La ‘gente’ y los ‘recalcitrantes’

La ‘gente’ y los ‘recalcitrantes’

Qué bien le habría hecho al país si De la Calle hubiera terminado el período de Samper.

25 de junio 2017 , 01:55 a.m.

Mucha polémica causó mi frase de la semana pasada de que a Humberto de la Calle se le pueden perdonar, como ciudadano, todas las equivocaciones cometidas en el pacto de paz con las Farc, pero como candidato, no.

Entre otras razones, porque como negociador, en entrevista con ‘El Espectador’, afirma que “uno no puede hacer un pacto para revisarlo después, ese es un acto de perfidia”. Pero otros precandidatos comienzan a sugerir desde ya que el acuerdo con las Farc primero les tiene que convenir a 50 millones de colombianos y no solo a 7.000 guerrilleros. Y por eso no descartan la posibilidad de hacer ajustes.

Pero ¿cómo pudo De la Calle, negociador del Gobierno, comprometer a los otros poderes públicos del país? ¿Cómo podía jurarles a las Farc que los congresistas no cambiarían ni una coma de las futuras leyes? ¿O que la Corte Constitucional no tumbará ninguna de estas leyes del Congreso o decretos ley expedidos por el Presidente?

Es cierto que con el ‘fast track’ casi quedaba el Congreso sometido a firmar las leyes que le redactara el Gobierno sin cambiarles una coma. Pero la sentencia de la Corte Constitucional le devolvió al Congreso su capacidad deliberativa, por considerar que quitándosela se sustituía la Constitución; ahora será más difícil que los parlamentarios dejen todas las comas donde las pusieron Álvaro Leyva y Enrique Santiago.

“Perfidia” es más bien comprometerse a hacer algo que no pertenece al fuero de quien lo promete. De la Calle no es legislador, luego no podía ofrecerles a las Farc hacer leyes, que son del resorte parlamentario. Las únicas leyes con las que pudo comprometerse el negociador fueron los decretos leyes que expidió el Presidente en virtud de sus funciones extraordinarias temporales.

Luego le pregunta el diario a De la Calle si el Estado tiene la capacidad de cumplir lo que se acordó en La Habana. Y su respuesta vuelve a ser desconcertante: “No tengo duda de eso. Me preocupa más la voluntad de sectores del Estado, no del Gobierno; posibles discusiones en el Congreso o decisiones de carácter judicial”. Conclusión: a De la Calle le preocupa que el resto del Estado que no es el Ejecutivo funcione y se exprese libremente. Que pueda tener ‘peros’ sobre el acuerdo de La Habana. Que el resto del Estado, o sea, el Legislativo y el Judicial, no dejen todos los textos tal cual y como los recibieron. Que al Congreso le dé la gana de legislar de otra manera porque le parezca mejor, o que a la Corte Constitucional le aparezcan unos ‘Bernales’ con tal independencia que consideren que sus deberes constitucionales van por un camino y los deseos del Gobierno, por otro. ¿Cómo es que De la Calle, constitucionalista hasta los tuétanos, no previó que precisamente el Estado lo componen tres ramas del poder público para mantener pesos y contrapesos? ¿Que el Presidente no puede andar dándoles órdenes a los magistrados o a los congresistas? ¿Que no se podía comprometer a nombre de ninguno de ellos a obligarlos a hacer algo diferente a lo que estos, por mandato constitucional, hacen?

Y finalmente, la tapa de la entrevista viene en esta tercera respuesta: “... la proximidad del proceso electoral hace que la paz deje de estar en la mayor altura de los valores de los colombianos y se utilice como comodín en la disputa política. Eso me parece muy riesgoso”.

Háganme ustedes el favor. De la Calle escandalizado con los usos políticos que se hacen del acuerdo de paz. ¿Quién fue el primero que se lanzó de candidato con el argumento de que hay que proteger el acuerdo con las Farc? ¿Quién está llamando a una gran coalición política radicalmente excluyente de los ciudadanos que no comparten todo lo negociado en La Habana? ¿Quién está dividiendo a los colombianos entre “gente de buena fe” y “recalcitrantes” según quienes comulguen o no con sus convicciones? ¿Quién es el que considera sus aportes al acuerdo del Colón lo suficientemente meritorios como para proponernos a los colombianos que le paguemos nuestra gratitud con votos?

En otras épocas yo, esta recalcitrante, habría aplaudido ver a De la Calle como presidente. Por ejemplo, ¡qué bien le habría hecho al país si él hubiera terminado el período de Samper como su vicepresidente, a quien el 8.000 no dejó gobernar! Pero prefiero que el próximo presidente no llegue maniatado por perfidia para mejorar lo que va saliendo mal y lo que va a salir peor.

Entre tanto...
Qué envidia con las Farc. Son los únicos colombianos que todavía viatican en dólares.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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