La mató la Canciller

La mató la Canciller

Ante las amenazas cifradas del régimen venezolano, la canciller Holguín ha actuado a brinquitos.

02 de abril 2017 , 02:31 a.m.

Es un problema tener que entregar la columna del domingo el viernes. Porque al ritmo de los actuales acontecimientos, en dos días en Venezuela puede pasar cualquier cosa por efecto de la más contundente presión internacional que se haya visto hasta el momento: ¡cómo será que está Colombia! Desde que se desmorone el régimen de Maduro hasta que el país desemboque en una salida militar, pasando, ojalá que no, por una revuelta popular. O que suceda absolutamente nada. Suficientemente grave todo para Colombia, que, no hay duda, es el país que más tiene que perder con el incierto futuro venezolano.

Pero sincerémonos: Colombia tuvo una alta cuota de responsabilidad en la consolidación y el aval internacional de pureza al régimen de Maduro.

Mientras esa fiera sarda que es la canciller Delcy Rodríguez copa todos los espacios, es categórica, le da entidad a la posición de Maduro en el plano internacional, el estilo de nuestra Cancillería es actuar siempre a la defensiva, a la retirada, metiendo la cabeza como el avestruz, haciendo diplomacia casi clandestina, Colombia de rehén de Venezuela para no alterar el curso del proceso de paz.

Nunca había sido más clara la diferencia entre tener una Cancillería con política exterior y una oficina de relaciones públicas. El resultado es que la frontera con Colombia está cerrada hace meses para los civiles desarmados, pero abierta para los militares armados. Cerrada para todo intercambio legal y abierta para el ilegal.

En los últimos días vienen pasando cosas muy graves, desde que Colombia firmó con otros países una petición al secretario Almagro, de la OEA, para iniciar el debate sobre el caos venezolano. Por ejemplo, instalando ese inaudito campamento militar en Arauquita, Maduro le estaba enviando a Colombia un mensaje. Nos quedamos sin saber cuál. Tampoco sabemos qué quiso decir la canciller Rodríguez esta semana en la OEA cuando le advirtió a Colombia, en tono amenazante, que Venezuela “evaluaría el proceso de paz colombiano”. Recordemos que el Eln campea en su territorio. ¿Qué tal una toma conjunta de territorio? Pero ante tal avalancha de amenazas cifradas, la canciller Holguín ha actuado a brinquitos.

Primero aceptó firmar con otros países la petición a Almagro para estudiar en sesión extraordinaria la aplicación de la Carta Democrática al Gobierno venezolano. Después dijo que no había que llegar hasta ese extremo, sino seguir promoviendo el diálogo. Lo último que hizo la Canciller fue matar la Carta Democrática cuando el viernes, ante el golpe de Estado de Maduro contra la Asamblea Legislativa, dijo por radio que la Carta “no servía para nada porque no tenía dientes: Venezuela ni tiene préstamos del Banco Mundial”. Que se hable con su Presidente. Porque Santos, según dijo el mismo viernes, no descarta que se aplique la Carta.

Lo cual, en la práctica, significa separar a Venezuela de la OEA, bajo una gradualidad de advertencias. Es una forma de presión internacional contra los países que adquieren ínfulas dictatoriales. Tan sí sirve que, después de muchos años de aislamiento, hoy a Cuba la expulsión de la OEA y su posterior reintegración la tienen defendiendo las democracias en América Latina, soltando presos políticos, deshaciendo su maldita injerencia sobre la lucha política armada y haciendo sociedad comercial con los EE. UU.

Lo único que la comunidad internacional no puede permitir es que continúe la evaluación indefinida de la situación venezolana, que, como diría el embajador canadiense, “lleva tres años haciendo la OEA y, en lugar de mejorar, empeora cada vez más”.

Pero ojalá esto no sea una jugada, un truco del Gobierno venezolano para que el debate se retrotraiga simplemente a levantar este golpe de Estado como gran gesto democrático para que, de resto, todo siga igual. Sin elecciones, con presos políticos, sin libertad de expresión, cerrando fronteras e invadiendo militarmente a los vecinos. Ah. Y amenazándolos con señales.

Entre tanto... Y ni hablar de la autonomía de prensa, encarnada en la corresponsal de Caracol Elyangélica González. Ojalá Colombia alcance a reflexionar qué significa que no haya libertad para ser informada.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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