Rosas para Brigitte

Rosas para Brigitte

Le guardo fidelidad canina como mi primer amor platónico.

21 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

Brigitte Bardot tiene la edad de mis primeros sueños eróticos. Con precisión de reloj de arena, en septiembre, cuando cumple años, le mando rosas rojas virtuales. Nunca acusa recibo, pero ya me acostumbré a su desdén.

Y a sus hermosas arrugas. Nada de cirugías. ¡Bravo, mon amour!

A sus almanaques, mientras más conoce a los hombres más quiere a las focas y a otros animales, a los que les ha dedicado su eterno femenino. También le dedica su espléndido ocaso a coquetear con la derecha francesa. A regañadientes, le perdono sus desvaríos.

Le guardo fidelidad canina como mi primer amor platónico. La primaria en estos amores de una sola vía la hice, incestuoso que es uno, con mamá Eva, a quien descubrí, hoja de parra en mano, en los libros de historia sagrada de Bruño. Eran los tiempos en los que la nube no había evolucionado a su papel actual de archivo de las debilidades de los hijos de Adán, primer cornúpeta. Según los dibujos de los libros, Dios aparecía detrás de alguna nube y empezaba a tirar línea: Del fruto de tal árbol no comerás.

El huracán Bardot llegaría en tiempos del bachillerato. Y ahí fue Troya. Sus películas tenían el tentador inri de ‘prohibidas para todo católico’

Con el tiempo le pondría cuernos a Eva con Jane, la esposa de Tarzán, quien también andaba ligera de equipaje, para felicidad de la muchachada. Jane alcanzaba a alborotarnos la bilirrubina sexual cuando se reencontraba con su esposo, que llegaba en el último bejuco del mes. Se saludaban de beso que no veíamos, porque don Pedro, sacristán y proyectorista, había visto antes la película que presentaban en el cinema paradiso del barrio. Por instrucciones del párroco Barrientos, tapaba el beso con sus manos de pianista de Bach y de la Sonora Matancera.

El huracán Bardot llegaría en tiempos del bachillerato. Y ahí fue Troya. Sus películas tenían el tentador inri de ‘prohibidas para todo católico’. Era tal la traga que le habría dado en la jeta a Roger Vadim, su descubridor, de habérmelo encontrado.

Como siempre he tenido buen gusto, mi admiración oscilaba entre la Bardot y Catherine Deneuve, bella de día, de noche, a todas horas. Como me la peleaba con el profesor de literatura y necesitaba aprobar la materia, el caballero se quedó con la musa de Buñuel.

No perdí. Tanto, que le sigo mandando flores a BB por haber liberado el paisaje femenino. A sus espaldas envío gardenias para la Deneuve, que cumple el 23 de octubre.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO
- www.oscardominguezgiraldo.com

Columnistas

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