Mañanas, tardes y rigideces

Mañanas, tardes y rigideces

El objetivo no es tener una jornada escolar más larga, sino mejorarla.

26 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Hace unos años le oí a una ministra de Educación una explicación de por qué los estudiantes de las jornadas de la mañana tienen mejores resultados académicos que los estudiantes de la jornada de la tarde. Ella consideraba que eliminar las jornadas de la tarde era imperioso para mejorar los aprendizajes, y argumentaba que en la mañana el cerebro tenía una mejor disposición para aprender. 

El asunto no me convenció. Aunque en mi caso estudio mejor temprano, conozco personas que disfrutan más aprender a otras horas, y es evidente que hay buenos estudiantes vespertinos y malos matutinos (y al revés). Al indagar encontré que los resultados desiguales entre jornadas no se presentan en otros países, ni en el nuestro suceden en todos los niveles académicos. En distintos contextos culturales y ambientales y entre niveles educativos, el tema cambia mucho en el mundo.

Pero, efectivamente, en las pruebas Saber les va mejor a los estudiantes colombianos matriculados en la mañana. ¿Por qué? La explicación tiene que ver con la sociedad, no con la jornada. La ministra y sus asesores incurrían en la clásica falacia de confundir coincidencia estadística (jornada y resultado) con causalidad (resultado como efecto de la jornada).

En Colombia hay una preferencia por las jornadas de la mañana, y, por eso, las familias con mayor capital cultural y compromiso con la educación de sus hijos, que son las que más luchan por los cupos en la mañana, finalmente se quedan con esos cupos. Mientras los estudiantes de la tarde terminan siendo los que pertenecen a familias que se interesaron menos o tuvieron menos información, dinero o conexiones para lograr el cupo de la mañana. De modo que lo que termina haciendo la diferencia no es la hora de ir a estudiar, sino el tipo de compañeros con los que se va a estudiar.

Las familias prefieren las mañanas porque les toca salir muy temprano a trabajar y quieren dejar primero a los hijos en la ruta o en el colegio, y porque los colegios privados de clase media tienen jornadas matutinas, lo que convierte a ese turno en imaginario de calidad.

En Colombia hay una preferencia por las jornadas de la mañana, y, por eso, las familias con mayor capital cultural y compromiso con la educación de sus hijos finalmente se quedan con esos cupos

La semana pasada estuve en São Paulo, Brasil, e hice lo habitual: aprovechar que iba a una nueva ciudad para conocer algún colegio interesante. Pedí la cita en la escuela básica Lumiar (http://lumiar.co/), catalogada como una de las más innovadoras del mundo, y me invitaron entre tres y cinco de la tarde. Como se trata de un colegio alternativo y muy caro, creí que trabajaban todo el día por alguna decisión pedagógica. Pero no. Sencillamente es un colegio con dos jornadas. Y resulta que es muy común que los colegios privados en Brasil tengan dos jornadas, como los públicos en Colombia.

Me puse a preguntarles a los estudiantes y profesores si habían elegido voluntariamente el turno de la tarde, si ese turno tiene tanta demanda como el de la mañana y si los resultados son equivalentes. Y las respuestas fueron todas afirmativas. No solo eso, algunos chicos me dieron argumentos en favor de esa jornada como el siguiente: cuando estudias por la mañana, llegas a tu casa y solo tienes las horas siguientes para hacer tareas o jugar en un solo bloque continuo. Cuando estudias por la tarde, tienes libres unas horas antes de acostarte y otras después de levantarte: dos bloques independientes libres.

Cuando hicimos la Jornada Completa de Bogotá entre 2012 y 2015, traslapamos las jornadas en muchos colegios. Unos estudiantes comenzaron a llegar más temprano y otros a salir más tarde, y entre las diez de la mañana y las dos de la tarde ambas jornadas coincidían, mejorando la infraestructura escolar y, sobre todo, aprovechando la ciudad como espacio para el aprendizaje en actividades curriculares extramurales de formación integral. Y los resultados para ambas jornadas fueron muy buenos, e internacionalmente reconocidos (https://www.elespectador.com/noticias/bogota/los-elogios-de-unesco-politica-educativa-de-bogota-articulo-606267).

Es importante ampliar la jornada escolar, pero tener más horas en el colegio no es un objetivo en sí mismo, porque el propósito no es tener una jornada más larga, sino mejorarla: introducir innovaciones pedagógicas y un currículo integral. Y ese fin estratégico a su vez se fija como medio para llegar al objetivo de la buena educación para los sectores populares. Y del mismo modo, si esa jornada completa de cuarenta horas semanales sucede por lo general de ocho de la mañana a cuatro de la tarde, puede ser conveniente para la mayoría de los estudiantes, pero no es un objetivo en sí, sino un modo de hacer las cosas, pero se pueden tener jornadas completas de diez de la mañana a seis de la tarde, o distribuyendo las cuarenta horas en distintos arreglos semanales, con o sin los sábados incluidos, partiendo el día para que los estudiantes almuercen en la casa, o de algún modo flexible.

Esa diversidad de opciones va de la mano con la alternancia y la semipresencialidad para tener calendarios escolares que respondan a los tiempos de cosecha o las tradiciones en zonas rurales, hasta las distintas y diversas complejidades de la vida familiar y las necesidades de cada persona. Y sobre todo, esa flexibilidad permite pensar la ciudad y el territorio, los parques, museos, teatros, centros científicos y la calle misma como aulas para una formación integral, más allá de los cuatro muros de un salón que parece la oficina de un maestro.

En esto de las mañanas y las tardes se pueden confundir el qué y el cómo, obligándonos sin necesidad a generalizaciones, rigideces, demoras e ineficiencias por juicios simplistas (como el de la ministra que pensaba que se es más inteligente por la mañana) o por intereses que habría que develar, como el de constructores que afirman que para tener jornada completa se necesita duplicar el número de colegios (es decir, de edificios) que hoy tenemos.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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