Me encuentro con un viejo conocido en un centro comercial un día después de la victoria de Barack Obama en las presidenciales de Estados Unidos y, visiblemente emocionado, me abraza y me dice que está feliz e ilusionado con el triunfo del líder demócrata. Le pregunto la razón y asegura que es un gran hombre, que le va a hacer mucho bien al mundo. "¿Por qué lo dice? ¿Qué ha oído?", indago. "Pues, obvio -me contesta ya un poco molesto-: es que Bush ha sido un desastre". "En eso estoy de acuerdo -le respondo-, pero que Bush y su corte de republicanos chanchulleros e ignorantes hayan sido un desastre no hace bueno a Obama. ¿Qué ha dicho para que usted esté tan ilusionado?", le pregunto. "Usted siempre tan negativo", se despide y sigue con sus compras.
Este amigo y cientos de millones de habitantes del planeta comparten una ilusión que recorrió el mundo -gracias, en buena medida, a la globalización de las comunicaciones- el martes por la noche, cuando Obama se dirigió a miles de manifestantes en Chicago y pronunció un hermoso discurso de victoria. Hablar bonito es, hasta ahora, su mayor virtud. Decir lo que va a hacer, en cambio, no fue la característica de su campaña. Tal vez por eso ganó: al no plantear soluciones concretas, evitó decepcionar. Los votantes estadounidenses sabían por qué elegían a Obama -por dejar atrás la horrible noche de Bush-, pero no para qué, pues lo que el futuro presidente hará, hasta ahora, es un misterio.
La campaña terminó y Obama está obligado a aterrizar sus propuestas. El viernes dio una rueda de prensa, pero se siguió moviendo en la nebulosa vaguedad con frases como "encararé de frente esta crisis económica con todos los pasos necesarios...". Es un propósito bonito, loable, pero dista muchísimo de ser una estrategia. De cómo va a enfrentar la crisis, nada se sabe ni se sabrá hasta que empiece a gobernar y el tiempo de las palabras quede necesariamente atrás.
Para decepcionar a los ingenuos que -como la presidenta argentina, Cristina Kirchner- creen que Obama se va a dedicar a resolver los problemas de la pobreza del mundo, de eso nada dijo. Tiene bastante con el lío económico interno. Casi no habló de política exterior. Se limitó a declarar que no aceptará que Irán se convierta en un país nuclear, que es lo mismo que Bush lleva ocho años diciendo. Y eso que el mandatario iraní, Mahmoud Amhadinejad, le había mandado la primera carta de felicitación de un líder de Irán a un presidente gringo, desde la revolución de los ayatolás. Los amigos de Amhadinejad, como Hugo Chávez, a quien Obama lanzó duras críticas en un discurso en Miami en tiempos de campaña, deben haber leído el mensaje.
Pero si las palabras de Obama no aclararon mayor cosa, hay indicios interesantes en sus primeros nombramientos y en los asesores económicos que lo rodearon durante su rueda de prensa. El denominador común es que son viejos colaboradores de Bill Clinton, quien se caracterizó por ser un centrista, un poco inclinado a la derecha. No hay que olvidar que Clinton apoyó el TLC con México y Canadá -después de haberlo criticado en campaña- y negoció tratados similares con otros países del Tercer Mundo.
Para Colombia, este puede ser un buen síntoma. Álvaro Uribe así lo entendió y el mismo viernes habló con Clinton. No hay duda de que el tema de derechos humanos cobrará más fuerza, y está bien que sea así, pues, tras el escándalo de los cientos de jóvenes desaparecidos y convertidos en falsos positivos, hay mucho por hacer en este frente. Pero que Piedad Córdoba no se haga ilusiones: ese énfasis en derechos humanos no va a hacer que Washington cambie de aliado, abandone a Uribe y se alíe con Chávez, Daniel Ortega y Cristina Kirchner. No se sabe qué va a hacer Obama, pero hay cosas que desde ya uno sabe que no hará.
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