¿Y ahora, qué sigue?

¿Y ahora, qué sigue?

Que Trump hubiera ganado sin la complacencia de las grandes élites de su partido da, por lo menos, la garantía de que el republicanismo no le ayudará a despelotarse, sino a serenarse.

13 de noviembre 2016 , 12:50 a.m.

Si Nostradamus hubiera previsto el ascenso de Donald Trump a la presidencia de los EE. UU., habría dicho algo así: “El penúltimo mes del año décimo sexto el bufón que no era tomado en serio se impone a la dama con sueños de sentarse a la silla y gobierna a la tierra del águila y las estrellas para oprimir a los mestizos con poderosa mano castigadora...”. ‘Los Simpson’ lo predijeron. Lo mismo pasó en la saga cinematográfica ‘Volver al futuro 2’, en la que Trump es elegido Presidente.

El común denominador de tanta broma es que ganó el rey de burlas. El nuevo presidente de EE. UU. es realmente Donald Trump y, según ‘The Economist’, su triunfo se resume en esto: mientras sus votantes lo tomaron en serio, pero no literalmente, sus críticos lo tomaron literalmente, pero no en serio.

Eso explica la falta de acierto de la gran prensa, que, deleitada en su abierta parcialidad por Clinton, fue tremendamente sectaria y elitista, liviana e incapaz de leer lo que estaba pasando por dentro. Se trataba de que millones de americanos ordinarios se sentían excluidos de la prosperidad del país, de su movilidad social y de su autoestima. Y querían que alguien los protegiera.

Trump recogió ese sentimiento con una estrategia de campaña, espantosa si se quiere por los niveles a los que bajó, pero con la cual logró convencer a esos votantes de que él era el llamado a protegerlos; no solo de las dinastías elitistas políticas de los EE. UU., sino de más latinos disputándoles sus puestos de trabajo y de más musulmanes ingresando a los EE. UU. para amenazar su seguridad nacional.

Los republicanos arrasaron con las mayorías del Congreso y las gobernaciones. A pesar de que Trump ganó sin el total respaldo de las grandes élites de su partido, las necesita para gobernar, y eso da por lo menos la garantía de que el republicanismo no le ayudará a despelotarse, sino a serenarse. En Estados Unidos opera a la perfección el sistema de ‘check and balances’. El triunfo de Trump no es el final de los EE. UU. Ni es tan probable que vaya a llegar a cumplir todas sus promesas de campaña de construir el estúpido muro con México, debilitar a la Otán, empujar la expansión china sobre el mar del Sur, descongelar los acuerdos nucleares con Irán, impulsar a Japón y a Corea a volverse potencias nucleares, reversar el Acuerdo de París sobre cambio climático, dejar a millones de norteamericanos sin Obamacare, demandar de un día para otro los tratados de libre comercio con China, México y Canadá y sumir a EE. UU. en la recesión. Tampoco es muy probable que se acuerde de su promesa de meter presa a Hillary Clinton.

Pero suponer que Trump no cambiará nada de la política de los EE. UU. y que preferirá respetar el ‘statu quo’ que deja Obama es una absoluta ingenuidad.

Hablemos solo de Colombia, que no figura entre de sus prioridades inmediatas. Pero algo sí entrará muy rápidamente a su radar: podríamos cerrar este año con la monstruosa cifra de 200.000 hectáreas cultivadas de coca. Y los cambios que se han dado en las características del negocio crean unos efectos geopolíticos trascendentales en el hemisferio. La actividad de la cristalización se ha movido a Centroamérica –Honduras y Guatemala–, y los mexicanos coronaron como reyes en su comercialización. A nosotros nos quedaron la fabricación de la base de coca y un residual de microtráfico, que disparó de uno a un millón y medio a los jóvenes consumidores. Una tragedia, porque hablamos de una generación.

Nunca entendí el cariño con el cual el gobierno Obama y su chisponsín enviado especial Bernie Aronson aceptaron en el acuerdo con las Farc que toda actividad narcotraficante sería amnistiada si estaba dirigida a tumbar al Gobierno de Colombia, y no a un acto de enriquecimiento personal. Bajo el nuevo Gobierno de EE. UU., supongo que alguien de aquí tendrá que ir a explicar allá el porqué de la decisión –muy ligada al acuerdo con las Farc– de que Colombia dejara de fumigar los cultivos de coca, que hoy nos tienen disparados en la siembra.

Las vueltas que da la vida. Hoy, las relaciones de EE. UU. con Colombia han vuelto a depender de los archienemigos del régimen, Pastrana y Uribe. Pero, como es usual en este Gobierno, esta Cancillería sigue siendo básicamente una cortesana sin plan B.

Entre tanto... Mi luto por la muerte de Leonard Cohen. Desde luego, él sí era candidato al Nobel de literatura.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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