El sesgo de negatividad

El sesgo de negatividad

Estímulos negativos reciben de nuestras mentes más atención que los positivos.

11 de agosto 2017 , 12:00 a.m.

Cada vez que veo los noticieros me abruma el peso de la cantidad de imágenes terribles. Los periódicos, al menos en algunas de sus secciones, no son más tranquilizadores. Nos quejamos de lo negativos que somos, de nuestra incapacidad para ver el lado bueno de las cosas. Casi todos estamos convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor y de que el césped del vecino es más verde.

Tratando de entender por qué pasa esto, me asomé a la literatura científica (en sicología, neurofisiología y comportamiento económico) y encontré una abrumadora cantidad de trabajos sobre el tema. La respuesta de por qué somos así de negativos es simple: es porque somos humanos perfectamente normales.

Este fenómeno, llamado “sesgo de negatividad”, ha sido descrito desde hace un buen tiempo. Trabajos serios muestran que existe una marcada asimetría en la forma como los humanos adultos usamos la información positiva y la negativa que recibimos. Los sicólogos han demostrado que estímulos negativos reciben de nuestras mentes más atención que los positivos.

Tanto en humanos como en animales de experimentación, un sabor desagradable puede causar una aversión a ciertos alimentos que no es corregida por otras experiencias posteriores más placenteras. El dolor se siente mucho más que el bienestar que produce su ausencia. Kahneman mostró cómo la aversión a la pérdida económica es un sentimiento más fuerte que el placer de una ganancia equivalente. Experimentos de sicólogos demuestran que es más fácil detectar en una foto una cara brava que una feliz.

Casi todos estamos convencidos de que todo tiempo pasado fue mejor y de que el césped del vecino es más verde

Los eventos negativos generan más estudios que los positivos. Si no lo creen, miren cuánto se ha escrito sobre la guerra y cuánto sobre la paz. La empatía se genera más fácil por estímulos negativos: la gente se identifica más con los que sufren que con los que son felices. Un rencor se guarda por años; el agradecimiento, no tanto. Un acto negativo de alguien influye más fácilmente en nuestro concepto sobre esa persona que su largo currículo. En un acto ciudadano, tan importante como el voto, las antipatías y los sentimientos negativos pesan muchas veces más que la simpatía y las propuestas.

El mal contamina al bien más de lo que el bien purifica al mal. Los santos que sufrieron un terrible martirio son más recordados que los que vivieron una vida tranquila y de contemplación. Los malos estereotipos se forman más rápido y son más estables y duraderos que los buenos. En el fenómeno que los sicólogos llaman “contagio emocional”, es decir, la tendencia a imitar automáticamente las expresiones faciales de los otros, los gestos negativos resultan más contagiosos. Estudios de neurofisiología han mostrado que la actividad eléctrica en la corteza cerebral es más intensa frente a los estímulos negativos.

Hay una explicación evolutiva, que parece razonable, para este fenómeno. En el proceso de selección natural, del que surgimos nosotros como somos hoy, hay una asimetría entre los costos por no reaccionar con desconfianza ante una señal negativa y los de no percibir una señal positiva. En el primer caso, el costo es que se lo coma el tigre, en el segundo es que se pierda una oportunidad. Indudablemente, la selección natural obra en contra de los que se dejan comer por el tigre.

¿No hay salida, entonces, para el pesimismo? Sí la hay. La genética usualmente define una disposición, no un destino necesariamente ineludible. No creo demasiado en las doctrinas de autoayuda, pero sí en que el humano, con su razón, ha podido sobreponerse a limitaciones biológicas (como las que le impiden volar). No hay duda de que muchos de los avances de la humanidad los hicieron quienes, a pesar de su natural sesgo negativo, encontraron un camino para apreciar y construir lo bueno.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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