Educación bolivariana

Educación bolivariana

En zona rural de López de Micay y Timbiquí se libra una lucha sin tregua por 4.000 niños y jóvenes.

08 de marzo 2018 , 12:00 a.m.

Bolívar Montaño Moreno es un educador y sacerdote colombiano de 45 años, afrodescendiente, habitante del litoral pacífico caucano. Hace tres años dirige, desde la pastoral educativa del vicariato de Guapi, colegios en un territorio de más de 5.000 kilómetros cuadrados, algo así como los departamentos de Atlántico y Quindío juntos. Allí, en la zona rural de los municipios de López de Micay y Timbiquí, se libra una lucha sin tregua: la lucha por el destino de 4.000 niños y jóvenes.

A un lado está Bolívar con un centenar de profes (la mayoría mujeres), un grupito de profesionales jóvenes con muchas ganas y religiosos con experiencia, y su jefe, Carlos Alberto Correa, un obispo que los apoya en todo lo que puede. Reciben del Estado entre uno y dos millones de pesos al año por estudiante, para hacer con eso todo por sus chicos: contratar y formar a sus profesores, dotar sus escuelas (generalmente enramadas rústicas sin servicios), vestirlos, alimentarlos, apoyarlos y quererlos. Al otro lado está un ejército de mineros ilegales y comerciantes foráneos que destruyen ríos, selvas y conciencias, y narcotraficantes que muestran el camino de la plata y las armas a los chicos.

Los educadores los invitan a quedarse en las escuelas sin que al final se vean opciones de educación superior o de trabajo bien pago. Sus contrapartes les proponen llegar rápido de lavador de oro a campanero, a motorista y, si sobreviven, a capo.

Reciben del Estado entre uno y dos millones de pesos al año por estudiante, para hacer con eso todo: contratar y formar profesores, dotar sus escuelas, alimentarlos, apoyarlos y quererlos.

Bolívar sabe lo que quiere, y sabe cómo lograrlo. Sabe que es posible salir adelante si se crean los lazos de afecto, la curiosidad y el sentido ético correctos. Cuando su abuela Tomasa se convirtió en la primera maestra de Santa Bárbara de Iscuandé, ella esperaba que sus hijos y nietos fueran especialmente educados. Su hija eligió como pareja al padre de Bolívar, un pescador. Y pescaban con sus hijos para la subsistencia. El pescado que cogían el fin de semana en su vereda Chazará era lo que llevaban los seis hermanos como alimentación para la semana de estudio en Guapi. Cuando Bolívar se hizo bachiller pensó en ser educador: una profesión valiosa que haría sentir orgullosa a su abuela. Se hizo sacerdote en Cali y luego licenciado en Medellín, y trabajando y estudiando a distancia sacó también un posgrado. Fue profesor de colegio oficial durante 14 años; dictaba clase en las mañanas mientras era párroco y líder pastoral aquí y allá, caminando esa tierra enorme y maravillosa.

Lo que deslumbra del modo de hacer las cosas de este equipo es lo que ahora se suele llamar resiliencia. Y antes se llamaba verraquera. Es mucho lo que les ha tocado vivir, pero ya quisiera uno ver en el promedio de los educadores de Colombia la mitad de la alegría y la esperanza que esta gente irradia. No en vano, a la pregunta ¿cómo llegaron a armar el grupo?, la respuesta es: primero, buscaron personas que se sientan “misioneras” (léase, comprometidas); segundo, que tengan el conocimiento que se requiere, y también, “que cumplan con las exigencias de la Secretaría de Educación”.

Lo que deslumbra del modo de hacer las cosas de este equipo es lo que ahora se suele llamar resiliencia. Y antes se llamaba verraquera.

Y saben cantar, tocar, componer, conversar en el lenguaje de la gente para hacerle ver cosas sencillas pero poderosas (avivar, dice Bolívar). Le pregunto, por ejemplo, a nuestro prócer, cómo han reducido este año la deserción, y me explica que trabajan con las familias y con el Estado. A las familias las visitan y generan confianza en el contacto inicial, las entusiasman con cantos y chistes, para luego aflojarles señales como esta: si no dejas que tus hijos estudien, ¿quién se va a ocupar de ti cuando seas viejo? Y con el Estado organizan la matrícula con anticipación, haciendo presencia en la Secretaría Departamental con muchas sonrisas y algunas caras serias para garantizar que los recursos y los profesores lleguen al comenzar el año escolar, y no en abril o mayo, como era costumbre.

Y están comenzando la segunda fase: ya los chicos están estudiando; a trancas y mochas logran que a las profes les paguen a tiempo, y que se mantengan en el puesto, aunque eso les implique irse a vivir a las escuelas más lejanas y ver a sus familias, en el mejor de los casos, cada semana y a veces solo una vez al mes. Han logrado que directivos, sindicato y comunidades tengan una expectativa positiva del proceso. Es el momento de luchar porque los chicos estén contentos y aprendiendo. Saben que necesitan adaptar sus capacidades pedagógicas a “lo que se debe enseñar hoy”.

Ya este hombre pasó por los franciscanos, por el seminario, por universidades de calidad, construyó proyectos etnoeducativos afronariñenses y afrocaucanos en varias comunidades, y en tres años ha armado un equipo motivado, humilde, con claridad y que ha aprovechado una confianza tradicional que la gente le tiene a la Iglesia católica en estos municipios, para formar en serio a una generación de paz. Pero la tarea es extremadamente difícil.

No saben qué va a pasar. No se ven recursos, hay incertidumbre, pueden cambiar las normas, puede dejar de llegar el dinero estatal, y el posconflicto, por ahora, en lugar de reducir las economías ilegales, parece haber creado dificultades de seguridad. Yo me asusto ante el panorama. Ellos lo toman con calma. Ofrecen compromiso, denuncian la injusticia, piden apoyo. Pero dicen sabiamente: “Es que nosotros somos pasadores de trabajos”. Mejor dicho, aunque la cosa se vea difícil, lo que se les ve es vida. Al que ha pasado por tantas cosas, ¿qué lo puede asustar?

Ahora “quisiera estudiar psicopedagogía, porque hay dolores de la guerra, una cultura del dinero… mucho que entender en la mente de los chicos”, dice este personaje enorme. ¡Que viva la educación bolivariana! Al estilo de este Bolívar.

P. D. Debo decir que en esta zona conocí, en la misma visita en la que me encontré con el padre Montaño, a muchos magníficos maestros, maestras y directivos docentes del sistema oficial, artistas con trabajo comunitario, líderes sociales, jóvenes voluntarios, funcionarios públicos y otros héroes de la educación. Así que escogí esta biografía, pero quisiera que se leyera como el perfil de un colectivo luchador: los educadores y artistas formadores afrocaucanos.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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