Moral atea

Moral atea

Ordóñez parte de la falsa premisa de que los sistemas morales dependen de la religión.

28 de abril 2017 , 12:00 a.m.

Hace poco fuimos testigos de la santa indignación del doctor Alejandro Ordóñez ante unas declaraciones del ministro Alejandro Gaviria, en las que reconocía ser ateo aunque respetuoso de las creencias de los demás. Lanzó Ordóñez tuits como: “Colombia es un país creyente, por eso no merece ministros ateos que promueven la cultura de la muerte”.

El doctor Ordóñez parte de la falsa premisa de que los sistemas morales en la humanidad dependen de la religión. Esa premisa no está de acuerdo con los hechos. Hay miles de ejemplos (y no dudo de que él conoce muchos) de gente que siendo muy piadosa actúa inmoralmente, y de personas intachables que no son creyentes.

Pero el asunto es aún más de fondo. Las religiones aportaron códigos de comportamiento para que la gente pudiera convivir (sin matarse demasiado) en sociedades primitivas. Algunos naturalistas encuentran el origen de la moral en la ventaja evolutiva de supervivencia que da una cierta disposición altruista. Tal vez sea así, pero lo seguro es que la moral no es un mandamiento absoluto de origen divino.

Hoy se acepta que la vida en la Tierra surgió hace unos 4.000 millones de años; la especie humana, hace unos 200.000 y las más viejas entre las actuales religiones, hace apenas 4.000. Si el mandamiento de respetar la vida, por ejemplo, proviniera directamente de Dios, habría existido por siempre y sin modificaciones (y los tigres serían vegetarianos).

La moral ha venido progresando lentamente gracias a consensos que se hacen más generales cada vez.

La verdad es que la moral es humana y ha evolucionado con el desarrollo de la civilización. Hay disposiciones en los libros sagrados que nos parecen hoy inaceptables: no comulgamos con la esclavitud, ni la lapidación ni la pena de muerte por herejía o apostasía; creemos que las mujeres y los hombres tienen los mismos derechos, y que los hijos no son propiedad de los padres. Las religiones dominantes aceptan la pena de muerte (y la aplican, o la aplicaron en el pasado reciente) mientras que muchas sociedades laicas la prohíben.

La moral ha venido progresando lentamente gracias a consensos que se hacen más generales cada vez. Es verdad que en un principio las bases fueron religiosas, pero a ellas se les fueron introduciendo novedades. Una de las primeras fue la de “no hacer al otro lo que no quieres que te hagan a ti”. Pero ese lema limitaba su definición del otro a un vecino cercano, no al de la tribu de al lado. Algunos filósofos consecuencialistas empezaron a definir el acto moral de acuerdo con los resultados que producía. Sus definiciones resultaron insuficientes porque es posible que les vaya bien a muchos a costa de la desgracia de algunos. Otros filósofos, como Kant, exigieron que la norma moral tuviera un carácter absolutamente general, que se aplicara a todos. Otros, como Rawls, mostraron que esto se podía lograr si la norma se diseñaba sin saber a quién se le aplicaría. El progreso no fue lineal. Hubo retrocesos en los que algunos se adjudicaron, a la fuerza, derechos sobre la vida de los otros, para favorecer a su raza, su nación o su clase. Pero, por suerte, el consenso tiende a ser cada vez más incluyente, a “expandir el círculo”, como lo describe Peter Singer.

Un problema serio de las morales basadas en religión es que se aplican solo a sus propios feligreses (tal vez no en el discurso de algunos teólogos sofisticados, pero sí en las doctrinas oficiales). Se salvará el que crea en la religión verdadera y se condenarán los demás. Pero ¿cómo se puede saber cuál es la verdadera, si todas reclaman serlo? Si fuera el islam, por ejemplo, nos podríamos reunir a discutir eternamente estos temas en el infierno, el ministro Gaviria, el doctor Ordóñez y yo. Porque, aunque tengamos ideas diferentes sobre el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual, seremos los tres igual de herejes.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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