El día que infiltré una marcha

El día que infiltré una marcha

Que termine ese deporte colombiano en el que la gente primero se enriquece y después se “honradece”.

10 de abril 2017 , 01:52 a.m.

El sábado 1.º de abril llegué al sitio de los acontecimientos cargado de tigre, indignado, con deseos de marchar emberracado para estar a tono con los tiempos. Opté por infiltrar la marcha de pájaros caídos (colegas pensionados) que pasó cerca de mi casa.

Con la caminata me interesaba, inicialmente, mantener a raya el corazón y otras presas nada prosaicas que han empezado a trastabillar debido a la fatiga de metal que acusan.

Mi pliego de peticiones de caminante incluyó otros asuntos fundamentales como los siguientes: que la gente se vuelva a morir de pulmonía, no de plomonía, como la que salía de los fierros de un marchista ‘ilustre’, alias Popeye. No más cohechos en los que purga cárcel solo una de las partes. El cohecho, como el amor, el desamor o los boleros, se practica entre dos. Algunos están empezando a reconocer esta verdad de a puño coquetéandole a la JEP. Aproveché para exigir respetico por las notarías.

Hice votos de pobreza, castidad y obediencia para que termine ese deporte colombiano en el que la gente primero se enriquece y después se “honradece”. Marché para pedir que a los que seguimos el fútbol por televisión nos devuelvan el balón que se vea. El actual es tan hechizo, fantasmal, que se convierte en un falso positivo que nos pone a adivinar dónde está la bolita, dónde está la bolita.

No tiene sentido una marcha en la que no se hagan votos para que los hijos vuelvan a enterrar a los padres, y no al revés, como ha venido ocurriendo en el país del Divino Niño del 20 de Julio. Marché para que no solo las Farc, también los elenos y demás alebrestados en armas, empiecen a tramitar la jubilación. Esta condición es más deliciosa que comer con los dedos.

Llevé una pancarta en el corazón en la que les pedía a los corruptos que no conviertan a sus familiares en prisioneros de sus triquiñuelas. Los malandros del gajo de arriba que defraudaron en forma, generalmente obtienen la casa por cárcel.

A otros corruptos les apreté clavijas por detestar el mes de febrero por el “delito” de tener uno o dos días menos para robar.

Y como se acercaba el Domingo de Ramos, pedí respeto por esas jirafas del paisaje: las palmas. Por lo que vi, no hubo el eco esperado.

ÓSCAR DOMÍNGUEZ GIRALDO

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