Temer a los hijos

Temer a los hijos

La dictadura de un niño mal educado es implacable. Hoy, los adolescentes mandan. 

13 de abril 2017 , 12:00 a.m.

La dinámica empieza cuando a los padres les da miedo ponerles límites a sus hijos y la famosa calidad de tiempo es usada para convertirse en sus empleados. Incapaces de dar una orden sin explicaciones ni de decirles un no perentorio sin tener que rendirles cuentas, preparan el terreno para que cuando el niño se vuelva adolescente los vea como unos ineptos.

En esta época crítica, la tensión se recrudece. Los adolescentes mandan. De hecho, son la población que no solo rige a los confundidos papás que bailan al ritmo de su caos hormonal, sino al planeta entero. Son los reyes empoderados por el sistema comercial y es a ellos a quienes hay que satisfacer a como dé lugar con productos que aumenten su sed de novedad como videojuegos frenéticos, youtubers rechinantes, música que potencie el ardor de su libido y películas que resuenen con el drama que tanto les apasiona protagonizar. Las marcas se desviven por seducirlos en una movida histérica compatible con esa generación vulnerable todavía a medio formar que con razón siente que el universo gira a su alrededor. Además, los jovencitos de ahora son tan inteligentes que intimidan a sus padres con su lógica y frases lapidarias como “yo no pedí venir a este mundo”. (Recuerdo haber usado, yo también, a mis 15 años, aquella línea infalible). Los papás, estupefactos, no pueden sino encajar esa puñalada trapera y arrancarse los pelos sin saber para qué sicólogo pegar.

Si el amor es la base de la educación, ¿cómo enseñar desde ahí que no todo puede ser complacencia e inmediatez?

La dictadura de un niño mal educado es implacable y utiliza instintivamente la culpa fundamental que padecen algunos padres para chantajearlos y dejarlos sin campo de acción. Casi hay que pedirle cita para reprenderlo.

Me pregunto si más que endiosar las habilidades tecnológicas, talentos, velocidad y aptitudes matemáticas de los muchachos, se pudiera cultivar desde temprano su inteligencia emocional, la que necesita el mundo con urgencia, esa que tiene que ver con la tolerancia a la frustración, la autoobservación, el reconocimiento de sentimientos propios y ajenos, la reflexión. ¿Es posible?

Si el amor es la base de la educación, ¿cómo enseñar desde ahí que no todo puede ser complacencia e inmediatez? En este estadio infantil de la psiquis es donde se quedan estancados los tiranos y los líderes megalómanos, niños jugando a gobernar sin grandeza y sin capacidad de introspección. Padres de hoy, ¿no les da más miedo criar Trumps y Maduros?

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

Columnistas

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