Mi muerte

Mi muerte

Si uno ve la vida como lo hace el moribundo, muchos valores cambian abruptamente, la vida queda hecha un ovillo diminuto en el puño de la muerte.

18 de enero 2017 , 04:45 p.m.

A los 7 años, calculo, la descubrí. Tal vez demasiado pronto, y sin motivo concreto, tuve registro total de un hecho inconcebible para el yo, como es desaparecer del todo. La cosa partió de las mismas preguntas metafísicas que hacen los niños con tanta inocencia y que los padres responden como pueden.

La alternativa de vivir eternamente como un soplo de aire en el cielo, romántica promesa del catolicismo, me pareció tan aterradora como la de morir para siempre. Descubrir que esa contradicción no tiene solución y que encontrársela depende de la capacidad que cada uno tenga de creerse un cuento que le espante el temor más fundamental que puede sufrir un ser humano me atormentó mucho. Mi muerte ocurriría en un momento presente; iba en serio.

Desde esa hora en que existir me pareció un milagro y una estafa, un regalo y una traición, una fiesta, pero también un negocio fallido en el que nos quedan debiendo a todos, no he dejado de pensar en ella con frecuencia, aunque en nuestra cultura pensar en la propia muerte sin estar en peligro o enfermo de algo se evite supersticiosamente.

El yo megalómano que nos obligan a construir en esta sociedad vive como si nunca fuera a morir (¿será mejor así?), es un yo ruidoso que sirve bastante para acumular pendejadas en este extraño orden mundial.

Si, en cambio, uno ve la vida como lo hace el moribundo, muchos valores cambian abruptamente, la vida queda hecha un ovillo diminuto en el puño de la muerte, que, como una madre, la envuelve, y como la gran maestra que es, le enseña con firmeza la estatura precisa del amor y del odio, en el instante cuando ella misma pide que se la mire de frente. Ahí advertimos con humildad nuestra fatuidad en su verdadera dimensión, la pequeñez de ese yo, la raíz de nuestros anhelos, la necesidad de perdonar y ser perdonados, la sinrazón de nuestras ambiciones y rencores, la importancia que pierde la ganancia, la prisa, el vencer al enemigo, y la que adquieren los momentos bellos, sencillos y de intensa comunión con todo lo viviente.

No sé si el miedo se me ha ido cansando, pues a menudo no puedo evitar sentirme en paz cada vez que me despierto. Ya no me amarga la vida saber que moriré algún día, pues eso me hace aprovechar más el ahora. Además, para posible consuelo del yo como protagonista de la existencia, él solo sabe que existe, pero jamás se dará cuenta de que ha muerto.


Margarita Rosa de Francisco

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