La segunda independencia

La segunda independencia

Los colombianos se han unido como nunca antes, comprometidos con un proceso de pacificación y reconstrucción que el presidente actual debe honrar.

20 de octubre 2016 , 05:53 p.m.

Confundidos y frustrados. Furiosos, desesperados. Así malviven hoy los colombianos tras descubrirse las malignas estrategias del Centro Democrático para persuadir a miles de incautos a votar en contra del proceso de paz. Caminamos en una oscura maraña de afirmaciones y refutaciones sin que nadie clarifique qué nos espera en el futuro cercano. Como país, debemos hacer el esfuerzo colectivo de distanciarnos de los cientos de hechos que se amontonan a diario y mirar el bosque desde la distancia. Nunca ha sido fácil terminar una guerra. De hecho, muchas posguerras han sido tanto o más dañinas o traumáticas que la guerra misma.

Hoy esperamos un pronunciamiento de Juan Manuel Santos en medio de esta gran incertidumbre. Lo que sabemos, por el momento, es que siempre ha habido, y habrá, simpatizantes de la guerra y es inútil intentar persuadirlos de lo contrario. Las guerras se suprimen porque los pacifistas logran estar al mando. Pero siempre hay un líder guerrerista que espera, en la sombra, su oportunidad de atacar. Lo vimos en la España de 1936 con el estallido de la Guerra Civil. Lo vemos con la aterradora posibilidad de que Trump consiga la presidencia de EE. UU. y desate una guerra en todo el Medio Oriente. Y lo han retratado los grandes poetas, como Shakespeare y Sófocles.

Estos amantes de la guerra esperan ser elegidos para dar rienda suelta a sus instintos de muerte y destrucción, y no hay esperanza de hacerlos cambiar de parecer. En Colombia vemos el mismo horizonte de individuos centrados en la vía militar sin la capacidad de cambiar de parecer y optar por una vía dialogada y menos traumática para la población civil y para los militares.

Uribe, por ejemplo, no cederá, pues la paz nunca ha sido su estrategia, no ha sido su bandera, y hacerlo representaría aceptar su fracaso de ocho años tratando de derrotar a las Farc por la vía militar. ¿Por qué intentar convencerlo, entonces? Si bien es cierto que todas las voces deben ser escuchadas en el proceso de paz, también es verdad que su campaña contra el plebiscito ‒y su turbia financiación, según lo denuncia Yohir Akerman‒ le restan legitimidad a sus objeciones.

Visto desde la distancia, nuestro proceso de paz enfrenta su último gran obstáculo antes de alcanzar su feliz cumplimiento. Los colombianos se han unido como nunca antes, comprometidos con un proceso de pacificación y reconstrucción que el presidente actual debe honrar. Está claro que el objetivo principal de Álvaro Uribe es negociar una rebaja de penas para militares ‒a pesar de que ellos mismos se han desmarcado de sus declaraciones‒ y conseguir una segunda reelección. ¿No era su bandera, acaso, una ‘paz sin impunidad’ para las víctimas? ¿Qué ocasionó tan radical cambio de parecer? ¿Por qué desaparecieron las víctimas de su discurso contra el plebiscito? No hay que hilar muy delgado para concluir que no eran sino palabras en el aire, frases que le sumaban seguidores pero que no representaban una intención real por luchar por los cientos de miles de viudas, huérfanos y abuelos cuyas vidas se destrozaron en la guerra.

Juan Manuel Santos está en mora de honrar el voto de confianza que Colombia, que Obama, que el papa y que el Comité del Nobel de la Paz ‒entre otros‒ han depositado en él. Hoy, más que nunca, Santos se ha convertido en el vocero de una nación exhausta de violencia y dolor. La paz, sueño anhelado, no puede ser un juguete por el que riñe con un Uribe, triste expresidente nostálgico del poder. La paz es un deber del presidente de la República y el más importante legado desde ese día en que nos convertimos en una nación soberana independiente del yugo de España.


María Antonia García de la Torre
@caidadelatorre

Columnistas

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