Educación en emergencias y gestión de riesgos en la educación

Educación en emergencias y gestión de riesgos en la educación

Es importante garantizar el acceso a la escuela lo más pronto posible después de los desastres.

06 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Según se ha anunciado, la próxima semana se reanudan las clases en los colegios de Mocoa. Sin embargo, tres sedes quedaron seriamente afectadas por la inundación y las demás sirven actualmente de albergues. De modo que se está activando un plan de educación de emergencia. Ya los maestros han estado atendiendo a los niños, unos en los albergues, otros con actividades recreativas, y si las escuelas reabren, toda la rutina comunitaria y familiar comenzará a reconstruirse. Además, en medio de una crisis, la escuela, así sea una carpa o hasta un árbol, es un lugar más grato y seguro que la casa o las zonas de dormitorios de un albergue.

Después del terremoto en Armenia en 1999 y de las inundaciones de Bosa, en Bogotá, en 2011, fui testigo de las múltiples respuestas posibles a la pregunta de cómo atender a los niños cuando no hay colegios. En ambos casos se presentaba un debate entre los partidarios de reducir al mínimo la jornada escolar y quienes abogaban por tener con los niños la mayor actividad incluso durante los fines de semana y en días de vacaciones.

Unos luchaban por tener aulas y recursos para recuperar el currículo lo antes posible. Otros apostaban por tomar con calma la parte académica de la vida escolar e invertir el tiempo en acciones psicosociales, duelos y procesos de recuperación de la confianza antes de volver a las clases propiamente dichas. Sin embargo, como no todas las familias tienen los mismos niveles de afectación, lo más prudente es avanzar al ritmo de las distintas realidades. Y, por lo general, las personas más vulnerables son las que más necesitan que la escuela les dé una respuesta rápida y efectiva en un momento de crisis.

Un primer riesgo es la deserción. Muchas familias después de un desastre migran, o los niños que han sido víctimas abandonan la escuela para dedicarse a las exigencias de la vida en medio de la crisis. Por eso es importante garantizarles a los chicos el acceso efectivo a actividades escolares lo más pronto posible después de los desastres.

Por lo general, las personas más vulnerables son las que más necesitan que la escuela les dé una respuesta rápida y efectiva en un momento de crisis.

Y en el mundo entero, pero muy especialmente en Colombia, es clave que las escuelas de cualquier secretaría de educación estén preparadas para recibir niños, que llegan de un día para otro, provenientes de una escuela que quedó abandonada. El desplazamiento por la violencia debió enseñarnos eso, y casos como el de Mocoa también generan desplazamiento. Pero hay una realidad: aunque deberíamos manejar con facilidad un enfoque diferencial para la población desplazada, y los sistemas de matrícula están pensados para garantizar un cupo a cualquier chico en cualquier momento del año escolar, las barreras de acceso para los recién llegados son muy altas.

En todo caso, las razones para tener activa la vida escolar van mucho más allá de mantener la matrícula y ofrecer un espacio protegido y sanador. Los desafíos de la experiencia del desastre pueden hacer que emerjan liderazgos y se alimenten las capacidades de resiliencia, solidaridad, recursividad y prevención. Pero pueden no emerger. Y entonces los traumas se tornan en aprendizajes negativos para la vida. Un manejo apropiado de las relaciones humanas con los niños y jóvenes en situaciones de crisis es un imperativo pedagógico y, eventualmente, una oportunidad.

La educación en emergencias y la gestión de riesgos en la educación son campos de saberes técnicos muy importantes. No solo se ocupan de la atención inmediata, sino también del manejo de las situaciones de crisis e inestabilidad posteriores a los desastres y de la prevención. El Ministerio de Educación ha definido protocolos para esos distintos momentos. Y al ser Colombia un país en conflicto y particularmente vulnerable al cambio climático, nos correspondería ser expertos en el tema. La realidad es que, como en muchas otras cosas en la educación, tenemos expertos y buenas prácticas, pero no hemos logrado que la mayoría del sistema educativo se apropie adecuadamente del tema.

En materia de prevención, algunas secretarías de educación y colegios hacen simulacros de evacuación y diagnósticos de riesgo sísmico de las infraestructuras. Pero muy pocas corrigen los riesgos, porque las obras de reforzamiento de la estructura de los colegios (y, por supuesto, las reubicaciones) son costosas. Por ejemplo, Bogotá ha reducido enormemente el riesgo de colapso de la mayoría de sus 700 sedes de colegios públicos ante un eventual terremoto. Sin embargo, no se ha hecho en todas las sedes, y algunas de las que peor estaban siguen siendo especialmente vulnerables, cuando por razones jurídicas o técnicas, no se pueden hacer intervenciones arquitectónicas. Y esa situación es mucho más preocupante en la mayor parte del país.

Respecto a los planes de contingencia, o no existen, o si existen, a la hora de la emergencia, me atrevo a afirmar que no estamos preparados para ponerlos en práctica. Esos instrumentos, generalmente, son manejados solo por algunas personas en cada colegio. Y en cuanto a prepararse para trasladar estudiantes dentro de una ciudad o región y manejar riesgos de deserción por desastres o ajustes a la oferta psicosocial que respondan a situaciones de crisis, la verdad es que no son asuntos en los que se avance más allá de alguna formulación teórica para cumplir un requisito.

Si desde el sector educativo apoyamos a Mocoa en su situación actual, y todos aprendemos de esta coyuntura, puede que mejore nuestra capacidad para la gestión de riesgos y la atención de situaciones de emergencia, crisis e inestabilidad en colegios y comunidades educativas. Un abrazo a nuestros niños, familias y docentes del Putumayo.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

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