Batallas escolares

Batallas escolares

Hay demasiados colegios en el país en donde las peleas infantiles son entre docentes y directivos.

14 de diciembre 2017 , 12:00 a.m.

Un profesor me buscó recientemente en una reunión técnica sobre pedagogía de paz para contarme algo importante acerca de su trabajo. Llamémoslo Pedro. Como trabaja en una zona afectada por el conflicto armado y yo acababa de hablar en la reunión sobre la convivencia escolar rural, me imaginé que su interés era explicarme los avatares de su vida en una comunidad en guerra y cómo sus estudiantes y sus colegas viven en ese contexto. Y por ahí comencé el diálogo. Efectivamente, Pedro es un profesor en una situación de conflicto, pero diferente a la que yo imaginaba.

Al interrogarlo respecto a su comunidad, me dijo parcamente dos o tres palabras sobre su relación con la guerrilla y los paramilitares, las minas antipersonas alrededor de la escuela, cómo comenzó a trabajar en un campamento de cocaleros donde los salones eran troncos cubiertos por un plástico y, paulatinamente, los colonos fueron construyendo la comunidad y el colegio, que llegó allí por parentesco con algunos líderes que lo presentaron a la guerrilla como alguien de confianza y lograron influir en la secretaría de educación para su nombramiento provisional, y que esa interinidad lleva varios años.

Pero insistía mucho en lo difícil de la relación con sus colegas y los directivos docentes de las entidades a las que estaba adscrita su escuela, hasta que diez minutos después de iniciar la charla y durante más de media hora de conversación, sin que yo tenga nada que ver con ninguna autoridad educativa, Pedro se dedicó a ponerme quejas de una compañera de trabajo y a relatarme que ella lo acusa de manejar mal un dinero de la escuela para los viáticos del viaje que los llevó al evento en el que nos encontrábamos.

Rectores, coordinadores y profesores afectados por el estrés laboral y remitidos a tratamiento sicológico con una frecuencia entre tres y cuatro veces mayor que en el promedio de las profesiones.

Me explicó, ahora sí con pasión, que él la acusa a ella de manipular a los estudiantes y sus familias en su contra. Y en últimas, para mi decepción, Pedro pasó rápidamente de ser un profesor heroico que lidia con la guerra para proteger a sus estudiantes a un trabajador que me estaba pidiendo interceder irregularmente ante sus superiores y tomar partido en favor suyo en una acusación laboral que lo tiene al borde de una sanción por acoso.

¿Una situación rara? Lamentablemente no. En muchos colegios del país, tanto urbanos como rurales, los conflictos entre adultos por asuntos de dinero, ejercicio de la autoridad, chismes, prejuicios o relaciones afectivas son más importantes en la vida cotidiana de los docentes que su trabajo con los chicos. Docentes contra docentes, docentes contra directivos, directivos y docentes contra familias, familias contra familias. A lo largo de los años he visto muchas cosas en este tipo de relaciones. Colegios tomados por comunidades enardecidas que obligan a suspender las clases durante semanas sin que la situación de los estudiantes esté en el fondo del conflicto.

Rectores, coordinadores y profesores afectados por el estrés laboral y remitidos a tratamiento sicológico con una frecuencia entre tres y cuatro veces mayor que en el promedio de las profesiones. Batallas entre docentes con abogado a bordo que duran años ante oficinas de control disciplinario, una instancia exótica en el mundo, pero muy conocida en Colombia. Casos de corrupción en esas oficinas, porque los funcionarios que hacen de ‘jueces’ allí sacan provecho de la situación. Y sobre todo, muchas comunidades en las que se ha perdido por completo la autoridad moral de los adultos que tienen la responsabilidad de educar para la convivencia a sus estudiantes.

Podría decir sin temor a equivocarme que los colegios donde las peleas infantiles entre mayores de 30 años son el pan de cada día son, justamente, los que tienen peores resultados en la formación integral de sus estudiantes, incluyendo el desempeño académico y la retención escolar. Y lo triste es que esos colegios son miles en el país.

En el caso anecdótico de Pedro, lo mandé a la oficina de talento humano de su secretaría de educación, y llamé a la secretaria para preguntarle por el Comité de Convivencia y Conciliación Laboral, el cual, tal como me lo imaginaba, atiende centenares de casos al mes, en los que se repiten los temas y los protagonistas, y sobre todo se repite una constante: como no sabemos dialogar, el clima laboral y las relaciones entre adultos son uno de los factores que más afectan el clima escolar y el bienestar de niños, niñas y jóvenes.

ÓSCAR SÁNCHEZ
* Coordinador nacional de Educapaz

Columnistas

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