Entrega el lápiz

Entrega el lápiz

Un estudiante motivado es más poderoso que cualquier método o maestro.

23 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

Para aprender de verdad, hay que descubrir, crear y cambiar. Estos procesos suceden a partir del acto genuino de preguntase ¿qué hago ahora?, ¿cómo lo hago ver diferente?, ¿por qué, no me explico la razón? A veces son preguntas sobre uno: ¿por qué me pongo bravo cuando otros no?; a veces son preguntas científicas: ¿por qué caen los objetos?, o estéticas: ¿me habrá quedado bonito?, o técnicas: ¿cómo funciona esto? o éticas: ¿qué puedo hacer yo para cambiar esto que me parece injusto? En los niños, la pregunta constante es lo natural, y el aprendizaje, intenso; mientras que en los adultos, aunque las estructuras culturales, económicas y políticas lo restrinjan, las preguntas aparecen con las vivencias, y con ellas, las oportunidades de reflexión y aprendizaje.

Hace 20 años, un señor dejó un computador en un hueco de una pared, la cual daba hacia un potrero donde unos niños campesinos iban a jugar. Esos niños no sabían qué era eso. Y él se puso a observarlos sin que ellos lo vieran. Durante los días siguientes, los chicos aprendieron más cacharreando solos que en la escuela con sus maestros. El experimento se hizo famoso y algunos genios llegaron a la conclusión de que los computadores eran muy poderosos para educar. Nada que ver. Si ponemos un elefante en un patio de recreo de una escuela urbana, ocurrirá lo que mismo que pasó con el computador: los chicos comenzarán a cacharrearlo, a hacerse preguntas.

Hace 2.500 años, otro señor se dedicó a llevarles la contraria a sus estudiantes haciendo que se plantearan preguntas respecto a sus certezas iniciales. De Sócrates a Sugata Mitra, la moraleja es la misma: sin autonomía, no hay aprendizaje. A esa conclusión han llegado desde Rousseau hasta Freire, pasando por Pestalozzi, Dewey, Montessori o Decroly. Los principios pedagógicos, que se han llamado de una y mil formas (mayéutica, constructivismo, escuela activa, pedagogía liberadora, entre otras etiquetas), podríamos resumirlos en una frase que Robert Chambers, un gran maestro, me repetía constantemente en un proceso de reeducación al que me sometí: “Si quieres que pase algo, cállate y entrega el lápiz”.

El equilibrio de poder es la esencia de una pedagogía que construye seres autónomos. Si el estudiante no confía en ti, no lograrás nada.

El punto es que la pregunta solo sucede cuando el aprendiz quiere o necesita algo. Por eso un estudiante motivado es más poderoso que cualquier método o maestro, y esa motivación sucede frecuentemente sin que un hombre o una mujer profesional de la educación estén ahí para propiciarla. Pero ojo, para que la motivación se mantenga, y a veces para que suceda, y para aumentar los beneficios del proceso de descubrimiento o de creación, es útil que alguien nos ayude. En ese sentido, un maestro o maestra que facilita, acompaña, ayuda a parir, guía es crítico en la pedagogía.

El equilibrio de poder es la esencia de una pedagogía que construye seres autónomos. Si el estudiante no confía en ti, no lograrás nada. Y en ese caso es mejor dejarlo solo. Si el estudiante confía demasiado en ti, no lograste nada. Y en ese caso… es mejor dejarlo solo. Esta contradicción en la tarea del maestro es la que entraña la belleza profunda de esa ciencia, arte y oficio que es ayudar a otro, sin hacer que dependa de ti o de tus artilugios (libros, computadores, métodos, sistemas de evaluación).

El maestro mínimo es el educador máximo. Y sin embargo, nada reemplaza a ese buen maestro. Por eso, para orientar alguna política educativa hace unos años, elegimos el eslogan ‘la educación te da poder’, significando que la grandeza del maestro y de la escuela está en despojarse de su poder y dejar que sean los niños y los jóvenes quienes por el camino de la construcción de su autonomía se hagan poderosos.

Para ser guía y no instructor, ayudando a los seres humanos en el desarrollo de su inherente multidimensionalidad para descubrir necesidades y talentos, se requiere entender qué es una formación integral centrada en la capacidad de agencia o autonomía de cada estudiante. La utopía de esa idea es que cada persona, familia y comunidad construyan su currículo, los maestros les ayuden a hacerlo y las escuelas y territorios respeten esos procesos. Y, obviamente, hay quien se acerca más a la utopía, como las escuelas en Finlandia. Pero la realidad diaria de miles de maestros y escuelas es que necesitan que les ayuden a aplicar un método pedagógico, así sea un método liberador. Es una contradicción: para que puedas enseñar a la gente a hacerse preguntas genuinas, te vamos a soplar unas preguntas preparadas. Pero es una contradicción necesaria, al menos en las etapas iniciales del proceso.

Y como funciona, está en boga convertir esta filosofía en modelos pedagógicos. El hecho de hacerlo la deshidrata, pero permite masificarla. Luego se puede rehidratar y consumir, y por eso los modelos son útiles para que una versión práctica de esta filosofía se haga popular. Y se hacen cartillas para estudiantes, cursos para docentes y sistemas de evaluación. Así, del Bachillerato Internacional en medio mundo a la Escuela Nueva en Colombia, estos principios se han puesto en práctica por gobiernos, ONG, empresas de la educación y organismos internacionales. Y funcionan. Al menos hasta cuando las cartillas y los cursos se vuelven más importantes que los estudiantes y se les niega a las personas su derecho esencial de mandar a todo libro y maestro al carajo y ponerse a cacharrear, indagar o vagabundear con sus propias preguntas.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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