Los políticos

Los políticos

Sean de donde sean, son una especie degenerada, unos señores con la cara abotagada de comer pasabocas en los cocteles o tamales con chicharrón en las ferias para conseguir votos.

26 de octubre 2016 , 05:18 p.m.

El hombre es un animal político, afirmó Aristóteles.

Del virtuoso hombre de la polis griega ya no queda absolutamente nada, al compararlo con el político moderno. El término “político” no puede estar más desprestigiado por el abuso de personajes mediocres con intereses egoístas que se circunscribieron sin ningún pudor a su bella concepción original.

Para la mayoría de los ciudadanos del mundo, los políticos, sean de donde sean, son una especie degenerada, unos señores con la cara abotagada de comer pasabocas en los cocteles o tamales con chicharrón en las ferias para conseguir votos. Como funcionarios públicos, nos imaginamos unos ladrones encorbatados a quienes sostenemos mientras viajan en clase ejecutiva y hacen sus gestiones infestadas de ‘micos’ y triquiñuelas, o se quedan en sus casas de veraneo que tanta astucia les han costado, asoleando las barrigas llenas y tomando trago en la piscina. Asociamos a los políticos con una clase de personas de poca integridad y vergüenza, y un nivel muy bajo de calidad humana. Si no son los del montón, o sea, los escuderos lambones de los más poderosos, entonces asumimos que se trata de unos megalómanos convencidos de que deben convertirse en los salvadores de la humanidad, enfermos de codicia, obsesionados por mandar y que engañan de todas las formas posibles para hacernos creer en su ridícula e irreal misión mesiánica.

Según la percepción popular, el político es un animal que miente. Que se vende. Desde ahí, un político que no sabe mentir y que no está dispuesto a mercadearse, mejor que se dedique a otra cosa. El sistema financiero del poder está construido para que eso sea inevitable.

Toda la puesta en escena de los políticos de cualquier corte parece responder a una parodia concebida para persuadir, ocultar y maquillar mentiras que consigan el apoyo rentable de la ignorancia. Además, su lenguaje corporal, analizado con tanta frecuencia, por lo general traiciona su discurso de amor patriótico proferido en tono de prócer mohoso de la Independencia.

Este es el lugar común que se nos viene a la mente cuando nos preguntamos quiénes son los políticos, aunque los haya buenos. ¿Tendrá éxito un político que siempre diga la verdad? Lo dudo. Gran cosa sería que, ahora mismo, cansados de estas generalizaciones, se sacudieran aquellos “servidores de la patria” que se consideran la excepción a la regla.

Margarita Rosa de Francisco

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