¿Llega, por fin, la libertad sublime?

¿Llega, por fin, la libertad sublime?

Las elecciones medirán qué tanto nos importa a los colombianos la vida de los mismos colombianos.

17 de mayo 2018 , 11:35 a.m.

Pocas veces se había jugado tanto en un proceso electoral en la Colombia contemporánea. Los dos candidatos que puntean según las encuestas, Gustavo Petro e Iván Duque, representan polos opuestos, modelos de país antagónicos que ellos mismos encarnan. Por una parte, vemos a un hombre del pueblo, hecho a pulso, con una carrera política que se ha ganado con el sudor de la frente a pesar de los ataques de unos adversarios que no le han dado un solo día de sosiego. Por el otro, un hombre criado en la opulencia, educado en el exterior, que ha recibido todo en bandeja de plata.

Los colombianos enfrentan estos dos modelos de país con el alma aún envenenada por una guerra que todavía da dolorosos coletazos finales. El deseo de venganza pareciera innato, y muchos odian a muerte a los opositores políticos porque, por desgracia, así se concibe la política en Colombia, con el fanatismo del hincha. La pasión, y no la razón, enceguece a muchos y enturbia un proceso electoral que hoy se juega los convenios acordados con el extinto grupo guerrillero Farc. La paz alcanzada es frágil y requiere de protección como un neonato hasta que pueda valerse por sí misma.

En medio de este ambiente caldeado, se pierden las voces de las víctimas, de esos millones de desplazados, del clamor de justicia por las decenas de miles que hoy yacen bajo tierra. El bullicio y la ira se apoderan de los ciudadanos y bloquean el paso del sosiego y la reconciliación. Y en el centro del caos se desarrollan esas dos campañas presidenciales como símbolos de las dos Colombias: una nación pluralista y educada o una nación feudal e ignorante.

Vale anotar que la diferencia fundamental entre los dos candidatos más opcionados es su postura frente a la guerra. Petro es un pacifista, gestor —entre otros— de la Constitución del 91, conocedor como pocos de los males que aquejan a nuestro país. Durante su campaña presidencial ha hablado extensamente de las soluciones que sacarían a Colombia de un modelo de país premoderno. Su bandera: la reforma agraria, la masificación de la educación gratuita, el cuidado del medioambiente, el reemplazo de combustibles fósiles por energías renovables como el uso de paneles solares, la protección de las víctimas de la guerra, de la mujer, de las minorías étnicas.

Lo que debemos preguntarnos ese domingo 27 de mayo que ya se acerca es: ¿Cuál candidato favorecerá más a Colombia? Y no solo a mi barrio ni a mi lugar de trabajo sino al grueso de los colombianos.

El paso fugaz de Petro por el M-19 fue sin empuñar un arma, sin tocar una granada, sin herir a nadie, y, aunque fue parte de un grupo al margen de la ley, pagó con cárcel y su carrera política desde entonces (casi tres décadas) ha sido ejemplar como congresista y alcalde de Bogotá.

Una transición de la clandestinidad a la vida política como esta es –como vimos en el gobierno de Santos y el exitoso acuerdo con las Farc– la única salida hacia una nación moderna en un país con un nivel tan alto de violencia. De esto se han favorecido incluso exguerrilleros que han trabajado con Álvaro Uribe como Mario Agudelo, Carlos Franco, Darío Mejía, Aníbal Palacios, Everth Bustamante, Rosemberg Pabón, Eduardo Chaves, Augusto Osorno, Laura Pizarro y Adolfo Bula, exmilitantes del Epl, M-19 y Eln.

El candidato Duque, por su parte, ha pasado su vida navegando en las aguas de la consultoría, la asesoría, la consejería en el BID y en la ONU, y ha estado relacionado con los gobiernos de Pastrana, Uribe y Juan Manuel Santos. Ha sido, como Petro, congresista, aunque Duque obtuvo su curul en lista cerrada, es decir, por votos destinados a Uribe y no a él. Petro, en cambio, obtuvo su curul en 2006 con la tercera votación más alta de Colombia.

Para seguir con el paralelo, vemos que el delfinazgo de Duque –y el padrinazgo que recibe de Uribe– lo han llevado a puntear las encuestas electorales presidenciales, si bien eso también podría ser su cruz.

A Iván Duque se le nota la falta de conocimiento del país, y en su juventud, hasta se dijo que le habían encanecido el pelo con tinturas para proyectar una imagen de mayor experiencia. Pero la verdad es que su contacto con la realidad colombiana es limitado. Ha dado graves pasos en falso como acusar a mujeres adolescentes de quedar en embarazo por ser “ociosas”, ignorando que la responsabilidad de un embarazo es compartida con el hombre y se apoya en una cultura patriarcal y dogmática que promueve la ignorancia y los tabúes en torno a la sexualidad. Pasos en falso como este no pueden cometerlos candidatos que se preparan para representar a una nación.

Esta poca preparación contrasta con el amplio recorrido político de Petro. En el año en que Petro hacía parte del grupo que redactó la Constitución de 1991, Duque apenas si tenía edad para ir a fiestas de quince. La experiencia y formación del exalcalde de Bogotá aventaja de lejos a Duque, un candidato que apenas es a todas luces un emisario de Uribe y gobernaría a su sombra.

Lo que debemos preguntarnos ese domingo 27 de mayo que ya se acerca es: ¿Cuál candidato favorecerá más a Colombia? Y no solo a mi barrio ni a mi lugar de trabajo sino al grueso de los colombianos. ¿La favorecerá más un candidato manejado por el expresidente, quien quiere perpetuar los privilegios de los grandes terratenientes y puede hacernos volver a la guerra? ¿O será mejor un presidente que impulse una reforma agraria para que haya una distribución más justa de las tierras cultivables, que aboga por las energías renovables, por una Colombia en donde la vida de un campesino valga tanto como la de un congresista?

Las elecciones medirán qué tanto nos importa a los colombianos la vida de los mismos colombianos y qué tanto vamos a privilegiar el bienestar de las víctimas por encima de nuestras propias rencillas políticas. ¿Ganará la paz o volveremos a 50 años más de conflicto? Nosotros somos los únicos que podemos ponernos los grilletes de la guerra otra vez, o los que disfrutemos, por fin, del mayor regalo de la paz: la libertad​ de vivir felices y no morir por un balazo sino morir de viejos.

MARÍA ANTONIA GARCÍA DE LA TORRE

Columnistas

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