¿Por qué a los dictadores les gusta parecer demócratas?

¿Por qué a los dictadores les gusta parecer demócratas?

Evidentemente, la democracia es una marca que se ha puesto de moda. Esto no siempre fue así.

23 de abril 2017 , 04:37 a.m.

Una interesante paradoja de la política mundial en estos tiempos son las extraordinarias contorsiones que hacen algunos autócratas por parecer demócratas. ¿Por qué tantos dictadores montan elaboradas pantomimas democráticas a pesar de que saben que, tarde o temprano, se revelará la naturaleza autoritaria del régimen?

Algunas de las razones para esto son muy obvias y otras no tanto. La más obvia es que, cada vez más, el poder político se obtiene –al menos inicialmente– por los votos y no por las balas. Por ello, los aspirantes deben mostrar gran devoción por la democracia, aunque esa no sea su preferencia. La otra razón detrás de la actual popularidad de las democráticas ficticias es menos evidente: los dictadores de hoy se sienten más vulnerables. Saben que le deben temer a la potente combinación de protestas callejeras y redes sociales. La mezcla de calles calientes y redes sociales encendidas no les sienta bien a las dictaduras. Quizás por eso, guardar las apariencias democráticas tonifica a los dictadores.

La democracia produce el ingrediente más preciado por los dictadores: legitimidad. Un gobierno que se origina en las preferencias del pueblo es un gobierno más legítimo y, por lo tanto, menos vulnerable que un régimen cuyo poder depende de la represión. Así, aun cuando son fraudulentas las democracias, generan algo de legitimidad, aunque sea transitoria.

La Rusia de Vladimir Putin es un buen ejemplo de todo esto. Los trucos a los que este presidente ha recurrido para que su gobierno parezca democrático son insólitos. Rusia hoy cuenta con todas las instituciones y rituales de una democracia. Pero es una dictadura.

Por supuesto que en Rusia periódicamente hay elecciones. Y, como en toda democracia moderna, estas vienen acompañadas de costosas campañas mediáticas, y de marchas, mítines y debates. El día de los comicios, decenas de millones de personas hacen largas colas para votar. El pequeño detalle es que desde el año 2000 siempre gana Putin. O la persona que él designe para guardarle el puesto mientras le vuelve a tocar el turno en la presidencia.

Eso pasó en el 2008, cuando Dmitri Medvedev, el primer ministro del gobierno presidido por Putin, ganó las presidenciales e inmediatamente le dio a su exjefe el cargo de primer ministro. Durante el mandato de Medvedev nunca hubo dudas de quién mandaba realmente: era Putin. Medvedev cumplió su periodo presidencial, hubo elecciones y, por supuesto, el “nuevo” presidente electo fue...Vladimir Putin. Así, el poder de la presidencia y el poder real volvieron a coincidir. Obviamente, mantener las apariencias de que, en el Kremlin, el poder se alterna es muy importante para Putin.

Pero, ¿por qué? ¿Por qué en vez de hacer tantos esfuerzos, Putin no se quita la careta y sincera la situación? Eso le ahorraría el tener que “neutralizar “a los líderes de la oposición, o tener que usar abusivamente los recursos del estado para lograr insuperables ventajas sobre sus rivales en las elecciones, y usar todo tipo de triquiñuelas.

Quitarse la careta y sincerar la situación no le sería difícil. A nadie le sorprendería, por ejemplo, que si el presidente convoca a un referendo nacional pidiendo que su mandato sea alargado indefinidamente, él lo gane (y por abrumadora mayoría, como siempre). Tampoco sorprendería a nadie que el Parlamento y la Corte Suprema aprueben este nuevo arreglo. Después de todo, ambas instituciones son elementos fundamentales de la artificiosa fachada democrática detrás de la que se esconde la autocracia Rusa.

¿Por qué suponer que estas instituciones seguramente votarían a favor de perpetuar e Putin en el poder? Pues porque en 17 años ni una sola vez han impedido que Putin haga lo que quiera.

Rusia no es la única dictadura que quiere parecer democracia. Recientemente las autoridades chinas indicaron su clara preferencia con respecto el destino de Siria: “Creemos que el futuro de Siria debe ser dejado en manos del pueblo sirio. Respetamos que los sirios escojan a sus líderes”.

Es curioso ver a una dictadura aconsejar a otra dictadura que deje que el pueblo decida su destino. De hecho, tal como lo señala Isaac Stone-Fish, un periodista que vivió siete años en China: “Uno de los eslóganes favoritos de Xi Jinping, el presidente de China, se refiere a ‘los 12 valores socialistas” que deben guiar a su país, siendo la democracia el segundo de estos”. Stone-Fish también reporta que en una conferencia a la que asistió, varios líderes del Partido Comunista Chino le insistieron que, al igual que Estados Unidos, el sistema político chino puede creíble y adecuadamente ser calificado como una democracia”.

Lo mismo mantiene el Gobierno sirio mientras que Corea del Norte se autodefine como República Popular Democrática. Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Raúl Castro también sostienen que sus represivos regímenes son democracias.

Evidentemente, la democracia es una marca que se ha puesto de moda. Esto no siempre fue así. En la década de los 70, por ejemplo, los dictadores de Iberoamérica, de Asia y de África no parecían preocuparse mucho por parecer demócratas. Quizás porque se sentían más seguros que los dictadores de ahora.

MOISÉS NAÍM
@moisesnaim

Columnistas

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