Asesores científicos en política

Asesores científicos en política

Los científicos deben entender que hay miradas desde otros ángulos, incluso desde otras ciencias.

30 de junio 2017 , 12:00 a.m.

Una buena asesoría científica puede contribuir a que se tomen mejores decisiones políticas. Hoy, casi todos los temas sociales están afectados por desarrollos científicos; algunos pierden sentido sin ellos. Hay sociedades que han logrado establecer sistemas exitosos de consulta. El presidente de los Estados Unidos tiene un consejo asesor compuesto por científicos de primera línea. Entre sus miembros hay premios nobel como Mario Molina (el químico mexicano que describió el hueco de ozono y propuso una solución). La asesora científica jefe de la Unión Europea es Anne Glover, destacada microbióloga molecular que investigó, entre otras cosas, cómo son dirigidas las proteínas en la célula a su lugar de acción.

Alguna vez, en un foro en el Congreso de la República, nos comentaban que en su reglamento existió un comité científico asesor que nunca funcionó. Nuestro alto Gobierno se beneficiaría con una asesoría de este tipo, ojalá distinta a Colciencias, pues debe ser totalmente independiente y autónoma.

Esto no quiere decir que yo piense que los políticos deban obedecer a los científicos. Me parece que ese sería un error tan grave como el de creer, al otro extremo, que se pueden tomar buenas decisiones sin consultar la realidad objetiva.

Los políticos se beneficiarán del conocimiento para tomar decisiones que, por ser informadas, tendrán mayor probabilidad de éxito

Durante el doctorado tomé un curso de filosofía de la ciencia con el profesor Yeshayahu Leibovitz. Los estudiantes disfrutábamos con la leyenda de que en el camino desde su Riga natal a Viena, paró en cada estación del tren a hacer un doctorado. En verdad era profesor de bioquímica, de filosofía de la ciencia, de teología y de ética. Discutiendo un día el problema de la asesoría científica a los gobiernos, nos salió con la siguiente parábola.

Un primer ministro islandés pensó un día que sería importante, para el honor nacional, producir mejores naranjas que España. Llamó a los científicos y les preguntó cómo se podría hacer en ese clima y con esa geografía. Un químico estudió los suelos y formuló los abonos necesarios. Un físico exploró la luz, su intensidad y duración, y recomendó cómo construir invernaderos y qué tipo de lámparas usar para compensar las horas de oscuridad y de penumbra. Un biólogo revisó las posibles variedades disponibles y propuso unos híbridos óptimos. Un economista definió cuánto le iba a costar la operación al Gobierno.

Pero cuando el premier les preguntó si era moralmente correcto y políticamente conveniente hacerlo, se quedaron mudos. No hay ningún mecanismo lógico que permita decidir, a partir de estudios científicos, si la propuesta del primer ministro constituye una acción virtuosa o si el “honor islandés” es una buena razón para subvencionar naranjas. Finalmente, no les quedó más remedio que decirle que esa era una decisión política y filosófica que debía tomar él.

La parábola de Leibovitz ilumina muy bien el problema. La asesoría científica es muy importante para el gobernante porque le permite entender mejor. Pero la decisión es suya. Los científicos le dicen lo que es, no pueden definirle lo que debe ser. Aunque tienen todo el derecho de ser partisanos de una causa, no deben mezclar su activismo con la recomendación científica. Con eso le harían daño, ante todo, a la misma ciencia.

Así se podrá construir una asociación productiva entre ciencia y política. Los políticos se beneficiarán del conocimiento para tomar decisiones que, por ser informadas, tendrán mayor probabilidad de éxito. Los científicos deben entender que hay miradas desde otros ángulos, incluso desde otras ciencias, y que su fortaleza reside en la solidez de sus argumentos y en su disposición para discutirlos, nunca en su ‘autoridad’. Es que autoridad y ciencia son antónimos.

MOISÉS WASSERMAN

Columnistas

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