Los reinados

Los reinados

En cualquier época, el montaje de un reinado de belleza es contra natura por donde lo miren.

30 de marzo 2017 , 12:00 a.m.

“Una reina representa todo lo que no es natural en una mujer”. Por culpa de esta frase se formó un alboroto en mi cuenta de Twitter. Algunos me sacaron en cara que gracias a mi participación en el reinado nacional de belleza, tuve una plataforma para lanzar mi carrera, por lo que mi opinión les resultó ingrata, traicionera y además incoherente.

Incoherente hubiera sido permitir que pasaran 32 años desde ese entonces y hoy, a mis 51, no reconocer que un reinado de belleza es de las cosas más artificiales que hay. No lo digo por las cirugías que se practican las concursantes modernas para ser más bellas, ni por un segundo defendería mi posición de ex-reina aduciendo que antes sí éramos naturales. En cualquier época, el montaje de un reinado de belleza es contra natura por donde lo miren. 

Los reinados pueden ser un trampolín para saltar al estrellato, pero también para saltar al vacío y estrellarse.

Una mujer real no se contonea, ni se peina, ni se viste, ni se disfraza, ni se maquilla, ni responde ni sonríe como se lo exigen en esos certámenes. Ahí, la mujer está representando todo el tiempo algo que no es ella, transformada en una aparatosa parodia de ideal femenino, un personaje recontraproducido que se llama reina de belleza, fingido e impostado hasta el éxtasis. Conceptualmente, todo en la postura de una reina es falso. Lo digo porque yo también formé parte de ese engranaje y fui tan sobreactuada y tan de mentira como mis compañeras, así me las diera de natural al preferir desfilar descalza en mi traje de India Catalina.

Los reinados pueden ser un trampolín para saltar al estrellato, pero también para saltar al vacío y estrellarse. Por lo tanto, solo la mujer que tiene un rasgo peculiar en su carácter (ni siquiera más inteligencia o un talento artístico) logra salir ilesa de un evento tan obtuso como un reinado de belleza.

De modo que los reinados también podrían, a su vez, agradecer que se presenten mujeres poderosas que eleven la categoría de su negocio; mujeres capaces de salir adelante con reinado o sin él, porque su éxito depende de la potencia de su temperamento, aspecto que con toda seguridad les abrirá más de un camino tarde o temprano. ¿Deben acabarse esos concursos? No necesariamente. El hecho de ser sintéticos no significa que sean inútiles o dañinos. Yo los prefiero a una corrida de toros o a una corraleja, si a tradiciones vamos. Lo importante aquí es no temer llamar las cosas por su nombre y saber a qué está jugando uno. No es más.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

Columnistas

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