Creer y saber

Creer y saber

Hay afirmaciones políticas que creen mucho más de lo que saben. No hay que aceptarlas sin crítica.

27 de abril 2018 , 12:00 a.m.

Mi abuelita solía decirme que sabía que a mí me iba a ir muy bien en la universidad. En realidad, no podía saberlo: yo apenas empezaba mi carrera en el jardín infantil. Ella creía que me iba a ir bien, estaba pensando con el deseo. Pero estaba íntimamente convencida de que eso era así. Es cierto que uno cree en las cosas que sabe, pero la creencia no es suficiente, debe estar justificada en hechos para que tenga la categoría de conocimiento. En esa justificación está el quid de la cuestión.

Hay columnistas de opinión que sobre los mismos hechos llegan a conclusiones opuestas. Se entiende, porque en esas opiniones hay una mezcla de conocimiento con una gran parte de creencia. Quien los lee sabe que eso es así y que debe tomar esas opiniones con beneficio de inventario. No tendría que suceder lo mismo con los periodistas investigativos, quienes sí deben ceñirse al conocimiento riguroso de los hechos. A algunos se les nota que primero escriben las conclusiones (derivadas de sus creencias y opiniones) y después hacen esfuerzos para organizar y presentar aquellos hechos que las justifiquen.

El debate político no puede ser un acto de imaginación y creación literaria libre. La situación de polarización extrema que vivimos en la política se deriva en parte de que muchos políticos argumentan, como mi abuelita, y como esos periodistas investigativos no tan buenos, confundiendo lo que creen con lo que saben.

Es cierto que uno cree en las cosas que sabe, pero la creencia no es suficiente, debe estar justificada en hechos para que tenga la categoría de conocimiento.

Para entender la realidad (suponiendo, como yo lo hago, que hay una realidad) es vital desarrollar la capacidad para distinguir entre hecho y opinión, entre conocimiento y creencia. Cuando quienes nos interesamos en la educación insistimos en la importancia de fomentar una actitud de análisis crítico, nos referimos precisamente a eso. La formación científica es uno de los mejores instrumentos para lograrlo. No pienso que todo el mundo deba estudiar ciencias profesionalmente, pero sí sería conveniente que todos entendiéramos mejor los mecanismos con los que los humanos construimos el conocimiento.

Un primer buen paso lo proporciona el lema de la Royal Society (la academia de ciencias donde Darwin y Newton presentaron sus resultados): ‘Nulius in verba’, que quiere decir ‘En la palabra de nadie’ o, dicho diferente, que la autoridad no es un buen argumento.

Es cierto que a veces, incluso en conocimientos muy sofisticados, tenemos que confiar en un consenso de expertos. Yo sé que existe el bosón de Higgs aunque no tengo acceso a un ‘gran colisionador de hadrones’ para ratificarlo. Lo sé porque se ha construido en la ciencia una fuerte institucionalidad que revisa críticamente y contradice permanentemente, antes de llegar a un consenso. En ese momento hay conocimientos que se vuelven hechos. Por ejemplo, son hechos que la Tierra es un esferoide y que la diversidad biológica es el resultado de un proceso de evolución.

Hay afirmaciones políticas que creen mucho más de lo que saben. No tenemos por qué aceptarlas sin crítica. A veces basta con hacer las cuentas para saber, por ejemplo, que quien ofrece energía a costo ambiental cero está imaginando una realidad inexistente (e imposible). Poseemos instrumentos de análisis que nos permiten confrontar los hechos en los que se basan las afirmaciones y las ofertas que nos hacen, y podemos predecir y valorar las consecuencias económicas y sociales de que una de esas ‘verdades’ se imponga.

Sería muy importante que la educación, desde sus primeros niveles, infundiera una actitud analítica y crítica. Pero, aunque esto aún no suceda, quienes tienen el privilegio de ser docentes, comunicadores o figuras públicas deben ser muy cautelosos en no promover lo que quieren creer como si lo supieran.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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