Petro para indecisos

Petro para indecisos

Gobernar es un oficio ético y político que exige técnica y, sobre todo, trabajo, talento y sabiduría

07 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Tener claro lo que se considera justo y la voluntad para conseguirlo haciendo cambios puede dejar de ser una virtud y convertirse en voluntarismo autoritario. Y eso es lo que asusta a quienes, reconociendo en Uribe/Duque/Vargas/Pastrana/Gaviria/Ramírez un ancla al pasado, hoy dudan si confiar el futuro anhelado a Gustavo Petro y Ángela Robledo.

Entre los cinco millones de personas que votaron o por De la Calle o por Fajardo todos quieren, al igual que quienes votamos por Petro, educación pública buena y sin barreras económicas para quienes más la necesitan, un modelo productivo con equilibrio regional y basado en remunerar el trabajo más que la especulación financiera o la extracción ambientalmente irresponsable. Todos compartimos que la política, la justicia y los negocios tienen que estar separados para superar la corrupción, y también que la salud y la seguridad social no pueden ser organizadas en función de los intereses de intermediarios financieros.

Pero muchos temen que por querer hacerlo todo en cuatro años sin negociar nada, a la larga Petro termine solo y con muy poco logrado. Gobernar es un oficio ético y político que exige técnica y, sobre todo, trabajo, talento y sabiduría para juzgar el momento de la determinación y el de la moderación. ¿Tendrá Petro esa sabiduría?, ¿se dejará convencer de moderar sus obsesiones cuando se le esté yendo la mano? Me siento llamado a compartir mi experiencia personal trabajando a su lado en la gestión educativa.

El ejemplo de los colegios en concesión y los de convenio frente a la matrícula oficial nos sirve para ilustrarlo. Ningún país del mundo ha logrado ofrecer buena educación a toda su gente sin un sistema púbico universal y de calidad. Así que la prioridad en educación en Bogotá era elevar el nivel de los colegios oficiales, atraer a ellos la matrícula, y dejar de destinar recursos oficiales a la gestión privada de colegios de mala calidad. Y eso hicimos. Eliminamos los contratos de corto plazo de más de cien colegios privados malos o apenas aceptables, que recibían chicos pagos por el Gobierno (convenios), teniendo al lado un colegio oficial bueno y casi desocupado.

Gobernar no es un asunto para gente sin liderazgo. Petro nunca fue fácil de convencer, siempre fue crítico, buscó la debilidad en las ideas tecnocráticas formalistas.

Algo que los expertos han aplaudido. Y cuando evaluamos el desempeño de 25 colegios con contratos de largo plazo suscritos más de una década atrás (concesiones) que se terminaron durante nuestro gobierno, al comprobar que 23 de ellos hacían un trabajo muy bueno, Petro decidió que la idea de una educación exclusivamente oficial necesitaba ser moderada en este caso, y mantuvo los contratos.

Hubo presiones de ambos lados para ser radicales: no se toca ninguna concesión, porque son perfectas, decían unos. Hay que acabar con todas las formas de contratación de la educación, porque eso es neoliberal, decían otros. Petro mantuvo los mejores colegios privados que administran recursos públicos, sencillamente, porque eso les convenía a los niños.

Otra cosa es ceder ante cualquier presión. Y voy a dar otro ejemplo. Colombia necesita invertir mucho dinero público en las escuelas a las que van los pobres. Somos el país de la Ocde con peor desempeño en aprendizaje académico, el que menos recursos públicos invierte por estudiante, y el que más privatizado tiene el sistema, haciendo depender el acceso a la oferta buena del ingreso familiar. Cuando Petro fue alcalde decidió hacer realidad un programa ambicioso y costoso. Lo que Colombia necesita. Enterado de que costaría mínimo un billón de pesos adicional cada año, decidió ser firme y hacer esa inversión. No faltó quien dijera que estaba loco, que eso era irresponsable. Y muchos otros en su lugar habrían comenzado a recortar sueños y presupuestos al ritmo de las presiones por repartir el gasto. Pero Petro se mantuvo, priorizó el dinero, y los resultados en aprendizajes académicos y capacidades ciudadanas de niños y jóvenes; en motivación, preparación y cantidad de maestros y maestras; en innovación pedagógica y acceso a los bienes de la ciudad para los estudiantes; y en condiciones materiales como tecnología, infraestructura, alimentación y transporte, son irrefutables.

Entretanto, Juan Manuel Santos, tan moderado que fácilmente cambia de posición, prometió en campaña aumentar un 60 por ciento el gasto en educación como proporción del PIB, y al final ese aumento no llegó ni a la décima parte de lo prometido. Y los resultados, por supuesto, no se dieron. Ahora, cuando le preguntan a Petro cómo garantizará los recursos para el programa educativo en el país contesta que primero asignará esa plata, y luego comenzará a repartir el resto del presupuesto. Es decir, promete enfrentar de nuevo todas las presiones de gasto en otros temas para proteger el gasto en educación, que es el más rentable y sostenible. Y yo le creo, porque ya lo vi hacerlo en Bogotá buscando soluciones creativas a los problemas de gestión, sin sacrificar el programa.

Gobernar no es un asunto para gente sin liderazgo. Petro nunca fue fácil de convencer, siempre fue crítico, buscó la debilidad en las ideas tecnocráticas formalistas, y no le gustaba que el miedo a disgustar fuera el argumento para hacer o dejar de hacer, o para que la agenda se quedara en trivialidades. Y es verdad que cuando sus colaboradores aflojan sospecha que sea porque los hayan cooptado ideas conservadoras. Pero nunca se negó a deliberar con argumentos. Por el contrario, concentrado en lo más importante para superar las injusticias de esta sociedad, nos llevaba a largas jornadas de discusión profundas y creativas, en las que los datos y opiniones tenían que ser sólidos y las propuestas consistentes con principios elevados. Y se tomaban decisiones colectivas. Lo que necesita Petro, si llega a ser presidente, no es que lo estigmaticen por miedo, sino que se concrete el pacto nacional que ha prometido y que le ayuden a tener un equipo de gente que tenga argumentos y sepa defenderlos ante un líder duro de convencer y a veces huraño, pero deliberante, inteligente, trabajador y consciente de que la democracia con sus contrapesos institucionales es importante.

A muchos colombianos les hubiera gustado que Humberto de la Calle o Sergio Fajardo fueran presidentes. Yo habría preferido una alianza de los tres y sus equipos para la primera vuelta. Pero esas opciones ya no existen más, y en cambio el presidente será o bien Gustavo Petro o bien Iván Duque. Y cada quien tiene que mirar propuestas y tomar una decisión entendiendo que incluso abstenerse o votar en blanco ayudará a elegir a uno de los dos. Cualquier decisión reflexiva es legítima. Lo que no me parece sano es exhibir la desconfianza sobre el carácter de una persona para tomar una decisión tan seria sin evidencias claras para esa desconfianza.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

Columnistas

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