Su permanente preocupación por los géneros se manifiesta en la recreación perversa o imitación burlesca de un ficticio comando judío-americano, que se ensaña contra oficiales nazis durante la ocupación francesa. Porque Quentin Tarantino fusiona con genialidad las modalidades de los vaqueros a la italiana con soldados apaches y espías que se comportan como pandilleros. Si la guerra propiamente dicha alterna con el melodrama francés, la comedia de un atroz espectáculo histórico y los códigos alucinantes del western conviven con los ajustes de cuentas atribuidos a organizaciones mafiosas.
Además de una mesurada dirección de actores de varias nacionalidades, que destaca la villanía del políglota vienés Christoph Waltz, cinco capítulos funcionan como bloques interconectados e independientes, que destacan la contundencia de sus diálogos, el galopante ritmo de sus acciones, la rica selección de las composiciones melódicas (Ennio Morricone) y el sentido mismo de una farsa que enaltece la ficción al servicio de varios disparates escénicos. Al mezclar escenas delirantemente violentas con un sentido del humor bastante cruel, el renombrado autor hace uso de su desenfadado estilo.
Tarantino transfiere la innata vocación por explorar los ámbitos del crimen organizado hacia escenarios europeos teñidos de maldad, zozobra y... venganza pirómana. Una historia totalmente inventada, que anticipa un año el final del holocausto, puesto que todos sabemos cómo murieron Hitler y Goebbels. Sin importarle la rectitud de los procedimientos heroicos, se aparta del hecho histórico para montar otra delirante ficción, que transpira creatividad, ingenio y múltiples referencias a la cinefilia clásica, con guiños u homenajes derivados de su talante ("no hay necesidad de dinamita si tenemos película").
La estructura novelesca por capítulos contiene saltos inmediatos en el tiempo que evocan cintas de Jean Renoir, G. W. Pabst y Sergio Leone -entre otros maestros de la puesta en escena-. Al final, se plasma en pantalla plateada aquella venganza tan anunciada y la hecatombe producida por una colección de películas inflamables en nitrato -con una combustión tres veces mayor que la del papel-.
Se habla de arte posmoderno, o de pura fusión. Porque sus historietas gráficas, traducidas en imágenes audiovisuales, se llenan de movimientos capaces de provocar sensaciones indescriptibles en el espectador -que van del mutismo y la risa, al asco y el estupor-. Dos ejemplos: los cueros cabelludos que son arrancados de tajo, y las esvásticas grabadas con un cuchillo en la frente de los villanos.
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