La vendedora de rosas y la empacadora de hortensias

La vendedora de rosas y la empacadora de hortensias

Varios empresarios ni siquiera quieren recibir aprendices, mucho menos patrocinar innovadores.

30 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Una pieza de plástico encima de una mesa y un par de chicos paisas con computadores conectados a ese artefacto me descrestaron esta semana. La hortensia es una flor muy apetecida. Los floricultores de Antioquia se dedican cada vez más a ese producto y exportan a Estados Unidos, China y Corea unos 12 millones de tallos al año.

Alexander, uno de los muchachos en torno a la mesa, ingeniero electrónico de la Universidad de Antioquia, un día vio que a cada hortensia hay que hidratarla durante el viaje hasta su centro de consumo, y que la labor manual de poner las flores en bolsas con una reserva de agua en la base del tallo es penosa para las mujeres que la adelantan, e ineficiente para los productores. Ningún país se había preocupado por desarrollar un método automático para hidratar las hortensias para un viaje largo, porque los productores antes de que Colombia se involucrara en este mercado podían enviar las flores por tierra o en barco en viajes cortos, y dado que el peso no importaba, podían llevarlas en baldes. Exportando la carga en aviones la cosa se complica. Y ahí Alexander vio un invento que ya se patentó, del cual se hizo un prototipo metálico y están a punto de terminar un nuevo prototipo plástico junto con el sistema electrónico de control requerido para poner este objeto, nuevo bajo el sol, en manos de la gente que lo necesita en los cultivos colombianos.

Una máquina capaz de empacar de modo automático millones de flores, cada una por separado con su dosis precisa de agua para un viaje determinado. Un videojuego que limpia el fondo de un océano y el usuario maneja “buceando” con gafas de realidad virtual y controles inalámbricos. Un telar mecánico que hace tramas de diseño criollo. Una máquina manejada a través de una aplicación para celular que permite al dueño de una mascota alimentarla con dosis controladas, vigilar su estado de salud y observarla de modo remoto desde cualquier lugar del mundo. Esos productos se están desarrollando en el Tecnoparque que el SENA tiene en Medellín, al que acuden ingenieros, técnicos y estudiantes, incluso de colegio, para aprender e investigar haciendo. Ojo: haciendo.

Los gobiernos no han tenido la capacidad juntar a sus jóvenes para invertir los recursos de regalías en el desarrollo de conocimiento aplicado a las necesidades locales.

El proceso de una incubadora de proyectos de innovación lo podemos recrear con el caso de la máquina empacadora de flores: una persona o grupo de personas (muy jóvenes, por lo común) conciben una idea para resolver un problema técnico o social. En este caso, un estudiante en un cultivo ve a las mujeres trabajando de modo penoso. Se juntan con otros en un espacio de creación colectiva para desarrollar la idea. Aquí Alexander se enteró de que el SENA tenía un lugar dispuesto con materiales, equipos e instructores para personas de las universidades, de la industria o en realidad para cualquier persona. Allí están otros innovadores para colaborar.

En el ejemplo, Alexander ha hecho llave con Daniel, que es ingeniero mecánico de la Universidad Nacional, también muy joven, y que con su impresora 3D, mientras desarrolla su telar ha ayudado a crear las piezas de la empacadora de hortensias. Además de la creatividad y el trabajo colaborativo cuenta la experiencia, tanto de los instructores, como de las empresas y organizaciones que deciden acompañar estos procesos. Y cuenta el espíritu emprendedor u organizador de quien ve la necesidad y junta las partes. Un ecosistema de innovación, suelen llamarlo.

Si descontamos las patentes que solicitan las multinacionales extranjeras para proteger su propiedad industrial, lo que le quita al país más que darle, quedan menos de 400 solicitudes al año en Colombia. En Brasil, México o Chile se solicitan y obtienen 20 veces más patentes que en Colombia. Y en Japón unas mil veces más (cerca de 300.000 al año). Y en Finlandia, por ejemplo, se fusionaron las escuelas más prestigiosas de ingeniería, arte y administración para crear una nueva institución politécnica con base en el principio de la innovación mediante procesos de creación colectiva.

Entretanto, otros muchos jóvenes ven su vida consumirse. Como estaba en Medellín pensaba en la célebre Lady Tabares, que todos recordamos como “la vendedora de rosas” en la película de Víctor Gaviria, que tras salir de la calle al estrellato con la película, volvió a la calle, y luego a la cárcel. En la misma ciudad de los chicos del Tecnoparque y de otros centenares de miles de beneficiarios del SENA y de varias de las mejores universidades públicas de Colombia.

A la pregunta de por qué los pelados de las escuelas de los pueblos donde están los cultivos de flores en los que él imaginó su invento no vieron eso en sus planes, sino un trabajo informal o la ilegalidad, Alexander, más que cualquier otro factor, nos dijo dos cosas: uno, “si yo hubiera sabido que estas opciones de aprender haciendo existían, hace rato lo hubiera puesto en marcha, esto engancha” y dos, “se necesita pasión”. Y yo pensaba en Lady. Pasión le sobraba, y cuando llegó el momento de mostrarla pudo hacerlo. Pero ya era tarde para escuelas de actuación, el SENA, o los ecosistemas de innovación. Si Lady hubiera sabido oportunamente que eso existía. Si eso existiera para todos los chicos…

Siempre dos países. Mientras unos dan ejemplo, otros empresarios ni siquiera quieren recibir aprendices, mucho menos patrocinar innovadores. Los gobiernos departamentales no han tenido la capacidad juntar a sus jóvenes para invertir los recursos que han estado disponibles a través del sistema de regalías orientados a desarrollar conocimiento aplicado a las necesidades locales. Y la última idea del gobierno nacional fue quitárselos vía “fast track” al sector de la ciencia y la tecnología para pasárselos a las carreteras. ¡Brillante!

*Coordinador Nacional Educapaz
@OscarG_Sanchez

Columnistas

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