Andragogia, michicatería y dignidad humana

Andragogia, michicatería y dignidad humana

Hoy, aunque ha habido mejoras, el 13 % de la población rural colombiana sigue sin saber leer.

31 de mayo 2018 , 12:00 a.m.

El índice de desarrollo humano que la ONU publicó por primera vez hace treinta años, con la orientación del filósofo economista Amartya Sen, contenía dos ideas muy poderosas en favor del acceso a la cultura y el conocimiento como caminos para la liberación humana. 

La primera idea fue incluir el ámbito educativo como una de las tres dimensiones esenciales del bienestar, tan importante como el hecho mismo de tener una vida larga y saludable y la posibilidad de poseer bienes materiales para satisfacer necesidades básicas.

La segunda idea fue darle a la capacidad de leer y escribir el doble de importancia para las personas que a todos los demás procesos de escolaridad formal. Esta priorización responde al hecho de que hay una gran privación de la dignidad humana en las sociedades en las que se presentan altos índices de analfabetismo. Como Colombia.

En tiempos de mi infancia, el presidente Belisario Betancur puso en marcha la campaña de alfabetización ‘Camina’, inspirada en los logros del “Yo sí puedo” de la revolución cubana. Desde entonces, a todos los bachilleres se les puso el reto de enseñar a leer en un servicio social obligatorio, y se creó la universidad abierta para que toda persona pudiera educarse gratis a lo largo de la vida, un propósito de gran envergadura, por ejemplo en el Reino Unido con la maravillosa Open University.

Esta priorización responde al hecho de que hay una gran privación de la dignidad humana en las sociedades en las que se presentan altos índices de analfabetismo. Como Colombia.

Hoy, aunque ha habido mejoras, el 13 % de la población rural colombiana sigue sin saber leer, el analfabetismo funcional es muy elevado, los bachilleres ya no enseñan nada porque se acabó el servicio social escolar en la práctica, aunque siga existiendo el requisito, y Unad, la universidad pública abierta de Colombia, de abierta no tiene sino el nombre, pues en realidad es cara y no es muy claro el impacto de su labor.

Entre tanto, el gobierno Santos se fijó metas de alfabetización para llegar a unos 600.000 adultos con lo que hoy se llama el ciclo inicial de la educación para adultos. De cumplirlo, habría reducido a la mitad el indicador actual, pero nunca destinó la plata ni para llegar a quienes más lo necesitan ni para garantizar el aprendizaje efectivo de quienes acceden a la limitada oferta.

Resulta que el Ministerio de Educación no transfiere recursos para este propósito a las secretarías de Educación a fin de que presten el servicio en los colegios, así que las jornadas nocturnas y sabatinas han comenzado a desaparecer, y en cambio les entrega a entidades privadas escasos 7’000.000 de pesos para que les enseñe las primeras letras a un grupo de 25 personas que ellas mismas deben encontrar.

Con esto, los contratistas buscan a sus estudiantes en las ciudades, a donde los menos de 300.000 pesos por pupilo escasamente alcanzan, pues irse al mundo rural, que es donde realmente se necesita, implicaría aceptar pequeños grupos, hacer que estudiantes y tutores viajen y aceptar flexibilidad metodológica y ritmos de aprendizaje diversos. Todo lo cual está prohibido en los contratos.

Entonces, con distintas metodologías, todas limitadas a un número de horas de instrucción estándar, unas más potentes que otras, y unas aplicadas con más compromiso que otras, los contratistas tienen que graduar a sus cohortes, so pena de no poder cobrar. Así, un derecho habilitante por excelencia se convierte en una de tantas políticas discriminatorias y mercantilizadas en aras de una eficiencia que no es tal. Al final, los operadores que hacen bien su trabajo se quiebran o viven a punto, pocos estudiantes se matriculan, y aunque todos se gradúan, entre ellos muchos no aprenden, y la oferta no llega al mundo rural disperso. Con el proceso de paz, que contempla el asunto en el punto de la reforma rural integral, se planteó al gobierno la necesidad de reformar el esquema y financiarlo mejor. No se ha logrado casi nada.

Pero Belisario, Sen, los británicos y los cubanos tenían razón: si bien un estudiante que comienza un curso de alfabetización tiene muchos retos por delante, cuando logra perderle el miedo a estudiar, su transformación es casi mágica. La andragogia, la ciencia y arte de facilitar el aprendizaje en adultos, explica el papel de la reflexión, las emociones y los intereses y conocimientos con los que llega el estudiante para que una persona con motivaciones diferentes a las de un niño se enfrente con éxito a cuadernos, libros y computadores.

Un ejemplo que me impresiona es el del trabajo que hace la Fundación para la Reconciliación, que parte de un hecho: todos tenemos dolores y alguien o algo qué perdonar. Lo que en un país con siete millones de víctimas del conflicto y montones de violencias cotidianas significa muchos nudos por desatar.

¿Por qué no hacer de esos nudos y dolores el terreno fértil para aprender y, de paso, construir paz? Pues bien, el resultado es que, cuando escriben para poder contar lo que sienten una vez lo han reflexionado y leen para entender su realidad, tal como la andragogia lo explica, las personas no desertan y su aprendizaje se hace palpable.

¡Eureka! Y, como esta fundación, otras instituciones utilizan el mismo principio con otros aspectos de la realidad: la agricultura, la crianza de los hijos o los nietos… claro que se ha podido, claro que se podría, pero no con el nivel de conciencia, los recursos y la forma de gestionarlos que tenemos.

ÓSCAR SÁNCHEZ
*Coordinador Nacional Educapaz

Columnistas

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