Milagros

Milagros

¿Cuál es el límite para que un suceso pase de ser inusual a ser un milagro?

23 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Hace poco oía un programa de radio de muy alta audiencia. La directora propuso el tema de los milagros y solicitó a los oyentes que llamaran a contar los suyos. Ingenuamente, pensé que el programa terminaba ahí, pero llegó una verdadera avalancha de llamadas. Un oyente tuvo un familiar con cáncer terminal que de un momento a otro se curó. Otro, estando en graves problemas económicos, recibió una fortuna inesperada. Hubo quien perdió un vuelo por un olvido, y el avión que debía abordar se accidentó.

Recordé lo que decía Persi Diaconis, profesor de estadística de Stanford: “El día realmente inusual es aquel en el que no sucede nada inusual”. La pregunta es cuál es el límite para que un suceso pase de ser inusual a ser un milagro. ¿Será que quienes creen en milagros son laxos al trazar ese límite?

El milagro es un evento inexplicable (con lo que se sabe), normalmente de efectos positivos, siempre atribuido a la intervención divina. Santo Tomás de Aquino, en su Summa contra gentiles, puso como ejemplo de milagro, del más alto rango, a Moisés partiendo el mar Rojo. Con el aumento de “lo que se sabe”, algunos milagros han dejado de serlo. Los eclipses que en una época lo eran (Les Luthiers: “Se hizo sombra en pleno día”) hoy no solo se explican, sino que se pueden predecir con exactitud. Para el ejemplo de la partición del mar Rojo hay varias explicaciones naturales posibles (incluida la de que nunca pasó).

No puede uno dejar de sospechar que esos declarados milagros en realidad no lo son, y
apenas están midiendo
una baja probabilidad de ocurrencia

La estadística y “las leyes del azar” nos dicen que podemos esperar lo inesperado, y nos dicen por qué. El argumento común de que como no lo puedo explicar debe ser un milagro resulta insuficiente. Cosas inusuales suceden, y a todos nos han sucedido. Que se aparece de pronto aquel amigo que no veíamos hace años y el día anterior mencionamos, o que buscábamos un libro y preciso lo encontramos en la venta que un señor instaló en la calle de al lado o, como les sucedió a unos vecinos míos, que una humedad en la pared tome forma de imagen sagrada. También hemos oído cosas extremas, como de alguien desahuciado y cuya enfermedad revierte sin tratamiento, y hasta de un dolor de muelas con hinchazón que de pronto desaparece. Pero no nos consta de nadie que haya resucitado, ni de un amputado al que le creció el brazo, ni siquiera de un viejo al que le nacieron los dientes perdidos.

Todos los hechos que no pasan, bien sea que entendamos sus causas o no, podrían suceder con una frecuencia determinada. La diferencia entre aquellos insólitos pero que pueden suceder y los que nunca suceden es la magnitud de esa frecuencia. El matemático francés Émile Borel propuso una ley (la cual lleva su nombre) que dice que imposibles son aquellos eventos que solo podrían suceder con una frecuencia tan extraordinariamente baja que, de hecho, no pasan. Propuso además unas escalas para definir el límite en el cual un evento se vuelve imposible. En esa escala, una cura espontánea de un cáncer es poco frecuente, pero puede suceder, mientras que un miembro amputado jamás vuelve a crecer.

Por Lourdes han pasado 300 millones de personas enfermas; entre estas hay 3.184 expedientes de curación sorprendente, solo cincuenta y cuatro se han declarado milagros. No puede uno dejar de sospechar que esos declarados milagros en realidad no lo son, y apenas están midiendo una baja probabilidad de ocurrencia.

David Hume propuso que para aceptar un hecho como milagroso, el testimonio debe ser de tal fortaleza que para declararlo falso tendríamos que reconocer un milagro aún mayor. Es decir que si nos basamos en observadores y en un médico que dice que algo así no había pasado nunca, sería más lógico descartar los testimonios que suponer una grieta en las leyes de la naturaleza, lo que sí sería un verdadero milagro.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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