La renuncia de Manuel Ancízar

La renuncia de Manuel Ancízar

A su visión liberal le repugnaba la imposición dogmática de un texto de estudio, fuera cual fuera.

20 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

La Universidad Nacional de Colombia fue fundada en 1867 por el presidente radical Santos Acosta. Inicialmente fue nombrado como primer rector el intelectual bogotano Ezequiel Rojas, discípulo y corresponsal del filósofo inglés Jeremy Bentham. Por motivos de salud no pudo posesionarse, y en su lugar fue nombrado Manuel Ancízar, también lector y traductor de Bentham, aunque no cercano seguidor.

Las doctrinas de Bentham eran motivo de discusión entre políticos, periodistas e intelectuales. Fueron impuestas por Bolívar para la educación pública, pero él mismo las retiró en 1828. Santander las impuso dos veces en sus presidencias. Por los años 40 del siglo XIX, durante la presidencia del conservador Alcántara Herrán, Mariano Ospina Rodríguez hizo retirar nuevamente a Bentham de la enseñanza jurídica y lo reemplazó por Jaime Balmes y el derecho romano. Manuel Ancízar combatió con energía esa decisión y en 1859 se opuso a Ospina Rodríguez (ya presidente) defendiendo las ideas radicales.

Paradójicamente, en 1871, Ancízar renunció a la rectoría por la decisión del Congreso, de mayorías radicales, de imponer los textos de Bentham como obligatorios en los estudios de filosofía y derecho. Los mismos textos que él había defendido en el pasado.

Es tan actual el texto que produce escalofríos. “No he cesado de pedir, como un pordiosero, los medios de completar la fundación de la Universidad"

Su carta de renuncia es clara: “(...) la ninguna disposición en que me encuentro para continuar siendo jefe de un Instituto que se ha desvirtuado y deprimido deplorablemente con solo manifestar el propósito de imponerle textos de enseñanza que realicen una intención política...”. Ancízar renunció porque un gobierno (con el cual simpatizaba y del que fue parte) imponía un texto como obligatorio. A su visión liberal le repugnaba la imposición dogmática de un texto de estudio, sin importar cuál fuera.

Otro párrafo complementa su argumentación: “Por espacio de tres años no he cesado de pedir, como un pordiosero, los medios de completar la fundación de la Universidad sacando para ello fuerzas y paciencia de la esperanza de establecer un centro fecundo de instrucción y fraternidad, sustraído a las agitaciones políticas sin otra mira que el cultivo de las ciencias y la formación de espíritus libres, tolerantes, adversarios de todo linaje de despotismo, y de la barbarie de los odios por diferencias de opinión”.

Es tan actual el texto que produce escalofríos. Se lamenta por la lucha constante y a veces infructuosa para conseguir los presupuestos necesarios para el financiamiento de la joven universidad pública, al tiempo que advierte del peligro de que la imposición en ella de una posición política, única y excluyente, lleve al “despotismo y a la barbarie de los odios por diferencias de opinión”.

En un texto anterior Ancízar había solicitado al Congreso “inspeccionar” el buen estado al que llegó la Universidad Nacional en tan poco tiempo y cómo atendía a más de 400 estudiantes que, por sus bajos recursos, no habrían tenido otra oportunidad de estudiar. Confiaba en que una vez que el Congreso hubiera constatado esa realidad, proveería a la universidad de un buen presupuesto. Su reclamo no fue escuchado. Hoy pediría que se inspeccione la forma como las universidades públicas atienden a más de 600.000 estudiantes, y necesitan con urgencia un modelo de financiamiento sustentable.

El segundo reclamo de Ancízar es también muy pertinente hoy. Basta leer un periódico u oír un noticiero para sentir la intolerancia: esa “barbarie de los odios por diferencia de opinión” que él temía se adueñara del espíritu nacional. No era un profeta, fue solo un hombre libre, un espíritu crítico que respetaba la libertad al punto de que renunció cuando se pretendió imponer, desde su propio campamento político, una sola forma de pensar.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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