De la Calle al Palacio

De la Calle al Palacio

Si los niños en la guerra de las Farc no sabían disparar, los ponían a mamar gallo.

29 de enero 2017 , 03:41 a.m.

El doctor De la Calle, ya despojado de la moteada sudadera de negociador, y estrenando grandes galas de Arturo ídem, les reclama a las Farc, con voz y autoridad de candidato presidencial, lo que no pudo exigirles como agente de paz: que entreguen a los niños que se llevaron para la guerra.

“No nos tomen más el pelo”, exige De la Calle. “No estamos mamando gallo con eso”, le responden las Farc. Con semejante respuesta, posiblemente ellas, ante un caso tan doloroso, se estén refiriendo al oficio que muchos niños ocuparon dentro de las Farc en la guerra: si no sabían disparar, por lo menos que mamaran gallo.

Esta es la hora en que no sabemos cuántos son esos niños ni por qué se fueron a disparar y no a estudiar. Pero el tema se ha convertido en un chantaje contra este gobierno.

‘Timochenko’ escribe en su cuenta de Twitter que todavía no los sueltan, y que como no existe la infraestructura prometida en las zonas de ubicación temporal, seguirán corriendo para más allá del 31 de enero la fecha pactada para que su tropa se concentre.

¿Será que a las Farc, en La Habana, les vendieron la idea de que los traerían a vivir en hotelitos medianamente dotados, con agua, luz, colchón, terracita y con señal para celulares y TV por cable? Ah. ¿Y con sala cunas bien ventiladitas para la explosión de bebés que las niñas de las Farc han concebido, ahora que no las obligarán a evitar con abortos?

Periodistas: al ministro Rafael Pardo no se les vaya a ocurrir, ¡por Dios!, preguntarle por tanta improvisación. A medios ha salido muy molesto a advertir que a él no le hablen de campamentos, ni de adecuaciones, ni de alcantarillado, ni de parturientas, ni de nada que se parezca, porque esa no es su función.

Pero la cosa está tan grave que a un funcionario del Ministerio del Interior, de nombre y rango que ignoramos, lo mandaron, aprovechándose de su inexperiencia, a responderle a un noticiero de TV: “El jefe de las Farc está mal informado. Lo que entendemos formalmente es que la fecha sigue en pie y aquí estamos reiterando que (sic) esa al parecer desinformación que se tiene sobre los avances (sic), el Gobierno tiene una información bastante detallada de los avances y (sic) es responsable de esos avances y garantiza las condiciones para que las personas de las Farc estén allí el 31 de enero”.

Les pido paciencia a las Farc. Uno oye eso y quizás le provoca coger otra vez pa’l monte, a donde la guadua no miente y, sobre todo, no habla.

El otro hito de la semana fue la visita del presidente francés, Hollande, a quien lo llevaron encorbatado a mostrarle uno de esos campamentos hechizos de las Farc que todavía no existen, pero que montaron de afán para que tuviera un efecto ‘Disney World’. Y quién sabe qué mentiras le echaron a Hollande. Porque, antes de irse, dijo: “Me voy impresionado de que soldados y guerrilleros lleven el mismo uniforme sin que se puedan distinguir”.

Esa, que sería una denuncia muy grave en cualquier país civilizado, a Hollande le parece una alabanza. Tan bonito. Se visten como hermanos. Pero entiendo su ‘gaffe’. Como la verdadera razón de su visita era venirse a oír a nuestro extraordinario compatriota y maestro de mis sueños, Yuri Buenaventura, pues ni modo. No hubo ni un ratico para que esos cansones de la embajada le explicaran al presidente francés que precisamente porque los guerrilleros y los soldados de Colombia se visten igual, llevamos 50 años de muertos en este país. Es decir que la simpática confusión de uniformes no da para risas: muchas familias con niños que van a vacaciones por carretera, en bus o en carro, han pasado momentos dramáticos al no distinguir al soldado de Colombia del guerrillero colombiano: solo las botas reglamentarias del militar han sido hasta muy recientemente la única pista para diferenciarlos. Los niñitos colombianos están entrenados para eso. Ya saben. Si el uniformado que los para en la ruta no lleva las botas, hay que botarse con los papás por el terraplén de la montaña. En cambio, con botas, que inflen el flotador de patico: a media hora están las piscinas de Cafam.

En el caso de Hollande, las botas también tuvieron que servirle para saber si podía enrumbarse “trggganquilo”, porque la “gueggggggilla” en Colombia ya no es un problema y con Yuri Buenaventura, preguntando a grito herido: “¿Dónde estás, Dios de todos los hombres?”.

Entre tanto... Bailaré todo este fin de semana ‘Cuánto te debo’, de Yuri, a quien amo, porque él aconseja que no son buenas las deudas financieras en cuestiones de amor. Razón tendrá.

MARÍA ISABEL RUEDA

Columnistas

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