Intelectuales

Intelectuales

De cualquier modo, soberbios o compasivos, los envidio a todos amargamente.

01 de febrero 2018 , 12:00 a.m.

Son los que se dedican fundamentalmente a actividades o trabajos en los que predomina el uso de la inteligencia, eso dice el diccionario. ¡Los intelectuales! Esa élite exquisita, educada y profunda en literatura, filosofía, arte, música, historia universal y en cualquier disciplina que le exija a su pensamiento, aunque supongo que no se necesita ser erudito para ser intelectual.

Un intelectual puede ser una persona que asume el conocimiento como un placer estético, es alguien que siente pasión por la lectura, por el análisis y la creación de ideas, y un crítico feroz de los procesos humanos y también de lo que no cumpla con los requisitos que demandan el refinamiento y la excelencia en el arte de expresar ese pensar.

Pertenecer a esta comunidad tan selecta es privilegio de pocos, porque es precisa una curiosidad casi compulsiva por absorber lo que ofrecen las culturas del mundo en sus miles de manifestaciones, y esto no le sucede casi a nadie. La mirada de un intelectual renombrado sobre lo que ocurre dentro de una sociedad es tomada en cuenta con especial interés; el intelectual es un pensador, alguien que presenta un punto de vista cimentado en su poder de raciocinio.

Este espacio, estoy segura, sería mejor aprovechado por un intelectual que por una exreina de belleza, y el hecho de disfrutar mi oportunidad no me acerca a su olimpo.

La diferencia entre los tipos de intelectuales parece estar determinada por la clase de personas que son. Los hay exhibicionistas y arrogantes, es decir, aquellos que necesitan exponer su saber como prueba de superioridad y consideran a los que no entramos dentro de su categoría una multitud vulgar, con inteligencias de menor calidad. Operan como fundamentalistas religiosos y se encargan de detectar a los sofistas en nosotros, los plebeyos de la cultura de masas, que andamos por ahí posando de escritores, filósofos o politólogos, y engañando a esa gente que ellos, a su vez, desprecian, porque ven telenovelas, hacen gimnasia y oyen música inculta.

Hay intelectuales más modestos y a los que no les gusta que los llamen así, los hay con más o menos sentido del humor, los hay encerrados en su mundo sofisticado de letras y símbolos, los hay sabios. De cualquier modo, soberbios o compasivos, los envidio a todos amargamente. Este espacio, estoy segura, sería mejor aprovechado por un intelectual que por una exreina de belleza, y el hecho de disfrutar mi oportunidad no me acerca a su olimpo. Yo soy lo que se llama una wannabe intelectual, o sea, una intelectual frustrada.

MARGARITA ROSA DE FRANCISCO

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