Por pura fe

Por pura fe

Tengo fe en que este acuerdo imperfecto nos obligue a transformarnos como sociedad.

14 de septiembre 2016 , 07:25 p.m.

Dije por Twitter que iba a votar Sí por pura fe, y me cayó una comparsa de militantes del No que me trató de bruta porque una decisión tan crucial no puede considerarse desde algo tan ciego como la fe. “Léase el acuerdo, vieja marihuanera” y otros imperativos bastante menos simpáticos. Como siempre me pasa cuando me critican, casi nunca me defiendo. Tiendo más bien a creer que aquellas personas, por groseras que sean, están en lo cierto. Pero, sí, ya había hecho la tarea. Le metí muela a semejante documento, cosa ya de por sí ingenua y a la vez valiente, sobre todo para los que amamos la poesía en la literatura y no congeniamos ni estamos familiarizados con ese lenguaje árido, atiborrado de reiteraciones y redundancias completamente necesarias pero agotadoras. Solo después de leerlo y de oír puntos de vista distintos de personas que respeto, decidí votar Sí por pura fe. No me interesa hacerle propaganda a este gobierno, ni convencer a nadie; es más, mi argumento de la fe es el menos convincente de todos. Comparto mi opinión como cualquier ciudadana que trata de tomar una decisión en medio de tanto ruido, no como alguien que cree comprender nuestro complejo proceso de paz.

Poco probable es que el pueblo colombiano esté dispuesto a leerse las 297 páginas, porque no está educado para leer, y mucho menos un texto técnico de alta dificultad que puede confundir más. Por lo tanto, cada uno está decidiendo también por pura fe en su propia interpretación y en la de sus líderes de campañas, desde una innegable conexión emocional con el tema.

Lo que me parece más arriesgado del acuerdo es que está construido para una sociedad adulta, madura, que ya tiene muy solidificados los conceptos de respeto y apertura ideológica, una sociedad incluyente que confía y que no exige inmediatez como los niños, y que registra el significado de la palabra proceso; una sociedad ética. En cambio, somos una sociedad adolescente y amedrentada, que prefiere la venganza al castigo restaurativo y que arma una nueva guerra entre el Sí y el No en vez de dejar que coexistan pacíficamente. ¿Habría que esperar a que fuéramos menos salvajes? Tengo fe en que este acuerdo imperfecto nos obligue a transformarnos como sociedad. Ojalá que ese tránsito a la adultez implique vigilar y denunciar al corrupto, cuyas armas están entre las más peligrosas saboteadoras de su implementación.


Margarita Rosa de Francisco

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