El baile

El baile

No es la primera vez que resulta cuestionado el papel de la ONU en nuestro país.

07 de enero 2017 , 11:43 p.m.

“Si quiera estábamos bailando y no echando bala”, le dijo un comandante de frente de las Farc a la W sobre la alegre celebración que hubo en el municipio de Conejo, entre la guerrilla y los delegados de las Naciones Unidas. Pero es una falsa disyuntiva esa de que o se baila o se echa bala.

Afortunadamente, la ONU reaccionó con celeridad retirando a sus delegados. El asunto no era tan sencillo. El baile, al ritmo de Diomedes Díaz, afectó gravemente la neutralidad de sus verificadores en el proceso de desmovilización y desarme, en un conflicto en el que la ONU tiene puestas todas sus esperanzas de que sea algo de mostrar, después de sus fracasos humanitarios y políticos en el mundo entero.

Y no es la primera vez que resulta cuestionado el papel de Naciones Unidas en nuestro país por declaraciones imprudentes de sus delegados o porque, evidentemente, ha existido una simpatía hacia la guerrilla, que la ONU ha tendido a mirar con simpatía, como si se tratara de una minoría oprimida.

Recuerdo uno de los casos más graves: cuando el señor Anders Kompass, delegado en Colombia de la ONU para los Derechos Humanos, se precipitó a declarar pocas horas después de la tragedia de Bojayá, donde las Farc acorralaron a sus habitantes en una iglesia y luego los masacraron, que habían sido los paramilitares. Apenas las Farc han comenzado a pedir perdón por su barbarie, a escondidas de los medios de comunicación.

El baile de Conejo fue otra clara muestra de simpatía y complicidad de esos observadores internacionales que no están aquí a título personal, sino representando a las Naciones Unidas, opacada por un mal comportamiento de quienes ha escogido para enviar a nuestro país.

Lo cierto es que esa población flotante de la burocracia internacional que sucesivamente nuestros gobiernos han aceptado gustosamente tener instalada en Colombia, para que vele por los derechos humanos, ha sido incapaz de mirar el conflicto colombiano con la objetividad que merecen las dos partes, sino que ve a la guerrilla como una legítima representante de las clases populares obligadas a reivindicarse a través de un grupo armado, como si se tratara de un movimiento de liberación que merece todos los apoyos y aplausos.

Es increíble cómo unos pasitos “paquí y pa’llá” dicen tantas cosas. Nos confirman la actitud generalmente observable en esos funcionarios internacionales. Fue esa burocracia de la ONU la que vino a vendernos la idea de que aquí no hay víctimas del conflicto sino del Estado colombiano. Porque, eso sí, son maestros en la falta de información y de contexto histórico. La ONU echa a Colombia en el mismo canasto con países en los que no existe un Estado de derecho, como si fuéramos una nación opresora de su comunidad. Y a quienes se atrevieron a criticar la pachanga los llamaron exagerados y enemigos del proceso. Y el cuentico del baile o la bala. Pero la crítica no provino solo de ahí. También los amigos del proceso se preocuparon. Precisamente el papel de los delegados de las Naciones Unidas es ser vigilantes, garantes de la protección de la integridad del acuerdo. No se nos olvide que los anfitriones de la fiesta era un grupo que permanece ilegalmente armado. La neutralidad no es un papel compatible con esa condescendencia con las armas. Criticar que eso ocurra no es solo equivalente a querer sabotear el proceso, sino también de protegerlo.

Señores de la ONU, no solamente deben ser imparciales, sino parecerlo. La opinión pública quedó muy impactada con esa escena que protagonizaron con personas que están bajo su monitoreo. No se puede llamar la atención al día siguiente a alguien con quien se azotó baldosa rico, sabrosito, la noche anterior.

Solo me resta poner un ejemplo. ¿Qué habría pasado si los de chaleco de las Naciones Unidas no se hubieran ido a celebrar el 31 en el baile del Conejo, sino en algún conocido club social de Bogotá? Pues lo mismo. Habría razones de sobra para alegar que no son imparciales.

Habla sola la exigencia de las Farc de que retornen los mismos observadores de la ONU, porque con ellos “ya habían construido una relación de confianza”. Huepajé.

Entre tanto… ¿Será solo casualidad que el baile haya tenido lugar en un campamento de las Farc en un sitio llamado la Ye de las Marimondas?

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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