprometió en el 2014 a invertir el 7 por ciento del PIB en el sector. Esa promesa, que resolvería no el conflicto con el sindicato, sino el desarrollo con equidad de esta sociedad, apostando por la educación como lo han hecho todos los países del mundo que han priorizado el desarrollo humano, cuesta 20 veces lo que ahora se está regateando. Y nos la hicieron en campaña al movimiento Todos por la Educación, a Fecode y al país el presidente Santos y todos los candidatos y partidos políticos. Pero se quedó en el aire. Recuerdo que la primera en descartarla, hace tres años, fue la entonces recién nombrada ministra Gina Parody.

Así que una vez el paro termine, habrá que esperar un nuevo episodio de un largo conflicto laboral. A menos que converjan una bonanza económica y una campaña política en la que la educación vuelva a ser un tema de acuerdo nacional.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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