Maduro y los avestruces

Maduro y los avestruces

Un Nobel de Paz no puede enterrar la cabeza en la arena ante la represión y la ruptura democrática.

02 de abril 2017 , 02:47 a.m.

Hay algo positivo en el despótico zarpazo que dio el Tribunal Supremo de Venezuela al quitarle los poderes legislativos y de control político al parlamento, de mayoría opositora: es el final de la mascarada democrática con la que pretendía engañar al mundo el régimen de Nicolás Maduro, al que desde ahora y sin remilgos podemos llamar dictadura. Al castrar al Congreso, el Supremo –controlado por los chavistas– acabó de un tajo con las escasas garantías democráticas del país y barrió con la separación de poderes, atributo por excelencia del Estado de derecho.

De aquí en adelante, lo que viene es el lento, excesivamente lento, pero inexorable derrumbe de una tiranía que ya era tragedia de miseria, corrupción y violencia bajo Hugo Chávez, pero que con la muerte de este y su reemplazo por el ignorante e incompetente Maduro se convirtió en tragicomedia, con mucha más miseria, mucha más corrupción y mucha más violencia.

La pobreza, que alcanzó a descender en los primeros años de Chávez, gracias a que algo les llegó a las clases populares de la bonanza petrolera, volvió luego a crecer y ahora se disparó. Los boliburgueses, funcionarios y empresarios chavistas que se llenaron los bolsillos con el saqueo de las finanzas públicas y los negocios de PDVSA le robaron al pueblo venezolano cientos de miles de millones de dólares del ‘boom’ de los precios del crudo. Y en cuanto a la violencia, Venezuela registró el año pasado una de las tasas de homicidios más altas del planeta, equivalente a casi cuatro veces la de Colombia.

Para que todo esto ocurriera, convergieron varias causas. Primero, que, en los años ochenta y noventa, los partidos tradicionales de Venezuela se entregaron a la más voraz corrupción, y eso abrió las puertas a la llegada, a fines del 98, de un populista mesiánico como Chávez. Y segundo, que, una vez instalado en el poder, el régimen corrompió a los militares aún más de lo que estaban, para asegurarse su lealtad. Pero nadie debe olvidar que semejante tragedia fue permitida, en buena medida, por el silencio cobarde de los gobiernos vecinos, que apenas ahora, y de manera tímida, se preocupan por la catástrofe de hambre, robo y muerte en que está sumido el pueblo venezolano.

Aunque el Gobierno colombiano comienza por fin a mojarse con tan grave asunto, impresiona que el cataclismo del vecino país no haya merecido siquiera una leve mención en la publicitada alocución del presidente Juan Manuel Santos, el jueves en la noche. Un nobel de paz no puede enterrar la cabeza en la arena como avestruz ante la represión desbordada y la ruptura democrática. El presidente peruano, Pedro Pablo Kuczynski, casi el único digno de la región frente al asunto, debería servirle de ejemplo.

Como lo dije en septiembre en estas páginas, en América Latina ha habido más avestruces. No me sorprenden el ecuatoriano Rafael Correa ni el boliviano Evo Morales, pues al fin y al cabo comparten cama con el chavismo. Pero, aparte de Colombia, los gobiernos de Chile, Uruguay, México, Argentina y Brasil, entre otros referentes de la región, han sido cómplices silenciosos, intimidados por las bravuconadas de Maduro y de los chafarotes que lo secundan, el vicepresidente Tareck El Aissami y el capo de capos Diosdado Cabello.

Esos países, al lado de Perú, Panamá, Guatemala y Estados Unidos, y bajo el liderazgo de otro digno, el secretario de la OEA, Luis Almagro, por fin despertaron y esta semana trataron de impulsar la aplicación de la Carta Democrática, un mecanismo más bien simbólico, pero que golpea la legitimidad del régimen y reduce su margen de acción internacional. Es un paso apenas lógico. Por eso sorprende tanto que, tal y como lo explicó la canciller María Ángela Holguín, Colombia no se haya decidido a apoyarlo todavía. Ojalá lo haga.

MAURICIO VARGASmvargaslina@hotmail.com

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