El nuevo tablero

El nuevo tablero

El palo fue que al Presidente no lo pusieran a recibir el Nobel al tiempo con 'Timochenko'.

09 de octubre 2016 , 01:15 a.m.

La semana comenzó con un Presidente tendido en la lona y termina con uno tremendamente afianzado con el espaldarazo del Nobel. Y al otro lado del ‘ring’, el expresidente Uribe, quien apenas el lunes pasado había amanecido con el prestigio de campeón de elecciones, cerraba opacado por el escándalo del gerente de su campaña, que tiñó de mezquindad las razones del No y, de paso, ‘boleteó’ a unos ricos que no se la van a perdonar.

Aunque todo parecía menos probable después de la derrota del Sí, era bastante lógico que el Nobel terminara en manos del Presidente colombiano. Reúne, como mandatario, una trayectoria tan contradictoria como la del propio Alfred Nobel, quien, después de inventarse un arma mortífera creada contra la humanidad, la dinamita, dejó para la posteridad el galardón mundial con su nombre para enaltecer logros humanos exquisitos.

Santos, entre su paso por el Ministerio de Defensa y sus seis años como Presidente, puede exhibir méritos tan contradictorios como haber dado de baja para la guerra a ‘Raúl Reyes’, al ‘Mono Jojoy’ y a ‘Alfonso Cano’, pero a la vez haber sentado a la mesa de negociación para la paz a una de las más reacias castas insurgentes del mundo.

El palo no fue, pues, el Nobel para Santos, sino que no lo pusieran a compartir el premio con ‘Timochenko’. En eso hay que aceptar que el Comité Noruego del Nobel leyó muy bien la situación del país.

Y tuvo que haber influido de manera definitiva el resultado del plebiscito. Derrotado el Sí, los del jurado se encontraron en la disyuntiva de si le cancelaban el premio a Santos porque esto se había dañado, o si se lo entregaban precisamente para arreglarlo. Claramente, optaron por impulsar la salida institucional.

¿Y eso cómo deja el nuevo tablero?

El Nobel le amplía al Presidente su margen de negociación, que se le había vuelto muy estrecho y empeoraba con las horas, a medida que el propio Gobierno pasaba de agache ante el desconcierto del resultado del domingo pasado, y los del No producían comités y comités. El Gobierno se la jugó por ganar tiempo tratando de forzar a Uribe a un ‘by-pass’ con La Habana, para que “los del No digan qué es lo que quieren a ver si las Farc lo aceptan o no”. La jugada no estaba resultando. Hábilmente, el expresidente Uribe esquivó la absurda posibilidad de irse a negociar a La Habana, lo que el propio Gobierno tiene que rematar.

Pero después del honor, el Nobel también es un compromiso para el Presidente. Lo obliga a reapersonarse de esta crisis y a asumir lo que es: el Presidente de todos los colombianos, incluyendo a los del Sí y a los del No, en lugar de jugar a ser la parte neutral en un país que se volvió tripartito.

Juan Manuel Santos se lleva un justo reconocimiento a su testarudez, tesón y determinación de sacar adelante y a su manera un acuerdo con las Farc. Pero, además, que le hayan dado el Nobel tiene la ventaja de que ya salimos de eso. Ya no tendrá que esforzarse para que el rumbo de los acontecimientos cuadre con los tiempos del galardón. ¿Se nos echará el presidente Santos a beber de las mieles del ‘jet-set’ internacional, minimizando las necesidades de atender el confuso frente político interno?

¿Será que ‘Timochenko’, despojado del premio, porque indudablemente tuvo que haber soñado con ganárselo, se nos desmotiva, ahora que necesita atender con más tolerancia, generosidad e inteligencia que nunca los reclamos del No? Al fin y al cabo, Santos ya no será expresidente, sino Nobel. Mientras que ‘Timochenko’ lo máximo a lo que puede aspirar ahora es a pasar de guerrillero a exguerrillero, lo cual a muchos nos parecerá más que suficiente, pero puede que a él no.

El Nobel viene con ñapa. Los del No corren el riesgo de desgastarse si no se apuran y se concretan o piden imposibles. Es decir, pone a Uribe contra las cuerdas, como la cabeza más visible del No, y lo obliga a puntualizar sugerencias posibles de ajuste al acuerdo, en lugar de diluirlas en la comisionitis.

Qué semana tan paradójica. El lunes, Santos tenía extraviado su lugar en la historia, y el viernes amaneció con él tallado en la frente.

Entre tanto... “Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda la capacidad de asombro y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación”: ‘Cien años de soledad’.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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