Poder, conciencia crítica y educación

Poder, conciencia crítica y educación

La educación crítica y liberadora es diferente del adoctrinamiento, el entrenamiento.

27 de abril 2017 , 12:00 a.m.

En un momento de la vida me explicaron científicamente y con plastilina que solo si los débiles comprenden lo que les conviene, el mundo cambiará. Y por eso, la educación emancipadora es la única verdadera revolución. Comunistas y capitalistas crean élites, y si los débiles no están preparados para tomar decisiones correctas, esas élites, aun si lo hacen de buena fe, terminarán actuando con muy poca conciencia de la existencia de los débiles.

La teoría, probada una y otra vez, parte de un hecho: cada quien, fuerte o débil, ve desde su perspectiva y le cuesta entender la realidad ajena. Pero esa subjetividad entraña una tragedia: como los hombres tienen más poder que las mujeres, los gobernantes más que los ciudadanos, los empleadores más que los trabajadores, los maestros más que los estudiantes, los pobladores urbanos más que los rurales, la visión del mundo de esos poderosos crea la cultura dominante, fija los cánones de lo deseable y hace evidente la supremacía ética y estética del fuerte.

La injusticia tiende a crecer mientras se considera correcto que crezca, a menos que se trabaje duro para dar poder a los débiles. Por eso, la humanidad ha justificado durante la mayor parte de su existencia aberraciones como la esclavitud o el ‘apartheid’, y justifica hoy niveles de desigualdad de ingresos o de acceso a la buena educación que son evidentemente inmorales. O para seguir con ejemplos nuestros, justifica que los jóvenes pobres se maten en guerras que deciden hacer viejos poderosos.

Débiles y poderosos toman decisiones. Pero, claramente, las que toman los débiles están menos informadas o están más restringidas. Por eso, aunque muchas veces son mayoría y juntos podrían pesar en favor de sus intereses, solo cuando se emancipan los débiles, dejan de serlo. El caso de las mujeres es claro. Su emancipación está en pleno desarrollo. El caso de los pobres es diferente. Los manipulan desde todos lados. Y no puedo evitar repetir el ejemplo de los pobres votando no con respecto a detener un enfrentamiento armado entre pobres. La única explicación es una falta de claridad del débil acerca de lo que le conviene. Pero no es un asunto solo de mayorías (mujeres, trabajadores informales, campesinos): la invisibilidad y discriminación de quienes tienen condiciones o identidades menos comunes es aún mayor.

El poder excluyente de los que tienen habilidades físicas o cognitivas promedio frente a quienes tienen alguna condición de discapacidad es un ejemplo trágico. Conocer a comunidades en las que las personas sordas o ciegas se han empoderado es una experiencia reveladora de la injusticia previa y cotidiana que reinaba cuando esos colectivos humanos eran desconocidos. Y esa injusticia es lo más común en países como el nuestro. Poca educación sobre el poder. Poca conciencia.

Que no sea el poder del caudillo, del empleador, del comunicador o del pastor, sino la propia convicción la que prime en las decisiones de cada quien.

Conciencia… ¿cómo así? ¿Conciencia de clase para unir a los proletarios, derrocar al régimen capitalista por la fuerza e instaurar una dictadura proletaria? ¿Castrochavismo? ¿Socialismo del siglo XXI? ¿Estoy pidiendo adoctrinamiento comunista para que la educación forme para la revolución? Realmente no. Aunque creo que el socialismo consiste en darles a los débiles poder y, ante todo, conciencia de su propia capacidad, no cabe duda de que en nombre de los pobres muchos dirigentes que se dicen de izquierda han robado y manipulado tanto como muchos dirigentes conservadores y liberales, aquí y en la Conchinchina.

Lo que me parece sano es formar personas capaces de decidir sobre su propia vida. Eso quiere decir que no sea el poder del caudillo, del empleador, del comunicador o del pastor (aunque al final existan esos líderes), sino la propia convicción la que prime en las decisiones de cada quien sobre lo que le conviene. Y esa convicción tiene que estar informada sobre quién tiene más poder y quién menos, para que el juego sea limpio. Y entonces se puede aceptar o elegir ser obrero, soldado, ama de casa, médico, político, artista, empresario o lo que sea, pero reconociendo y teniendo opciones efectivas.

Amartya Sen, un liberal contemporáneo, diría que no es lo mismo hacer huelga de hambre que no tener nada para comer, y por eso se trata de permitir la elección entre posibilidades reales. Y John Rawls, otro pensador liberal, se ha preguntado en qué tipo de sociedad elegiríamos vivir si el lugar que nos correspondería en las estructuras de poder de esa sociedad dependiera del azar. Mejor dicho: entender que las reglas de juego pueden ser justas o injustas, que es lo que llamaríamos educación emancipadora (o concienciación en palabras de Paulo Freire), es una condición para hablar de verdadera educación para la dignidad humana. No tragar entero. No echarles tierra a los problemas e injusticias de la sociedad.

Y, por supuesto, la escuela puede reproducir las estructuras de dominación en la cultura en lugar de cuestionarlas, y lo más común es que lo haga. De modo que una pregunta clave es si esa educación crítica, ética, emancipadora, para la justicia (hay muchas maneras de entenderla) es posible con el sistema educativo existente. Hay quienes soñamos con escuelas capaces de formar para la libertad y trabajamos en eso. Hay quienes perdieron esa ilusión y creen que hay que acabar con la escuela como institución que reproduce los poderes. Lo que es cierto es que la educación crítica y liberadora es diferente del adoctrinamiento, el entrenamiento, la formación de competencias, la disciplina cívica y la mera escolarización.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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