Merecemos celebrar

Merecemos celebrar

Ayudemos a niños y jóvenes a entender que los conflictos se pueden resolver dialogando.

17 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Hoy me siento como cuando uno está listo para la fiesta de graduación de la universidad y sucede una calamidad en la familia. La celebración se tiene que volver más sosegada y reflexiva. Pero no deberíamos dejar de valorar el hecho positivo a pesar de los bemoles.

Y es que una noticia histórica, como el fin de la guerra de las Farc con el Estado colombiano merece una celebración con bombos y platillos. Con toda razón la comunidad internacional ha calificado como el más exitoso proceso de paz en el mundo en años, la entrega de más de 8000 armas, un millón trescientas mil municiones y alrededor de 600 caletas en menos de un año de proceso transitorio de normalización (http://www.un.org/spanish/News/story.asp?newsID=37875). Y la reducción a cero de las víctimas directas de esa confrontación en tres años de cese al fuego es algo realmente conmovedor. Pero entretanto, el país está dedicado a la camorra y vive una crisis institucional, moral y económica que no nos deja disfrutar la alegría de la paz. Desde un punto de vista pedagógico y educativo, esta experiencia contradictoria debería ser aprovechada.

En primer lugar, ayudando a la sociedad colombiana y en especial a niños y jóvenes a entender que los conflictos se pueden resolver dialogando. Llevando a las víctimas y a los protagonistas de la guerra a compartir su historia con los estudiantes del país, mostrar un arrepentimiento genuino y recibir un perdón sanador. Y tendrían que participar todos los bandos y expresiones del conflicto. Eso seguramente invitaría a las nuevas generaciones a usar métodos pacíficos en el trámite de sus diferencias, pero también a conocer más el dolor que hemos vivido.

No podemos enseñar la paz genuina a las nuevas generaciones con un país tan profundamente roto

Además, la justicia transicional es sobre todo un proceso colectivo de apertura frente al que ha cometido actos violatorios de la dignidad humana, lo que exige pagar un costo en impunidad para que la sociedad cobre en verdad, reparación simbólica y garantías de no repetición ese costo con creces. Y eso hay que dialogarlo abiertamente con los jóvenes como el dilema moral que representa.

En segundo lugar, no podemos enseñar la paz genuina a las nuevas generaciones con un país tan profundamente roto. No se trata de negar que los conflictos en la sociedad deben mantenerse en causes democráticos, y por lo tanto la política como confrontación de ideas, programas y grupos de interés es el camino sano para la disputa. Pero hay que reconocer que en Colombia hoy la paz nos divide.

Autoengañarnos diciendo que el No ganó en el plebiscito porque sus promotores hicieron trampa es querer tapar el sol con un dedo. Y las formas de la política nos están devolviendo al sectarismo de los años cuarentas y cincuentas, de modo que en izquierda y derecha por igual excusamos las faltas de los amigos y maximizamos las de los oponentes. Estamos muy lejos de la reconciliación, y las propuestas profundas para sembrarla en la escuela y la familia (que existen y muy exitosas, por cierto), poco interesan a los poderosos que sacan provecho de la polarización.

Y para colmo de males, las políticas para implementar el acuerdo de paz están terriblemente desfinanciadas. De modo que vamos a incumplir lo acordado en un alto grado en muchos frentes. Y aunque ya hemos abundado en esta columna al respecto, hay que repetir que las dieciocho disposiciones relacionadas con educación rural inicial, básica, media, técnica y universitaria y con educación para la ciudadanía se van a quedar en el aire. Lo que tenemos que hacerle ver a Colombia, si no queremos reinventarnos la guerra otra vez y muy pronto.

No obstante, tiene que haber espacio para el festejo. Aunque el gobierno, la justicia y los partidos políticos se estén cayendo a pedazos, la paz facilita la construcción de una sociedad y un estado decentes. Y solamente servirá si la valoramos y la vemos como un punto de partida. Y yo comenzaría desde el jardín infantil.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

Columnistas

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