Los 50 años del Claustro

Los 50 años del Claustro

Felicito al Claustro Moderno, mi 'alma mater', por su quinta década ofreciendo buena educación.

27 de febrero 2017 , 01:03 p.m.

Hablo bien cada vez que puedo de los colegios oficiales, y los menciono con nombre propio cuando tienen éxito. En cambio no suelo elogiar colegios privados. Siento que si lo hago, refuerzo la creencia errónea de que no se puede triunfar con lo público. Esta vez haré una excepción.

Hace 40 años llegue a Bogotá, a una escuela que no me quería convencer de lo buena que es sino que buscaba formarme para decidir mi destino. De hecho, su lema es: “No es para la escuela, sino para la vida”. Un colegio nada pretencioso, en el que cabíamos personas diversas.

Ese colegio me enseñó a tomar las ideas claves de un par de libros a partir de una pregunta interesante, reunirme con esos elementos en un grupo para escribir una idea original y luego someterla a debate. A eso llamaban allí “la academia”. Hoy es la última moda y se llama ‘pedagogía de la indagación’. Pero es algo que los buenos colegios siempre han enseñado: a hacerse preguntas, a leer, a escribir, a pensar, a debatir. Allí nos dejaban tiempo (y teníamos un bello espacio) para reflexionar y descubrir cada quien sus fortalezas. Nos invitaban a dominar primero la lengua propia y luego otras cosas. A ser a la vez atentos y libres. A disfrutar de la naturaleza y del arte sin exagerado purismo.

La formación integral implicaba poder elegir. Y elegimos. Mis compañeros en general han logrado lo que se han propuesto en caminos muy disímiles, sin que ser competitivo haya sido su propósito fundamental. Y ahora que lo pienso, en la evaluación contaba más que uno pudiera explicar en público por qué obtuvo determinada nota, y menos establecer quién había superado a quién. Creo que la formación del sentido crítico, planteada por tantos filósofos como esencia de la ciudadanía activa, se dio allí porque unos profesores eran docentes licenciados; otros, estudiantes universitarios carismáticos; y algunos, profesionales aplicados en disciplinas concretas. Y cada uno, en las clases y en extensas conversaciones en espacios informales, nos presentaba distintas formas de pensar, métodos para razonar, posturas éticas para tomar decisiones, referencias estéticas y tonos emocionales. Opciones formativas.

Por eso felicito al Claustro Moderno, mi alma mater, por su quinta década ofreciendo buena educación.

Ahora bien: más allá de reconocer colegios específicos oficiales, de concesión o privados para mostrar ejemplos como el del Claustro, de los cuales debemos aprender, debo reiterar que el desafío realmente importante para nuestra sociedad es ofrecer a todos los niños y las niñas una educación buena, policlasista y respetuosa de las diferencias. Y el mundo ha demostrado una y otra vez que el único camino para eso es un sistema estatal dominante. Al ser la educación de calidad un bien público por excelencia, o es para todos o no es buena, y por tanto, la división de los colegios por capacidades económicas, inherente a la generalización del sistema privado, convierte en indecente a una sociedad. Ya explicaré, entonces, en una columna próxima la aparente contradicción de tener a mis hijos en un colegio privado parecido en muchos aspectos al colegio que admiro y donde estudié la mayor parte de mi vida, y al mismo tiempo proponer mecanismos de intercambio, de apoyo diferencial, e incluso tributarios y regulatorios para desincentivar el flujo de las clases medias hacia los colegios privados.


Óscar Sánchez

*Coordinador Nacional Educapaz@OscarG_Sanchez

Columnistas

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