Papa político, pero prevenido

Papa político, pero prevenido

Este Papa, tremendamente político, viajó a Colombia preparado para no dejarse acercar mucho.

10 de septiembre 2017 , 01:53 a.m.

Desde el momento en que se bajó de las escalerillas del avión de Alitalia en Catam, donde lo esperaban más de mil invitados cuidadosamente escogidos, y por el saludo afectuoso pero distante que les dio al Presidente y a su gabinete ministerial, fue evidente que el Papa no venía a Colombia a ninguna de las siguientes cosas:

1) Ni a apoyar a la JEP. 2) Ni a dejar cuadrado un aprovechamiento electoral de la paz. 3) Ni a alentar la candidatura de Humberto de la Calle como gestor del proceso de paz con las Farc. 4) Ni a darle tratamiento preferencial a Álvaro Uribe. 5) Ni a ir a cocteles o cenas privadas. 6) Ni a ver en primera fila de sus encuentros a “invitados especiales”. 7) Ni a cambiar los símbolos de la Iglesia por la paloma de la paz de la solapa de este gobierno. Ni siquiera por la horrorosa paloma gorda que regaló el maestro Botero al Presidente.

El Papa vino a Colombia a pregonar lo que hace el catolicismo desde aproximadamente el año 33 d. de C., cuando Cristo dijo en la cruz: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.

Vino a decir: “Amaos los unos a los otros”, no como una consigna inventada por el proceso de paz del presidente Santos con las Farc en Colombia, sino con el mismo sentido como Jesucristo se lo dijo a sus apóstoles durante la última cena.

De manera que este Papa, tremendamente político como han sido todos los papas de la historia, viajó a Colombia preparado y precavido para no dejarse acercar mucho, si acaso solo por los niños y por los enfermos. Tampoco por las Farc, el Eln o alias Otoniel, que por todos lados buscaron la manera de que el Papa avalara sus procesos: el electoral de los ‘farianos’, el escurridizo de los ‘elenos’ o el oportunista del ‘clan del Golfo’.

Inteligente este Francisco. Dejó en claro que una cosa es la paz del Papa y otra, la paz de los políticos. La una como la paz ecuménica, evangélica; la otra, como aquella paz de la cual políticamente se aprovechan unos para impulsarla, otros para frenarla, siempre en busca de atesorar el poder y ganar las elecciones.

No hubo en sus palabras lugar para ultimar los detalles de la jurisdicción especial “para la paz”. No comentó la reforma política que, en aras “de la paz”, quiere bajarles los requisitos a quienes planean ser senadores y representantes. Ni a la creación de las 16 circunscripciones “de paz” disfrazadas de oportunidad para las comunidades a las que históricamente las Farc han sometido. Tampoco aludió a las listas cerradas, ni a la financiación de las campañas ni a ninguna de esas otras cosas que, en aras “de la paz”, se discuten en la reforma política, que nada tienen que ver con la paz del Papa.

Claro. No sobran quienes acomodan sus mensajes a ciertas necesidades individuales. Que si el Papa dijo que “hay que huir de la tentación de la venganza”, es para justificar que las Farc no paguen sus delitos con cárcel. Que si dijo que “las leyes no nacen de la exigencia de ordenar la sociedad, sino de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia”, justifica que existan quienes se han levantado en armas. Que si dijo que “la inequidad es la madre de los males sociales”, está confirmando que la pobreza siempre es violenta.

Y aunque no se refirió a nadie con nombre propio, sí hizo una alusión a la Patria Boba, ese período de la historia de Colombia cuando peleábamos centralistas contra federalistas, Cundinamarca contra Tunja, Antonio Nariño contra Camilo Torres. Sin caer en las interpretaciones acomodaticias que estoy criticando, la mención del Papa a la Patria Boba sí merece un aterrizaje en la realidad.

Parece evidente a quiénes estaba dirigida la alusión. Lo que permite preguntas es el sentido de ella. A qué se refería Francisco: ¿a que tenemos a dos presidentes simultáneos que dividen al país hacia un camino que no conduce a nada? ¿A que los federalistas y centralistas de hoy se pueden poner de acuerdo en una causa común? O quizás… ¿a que Nariño y Torres pudieron haberse entendido a tiempo, y que si lo hubieran hecho no habría desembocado todo en la masacre de Morillo de ayer, o en las amenazas populistas de mañana?

Al que le caiga el guante que se lo chante. Y amén.

Entre tanto... Próximo estreno en teatros colombianos: ‘El Ñoño y el Papa’.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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