Carta blanca al futuro

Carta blanca al futuro

Votaré, en memoria de mi padre, por una Colombia donde quepamos todos, estemos o no de acuerdo.

16 de junio 2018 , 12:00 a.m.

Ayer, una amiga me preguntaba por qué me expongo a peleas; añadió que si era solo por controvertir. Se refería a la declaración en mi muro de Facebook de votar en blanco en las elecciones del domingo. No, mi idea no era controvertir, creía que se podía tener un debate sobre el tema. Estaba equivocada. Después de pensarlo un rato en la cocina de mi casa, después de haber acostado a mis hijos, prendí un cigarrillo y, como he hecho todos estos días, recordé a mi papá.

Mi papá murió hace 16 años mientras esperaba la pensión que nunca recibió. Qué paradoja. Aún hoy, mucha gente lo recuerda como uno de los mejores alcaldes que ha tenido Cali: “El Mockus vallecaucano”, dice uno de sus viejos amigos; “un liberal integral”, dice otro. Mi amiga es caleña. Pregunta el nombre de mi papá. Aunque nos conocemos hace años, ese nunca había sido un tema.

–Rodrigo Escobar Navia, le digo.

–¡Pero claro!, exclama. Lo recuerda. Se me hace un nudo en la garganta.


Como alcalde siempre supo convocar a sindicatos, empresarios, académicos, actores de distintos partidos. Fue así como, uniendo sectores muy diversos, supo hacer de Cali la más educada, cívica y querida de su momento. Él se iba en bicicleta a la alcaldía y a veces me llevaba en el manubrio, sin casco, saludando y sonriendo como una reina, expansivo, seguro de que nadie le haría daño. Yo tenía 5 años, y él me llamaba “mi asesora de cabecera”. En calidad de asesora pude ver cuánto lo quería la gente. Además de liberal, papá se describía como un tipo de “extremo centro”. Sus salidas solían ser ingeniosas. Fue así como puso de moda el eslogan ‘Cali no tiene con qué, pero sí tiene con quién’. Para la campaña de aseo popularizó el ‘No sea mugre con Cali’.

Fue cuando nos vinimos a vivir a Bogotá que descubrí el miedo. Mi papá llegó como ministro de Gobierno de Belisario Betancur en los primeros días de su presidencia. Fue partícipe del fugaz entusiasmo del diálogo con el M-19. No sé por qué duró tan poco en ese cargo. Hay quienes dicen que salió porque estaba más dispuesto a dialogar de lo que lo estaba el Gobierno. Lo cierto es que lo remplazó Jaime Castro, también del Partido Liberal, pero de lo que se conoce ahora como mano dura.

Aunque hoy muchos lo recuerdan como un intelectual liberal que hizo grandes esfuerzos por la descentralización del país, en vida le costó encontrar su tribu. Ahora entiendo su expresión de ser de “extremo centro”. En un país tan polarizado, el centro es una postura audaz, casi diría que subversiva.

Ahora entiendo su expresión de ser de “extremo centro”. En un país tan polarizado, el centro es una postura audaz, casi diría que subversiva.

En los años ochenta dio un discurso ante la OEA, en donde dijo: “Creo que en Colombia hace falta oposición. Pero no esa oposición armada que tenemos, por decirlo de alguna manera, sino una desde la violencia simbólica, desde el seguimiento y la denuncia de hechos irregulares o de la ineficiencia de los gobiernos de turno”. Algo que se dijo hace casi 40 años bien podría haber sido escrito hoy, cuando necesitamos más que nunca de una veeduría ciudadana.

Estamos divididos. Divididos como en la época de los güelfos y los gibelinos, como cuando había que elegir entre Bolívar y Santander, igual o peor, dos modelos de país, dos fundadores de la patria, la lógica de los binarios, la satanización del enemigo como motor de eso que entendemos por democracia. Entiendo, sin embargo, que en una democracia quienes ganan y pierden son los candidatos, no los ciudadanos. Pero ahora tenemos miedo de pensar que quienquiera que gane vendrá a cambiar las reglas del juego, se llevará el balón, destruirá el arco o nos echará de la cancha. Desconfiamos de nuestras instituciones, desconfiamos del otro y criminalizamos el pensamiento contrario. Pero quizá eso también es algo que podemos llegar a racionalizar, entender y controlar sin armas.

El miedo es la concepción política desde el paradigma de la guerra, en el que solo se gana cuando se ha destruido al enemigo. Para ser más claros, sea quien sea el ganador el domingo, la otra mitad lo verá como una incitación a la violencia. Si en algo tiene razón el candidato de la Colombia Humana es en que la paz está en peligro. Y está en peligro porque con los acuerdos de Santos pudimos entender que esta guerra no se resuelve satanizando al enemigo, sino llamándolo al diálogo.

No creo que las cartas estén echadas. El domingo, Petro o Duque pueden ganar. Sea quien sea, ojalá no le haga pagar al país el precio de su demagogia. Sea quien sea, más vale que respete las reglas del juego, y ojalá le dé un apretón de manos a su contrincante antes de salir a lanzar acusaciones de fraude. Sea quien sea, que entienda que la paz está en cuidados intensivos y que cada uno de ellos representa una provocación para un sector armado del país.

El domingo no saldré a votar por el candidato maniatado ni por el que hay que maniatar. Saldré a votar por un futuro compartido, ese que Humberto de la Calle nos hizo imaginar por primera vez y que junto a Fajardo rozamos con las manos.

Voto en blanco porque, como bien dice Giovanni Sartori, fue en el centro donde Europa encontró cómo salir del antagonismo entre fascismo y comunismo, pues es desde el centro desde donde construimos un lugar común. Votaré por una Colombia donde quepamos todos, estemos o no estemos de acuerdo. Votaré también por la memoria de mi padre, quien en vida no acabó de encontrar su tribu, pero a la cual en su nombre seguiré buscando.

Mi voto en blanco no tendrá un resultado pragmático este domingo, pero será una primera piedra para ir construyendo otro camino. Uno del que mi hijo de un año, a quien su abuelo nunca conoció, podrá dar fe. Mi hijo, quien, por cierto, también se llama Rodrigo.

MELBA ESCOBAR

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