No solo de Pisa vive el estudiante

No solo de Pisa vive el estudiante

Pisa sigue mirando solo lo académico y Colombia se concentra en exceso en una mitad de la educación.

27 de febrero 2017 , 01:14 p.m.

Se ha entregado el resultado de la aplicación 2015 de la prueba Pisa (Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes de la OCDE), el estudio comparativo sobre educación más conocido en el mundo, que mide relativamente bien la mitad de lo que interesa saber. Y Colombia mejoró respecto a la anterior aplicación en el 2012.

¿Por qué mide la mitad de lo que importa? Porque se centra en el lenguaje, las ciencias y las matemáticas, las que se conocen como competencias cognitivas. Y esas dimensiones del desarrollo de las personas, si bien importantes, no dan cuenta de otras capacidades esenciales para llevar una vida satisfactoria, como el bienestar físico, la habilidad socioemocional o las capacidades para la creación artística y la ciudadanía plena. De hecho, en la sociedad actual, la formación integral es tan importante para ser feliz como para conseguir trabajo. Antes se pensaba que había que ser bueno en lo académico, y lo demás eran bonitos adornos. Ya no es así, y ningún sistema serio se plantea un dilema entre el arte y la matemática o entre la educación física y el inglés. Pero Pisa sigue mirando solo lo académico, y Colombia, por mirar mucho a Pisa como objetivo, se concentra en exceso en esa mitad de la educación.

Y, ¿por qué la mide relativamente bien? Bien, porque trabaja en la idea de competencias aplicadas a contextos diversos; es decir, más que en los conocimientos, en su uso práctico. Menos bien, porque siendo una herramienta sofisticada para comparar sociedades industrializadas, estandariza el conocimiento deseable, y países tan complejos como el nuestro, con sus muchas etnias, ecosistemas y conflictos, ameritan ver sus metas con prioridades y matices que escapan a ese parámetro. Y mal, porque al concentrarse más en la prueba que en la educación, los países sesgan la prueba, como he analizado en una columna anterior (ver ‘A veces la fiebre sí está en el termómetro’). En esos sesgos, Colombia no es la excepción.

En todo caso, el avance en áreas cognitivas de la educación entre el 2012 y el 2015 es significativo. Así que el ministerio de María Fernanda Campo, y en parte el de su antecesora, Cecilia María Vélez, merece un reconocimiento. Y es importante estudiar los resultados de ciudades como Bogotá, Medellín y Cali, que aplican la prueba de manera adicional al país (esa información todavía no está disponible). Con dicho análisis se podría saber si esas ciudades con sus propias políticas impulsaron o frenaron el mejoramiento. Por supuesto, me interesa especialmente el caso de Bogotá, ya que se trata justo del periodo durante el cual estuve en el Gobierno. Y a juzgar por la relación entre las pruebas Pisa y las pruebas Saber, partimos de la hipótesis de que las ciudades pesan mucho en el avance. Ya veremos si acierto.

El presidente Santos está muy contento, y es bueno que le llegue una buena noticia. Pero en su alocución del martes en la noche le faltó explicar que si bien Colombia mejoró, seguimos muy lejos en el mundo, pues apenas pasamos del puesto 62 al 57. También me hubiera gustado oírlo hablar del papel de la educación en la construcción de la paz, de la formación integral en la jornada única, o de cómo aumentar el esfuerzo fiscal en educación para financiar nuevos avances en medio de la crisis económica. Y esperaba que reconociera que la brecha entre niños pobres y ricos en Pisa sigue siendo muy grande, en lugar de aludir a la imprecisa generalización que compara colegios públicos y privados.

Quiero decir, y no es un tema ajeno a los resultados de la educación, que el asesinato de Yuliana produce una impotencia asquerosa. Y recordar que el abuso, maltrato y explotación a niños y niñas es causado generalmente por personas cercanas, y que denunciar a los causantes, así sean familiares, es indispensable para superar el horror de nuestras sociedades enfermas. Pero también con la tragedia me acordé de Frato (y me puse a releer su libro La ciudad de los niños, al que dedicaré mi próxima columna), porque no podemos dejar que el miedo nos lleve a encerrar a nuestros niños, a sobreprotegerlos y a negarles el derecho a confiar en el género humano y explorar libremente el mundo.


Óscar Sánchez

*Coordinador Nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

Columnistas

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