La paz retrechera

La paz retrechera

La salud de la paz no es óptima. Usted levanta un cenicero y descubre un escéptico.

08 de julio 2017 , 12:00 a.m.

Obedeciendo la orden de Juan Carlos Vélez, decapitado cerebro del uribismo científico, voté enverracadísimo el plebiscito del 2 de octubre. Voté, por el sí, claro.

Por eso bailé en una sola pata, como Navarro Wolff, el día que las Farc entregaron los fierros. Para no pecar de ingenuos, admitamos que, seguramente, conservan unas caleticas por aquí, algún arcaico Smith & Wesson por allá.

En eso de la entrega total, la guerrilla recuerda las novias tímidas que no bajaban la guardia si no había epístola primero.

Las ganas de paz producen una severa modalidad de estrés que puso a decir al presidente Santos, con el prestigio en el piso, que la política saca lo peor de las personas. Una selfi a su hoja de vida. (Si París bien vale una misa, la paz bien vale ese honroso 12 por ciento en las encuestas).

Llegó la hora de acabar con esta patria boba, en la que nadie gana ni pierde la guerra. La perdemos todos, decía un “vago” que se abrió del parche

En ese estrés habrá que buscar el origen del memo que el corazón le pasó al comandante ‘Timochenko’, de nuevo reencauchándose en La Habana. Con la medicina revolucionaria, los veo, mojito en mano, bailando boleros en Dos Gardenias.

Luego volverá a lidiar con los trancones y los semáforos, dos sorpresas que le tenía reservada la civilización.

La polarización que vivimos por causa de la paz es tal que muchos vagos, para decirlo en la semántica de la congresista Cabal, madrugamos a tocar madera por la “reconcilia”. Otros madrugan a trinar, desde el Congreso o desde algún Carulla, sobre la inminente muerte del proceso.

Pero los muertos que vos matáis... Bueno, tampoco exageremos. La salud de la paz no es óptima. Usted levanta un cenicero y descubre un escéptico. El conflicto ha sido tan largo que no creemos que podamos dejar de matarnos. Nos acostumbramos a la confrontación.

Pero ahí va el proceso, dándose contra las paredes como un boxeador al borde del nocaut que finalmente gana por puntos. Llegó la hora de acabar con esta patria boba, en la que nadie gana ni pierde la guerra. La perdemos todos, decía un “vago” que se abrió del parche.

Retrechero, el Eln se resiste a la paz. Mientras avanza el diálogo en el vecindario, los ‘elenos’ violan los derechos humanos del tubo y secuestran para no perder la costumbre. Y para los dulces.

Optimista empedernido, notifico ‘Uribe en orbi’: No pienso desocupar el amarradero sin tomarme una selfi con esa paz con fórceps que nos merecemos.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO

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