Los patanes

Los patanes

Estos tipos se detectan fácilmente si así lo deseamos. Ni el patán más glamuroso tiene paciencia.

21 de diciembre 2016 , 08:12 p.m.

Es un lugar común decir que a la mayoría de las mujeres nos fascinan los hombres malos. Esto deja de ser un chiste y una simple anécdota cuando vemos el verdadero drama que hay en el fondo de ese hecho, dadas las múltiples escenas de hombres malos que terminan asesinando a sus mujeres. (En eso de “sus mujeres” también hay tela para cortar. Es natural oír “te presento a mi mujer”, incluso suena sexi. En cambio, no resulta muy elegante presentarles a “mi hombre” a personas desconocidas. Es más, se siente horriblemente cursi y afectado, tipo titular de revista Cosmopolitan). Es innegable que incrustado en el lenguaje ya está el cómodo sobreentendido de que les pertenecemos a nuestros maridos, porque, por lo general, cuando el hombre dice “mi mujer”, se refiere solo a la que está casada con él. Me pregunto si de alguna forma inconsciente esa disposición histórica y cristalizada de ser poseídas por el otro nos condiciona negativamente en un nivel básico.

Pero volvamos a nuestros encantadores patanes. ¿Por qué nos atraen? Mejor reflexionemos sobre eso antes de que, al cabo del tiempo, publiquemos fotos en las redes con los ojos reventados. Estos tipos se detectan fácilmente si así lo deseamos, aunque haya mujeres que todavía sean capaces de justificarlos argumentando que algunos se demoran en mostrarse como los monstruos que realmente son. ¿Saben qué, muchachas? No se demoran. Ni el patán más glamuroso tiene paciencia. Esa es una excusa para evadir la responsabilidad de nuestras funestas elecciones.

No nos engañemos más y aprendamos a ver las señales que ellos, malos escuchas, narcisos e infantiles en esencia, saben darnos en las primeras de cambio cuando hablan todo el tiempo de sus hazañas y nos piropean con su atrevido morbo sexual. Un hombre que termina agrediendo físicamente a su compañera no puede hacerlo sin una historia previa de permisividad por parte de ella; por favor, esto no se trata de culparnos sino, más bien, de estar alertas para huir despavoridas antes de que nos agarren a puñetazos.

Una muy baja autoestima, el hondo terror a la soledad, el afán ciego de sentirnos representadas socialmente por un hombre, o una incontrolable adicción al drama, o esa primitiva atracción erótica por el macho mítico de la manada, quizás sean algunas causas de proyectar un príncipe soñado en un cuatrero recién aparecido y siempre mal disfrazado.


Margarita Rosa de Francisco

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